Pasion en Sevilla
El sol de Sevilla me caía a plomo en la cara mientras caminaba por las calles empedradas del barrio de Santa Cruz. Venía de México, huyendo un rato de la rutina chilanga, buscando algo que me prendiera el alma. Órale, pensé, esta ciudad huele a jazmín y a historia, con sus naranjos por todos lados soltando ese aroma dulce que te envuelve como un abrazo caliente. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel sudada, y cada paso hacía que mis chichis se movieran con un ritmo que me ponía cachonda sin querer.
Entré a un bar chiquito, de esos con mesas de madera gastada y ventiladores que apenas movían el aire pesado. Pedí un tinto de verano, fresco y ácido, que me bajó por la garganta como un río de fuego fresco. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos negros que brillaban como el Guadalquívir al atardecer. Se llamaba Javier, sevillano de pura cepa, pero con un acento que me recordaba a los galanes de las telenovelas. Me sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos, y se acercó con una cerveza en la mano.
—Guapa, ¿primera vez en Sevilla? —me dijo, su voz grave retumbando en mi pecho.
—Sí, wey, vengo de México. Buscando aventura —le contesté, guiñándole el ojo. Neta, su colonia, un olor a madera y cítricos, me mareaba. Hablamos de todo: del flamenco que ardía en las venas de la ciudad, de las tapas que sabe a gloria, de cómo el calor te hace sudar deseos ocultos. Sentí su mirada recorriéndome el cuello, bajando hasta mis pechos que se endurecían bajo la tela. La pasion en Sevilla ya empezaba a encenderse, como un fuego lento en mi panza.
Salimos a caminar cuando el sol se puso, tiñendo el cielo de naranja y rosa. El aire nocturno era tibio, cargado de risas lejanas y el rasgueo de una guitarra en algún tablao cercano. Javier me tomó de la mano, su palma áspera y cálida contra la mía suave.
¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es puro instinto, carnal. Me late este pendejo, con su sonrisa que promete pecados deliciosos.Llegamos a la Plaza de España, iluminada por faroles que bailaban sombras en el agua del canal. Nos sentamos en un banco, y él se acercó más, su muslo rozando el mío. El roce era eléctrico, como chispas en mi piel sensible.
—Ven, te enseño un lugar secreto —susurró, jalándome hacia un callejón angosto. Olía a rosas marchitas y a tierra húmeda. Me besó ahí, primero suave, labios carnosos probando los míos, sabor a vino y sal. Luego más hondo, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Gemí bajito, sintiendo mi conchita humedecerse, el calor subiendo por mis muslos. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando, y yo le clavé las uñas en la espalda, oliendo su sudor mezclado con el mío.
Regresamos al bar por unas copas más, pero la tensión era un nudo apretado en mi vientre. Cada mirada suya me hacía apretar las piernas, imaginando sus dedos explorándome. Qué rico se siente esto, pensé, el pulso latiéndome en las sienes. Caminamos a su piso en Triana, cruzando el puente donde el río susurraba secretos. El puente de Isabel II vibraba con nuestros pasos apresurados, y el viento traía olor a frituras de chiringuito.
En su departamento, todo era viejo y encantador: azulejos andaluces en las paredes, una cama grande con sábanas blancas revueltas. Cerró la puerta y me empujó contra ella, besándome el cuello mientras sus manos subían por mis muslos. Sentí su verga dura presionando mi cadera, gruesa y ansiosa. —Te quiero ya, preciosa —gruñó, voz ronca de deseo.
—Pos yo también, cabrón —le respondí, jalándole la camisa. Nos desnudamos con prisa, ropa cayendo al piso como hojas secas. Su cuerpo era puro músculo, piel bronceada oliendo a sol y hombre. Yo, con mis curvas mexicanas, tetas firmes y culo redondo, lo vi mirándome como si fuera un manjar. Me tumbó en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus labios bajaron por mi pecho, chupando un pezón hasta ponérmelo duro como piedra, enviando ondas de placer directo a mi clítoris palpitante.
El aire se llenó de nuestros jadeos, sudor perlando nuestras pieles. Lamí su pecho, saboreando sal y calor, bajando hasta su ombligo. Tomé su pito en la mano, grueso y venoso, latiendo contra mi palma. Lo metí en la boca, chupando despacio, lengua girando en la cabeza hinchada. Él gimió fuerte, "¡Ay, Dios!", manos enredadas en mi pelo. El sabor era almizclado, adictivo, y mi coño ardía de ganas.
Me volteó, poniéndome a cuatro patas. Sus dedos encontraron mi entrada, húmeda y lista, deslizándose adentro con facilidad. —Estás chorreando, guapa —dijo, y yo arqueé la espalda, pidiéndole más. Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón era exquisito, dolor placentero que se volvía éxtasis. Empezó a bombear, fuerte y rítmico, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Olía a sexo crudo, a jugos mezclados, pieles chocando con palmadas húmedas.
Neta, esta pasión en Sevilla me está volviendo loca. Su verga me parte en dos, pero qué chido duele tan bien. Siento cada vena rozándome por dentro, mi corazón tronando como tambor de mariachi.Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como reina. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Sudor corría por mi espalda, goteando en su pecho. Aceleré, moliéndome contra él, clítoris frotándose en su pubis. El orgasmo me golpeó como ola del Atlántico: espasmos violentos, coño contrayéndose alrededor de su pito, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco.
Él se vino después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear adentro. Colapsamos juntos, cuerpos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a semen y jazmín del balcón abierto. Me besó la frente, suave ahora, y yo me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón latir fuerte aún.
Despertamos al amanecer, con el canto de palomas y el sol filtrándose por las cortinas. Hicimos el amor otra vez, lento y tierno, explorando cada rincón con lenguas y dedos. Su lengua en mi clítoris fue magia, lamiendo círculos hasta que exploté de nuevo, piernas temblando. Después, desayunamos churros con chocolate espeso, dulce y pegajoso como nuestros recuerdos.
Me fui esa tarde, pero la pasión en Sevilla se quedó grabada en mi piel, en mi alma. Caminé por las calles con una sonrisa pícara, sabiendo que volvería por más. Qué chingonería de ciudad, pensé, el calor aún latiendo entre mis piernas. Sevilla no solo es flamenco y tapas; es fuego puro que te consume y te deja renacida.