Abismo de Pasión Capítulo 116 Fuego en las Venas
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de lino blanco, pintando rayas doradas en mi piel morena. Yo, Ana, acababa de bajar del avión con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Habían pasado semanas desde la última vez que vi a Diego, mi chulo imposible, ese hombre que me hacía sentir viva con solo una mirada. La villa que rentamos en la playa era un paraíso: piscina infinita al borde del mar, aroma salado mezclándose con jazmines del jardín. Lo encontré en la terraza, descalzo, con una cerveza en la mano, su camisa guayabera abierta dejando ver ese pecho tatuado que tanto me gustaba lamer.
¡Ay, Diego, mi rey! ¿Cuánto he soñado con este momento? Cada noche me tocaba pensando en ti, en cómo me abres como nadie.
Él se volteó y sus ojos negros me devoraron de arriba abajo. Llevaba un vestido ligero de algodón, sin bra, mis pezones endureciéndose al sentir su mirada. "¡Mamacita!", gritó con esa voz ronca que me eriza la piel. Corrió hacia mí y me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo como enredadera. Su boca se estrelló contra la mía, sabor a tequila y mar, lenguas danzando furiosas. Olía a protector solar y sudor fresco, ese olor que me moja al instante.
Me dejó en la hamaca de la terraza, el viento del Pacífico susurrando promesas. "Te extrañé, pendejo", le dije riendo, jalándole el pelo suave. Él sonrió, esa sonrisa pícara de norteño. "Neta, Ana, sin ti soy un zombie. Ven, vamos a la playa". Tomados de la mano, bajamos por la arena caliente, el sol quemando nuestras plantas. El mar rugía suave, olas lamiendo nuestros pies. Nos sentamos en una cabaña privada, él sacando una charola de frutas: mangos jugosos, guayabas maduras, chocolate derretido.
Me untó mango en el cuello, su lengua siguiéndolo despacio. Touch: su aliento caliente, cosquilleo en la piel. "Estás cañón hoy", murmuró, mordisqueando mi oreja. Mi cuerpo respondía solo, el calor subiendo desde el vientre. Lo empujé suave contra la arena, montándome encima. Sus manos grandes en mi cintura, apretando carne suave. Besos bajando por mi pecho, liberando mis tetas del vestido. Chupó un pezón, succionando fuerte, yo gimiendo bajito, el sonido perdido en las olas.
Pero algo frenaba el fuego. Recordé nuestras peleas pasadas, ese abismo de pasión que nos separaba y unía. "¿Sabes qué, Diego? Esto es como el Abismo de Pasión Capítulo 116, donde todo explota". Él rio, confundido pero juguetón. "¡Órale, güey! ¿Qué capítulo es ese? El de la reconciliación ardiente?". Lo besé para callarlo, mis caderas frotándose contra su verga dura, sintiendo su pulso a través del short.
Regresamos a la villa al atardecer, el cielo pintado de naranjas y rosas. En la regadera al aire libre, agua tibia cayendo como lluvia tropical. Nos desnudamos mutuo, ojos comiéndose cuerpos. Su verga erguida, venosa, apuntándome como flecha. Yo, depiladita, mi panocha hinchada de ganas. Jabón cremoso en sus manos, resbalando por mi espalda, nalgas, entre las piernas. Gemí cuando sus dedos rozaron mi clítoris, círculos lentos. "Estás chorreando, mi amor", dijo oliendo mi cuello. Yo lo masturbe despacio, piel sedosa, pre-semen salado en mi palma.
¡Dios, Diego! Tu toque es adictivo, como caer en un abismo sin fondo de placer puro.
La tensión crecía, interna como tormenta. Yo dudaba un segundo: ¿y si otra vez nos rompemos? Pero su mirada me disipaba miedos. "Te amo, Ana. Neta, para siempre". Me llevó a la cama king size, sábanas de hilo egipcio frescas contra piel caliente. Me abrió las piernas, besando interior de muslos, aroma de mi excitación llenando el aire. Lengua plana lamiendo labios mayores, chupando clítoris hinchado. Yo arqueaba espalda, uñas en su pelo, sonidos guturales saliendo de mi garganta. "¡Más, cabrón! ¡No pares!". Él metió dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Orgasmo pequeño primero, temblores, jugos en su boca.
Lo volteé, queriendo devorarlo. Boca en su verga, salada, venas pulsantes contra lengua. Lo chupé profundo, garganta relajada, él gimiendo "¡Qué rico, pinche diosa!". Bolas en mi mano, masajeando suave. Pero quería más, lo necesitaba dentro. "Cógeme ya, Diego. Hazme tuya". Él se puso condón –siempre responsable, mi hombre–, y entró lento, centímetro a centímetro. Sensación de plenitud, estirándome perfecta. Gemidos sincronizados, ritmo lento primero, piel chocando húmeda.
El medio acto ardía: cambiábamos posiciones, yo encima cabalgando, tetas rebotando, sus manos guiándome. Sudor mezclado, olor almizclado de sexo. "¡Más fuerte, mi rey!", gritaba, uñas arañando su pecho. Él de lado, una pierna mía arriba, penetrando profundo, besos fieros. Interna lucha: placer vs control, pero me rendía al abismo. "Abismo de pasión capítulo 116", pensé riendo entre jadeos, "el capítulo donde nos perdemos del todo". Ritmo acelerando, camas chirriando, olas de fondo como banda sonora.
Clímax cerca: él de rodillas, yo a cuatro, nalga en alto. Manotazos juguetones en mi culo, rojo suave. "¡Ven, Ana! Córrete conmigo". Frotaba clítoris mientras embestía, visión borrosa, pulso retumbando oídos. Explosión: mi coño contrayéndose, leche chorreada, gritos ahogados en almohada. Él gruñendo, cuerpo tenso, llenando el condón caliente. Colapsamos, entrelazados, corazones galopando al unísono.
Afterglow dulce: caricias perezosas, besos suaves en hombro. Aire nocturno fresco entrando por ventana, estrellas brillando sobre el mar. "Eres mi todo, Diego", susurré, dedo trazando su tatuaje de águila. Él me apretó contra pecho. "Simón, mi vida. Este abismo es nuestro, para siempre". Dormimos así, piel pegada, soñando capítulos infinitos de pasión.