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La Pasion de Cristo Frases Celebres en la Carne Desnuda

7258 palabras

La Pasion de Cristo Frases Celebres en la Carne Desnuda

La noche caía suave sobre la terraza de mi casa en Polanco, con el aroma de jazmines flotando en el aire tibio de la Ciudad de México. Tú, mi amor, Javier, estabas recostado en el sofá de mimbre, con una cerveza fría en la mano, mientras yo preparaba unas micheladas en la cocina. Habíamos pasado la tarde viendo La Pasión de Cristo, esa película que siempre nos revuelve las tripas, no solo por el sufrimiento, sino por esa intensidad cruda que despierta algo primal en nosotros. "Mira estas la pasion de cristo frases celebres", me dijiste de pronto, mostrándome tu celular con una lista que habías encontrado en línea. Frases como "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" o "Todo está cumplido". Tus ojos brillaban con picardía, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, ese que siempre precede a nuestras locuras.

Me acerqué con las micheladas, sentándome a horcajadas sobre tus piernas. El sonido de la ciudad lejana, cláxones y risas, se mezclaba con el latido acelerado de mi corazón. Tu piel olía a loción de sándalo y sudor fresco del día, un olor que me volvía loca. ¿Por qué carajos esta película siempre nos pone así?, pensé, mientras rozaba mis labios contra tu oreja. "Dime una de esas frases célebres, carnal", te susurré, mi voz ronca, sintiendo cómo tu verga se endurecía bajo mis nalgas a través del jean.

Tú sonreíste, ese sonrisa de pendejo encantador que me derrite. " 'Elí, Elí, ¿lama sabactani?', que es 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'", recitaste con voz grave, tus manos subiendo por mis muslos, apretando la carne suave bajo mi falda corta. Sentí el calor de tus palmas, ásperas por el trabajo en la constructora, y un jadeo se me escapó. "Pero en nuestra versión", murmuraste, "Dios mío, ¿por qué me abandonas a esta tentación tan rica?". Reí bajito, el sonido vibrando en mi pecho, mientras te besaba el cuello, saboreando la sal de tu piel. El deseo inicial era como una chispa: inocente al principio, pero lista para incendiar todo.

Nos besamos con hambre, lenguas enredándose como serpientes en el Edén prohibido. Tus dedos se colaron bajo mi blusa, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedritas. Qué wey tan cabrón, sabe exactamente cómo tocarme, pensé, arqueando la espalda. El viento nocturno traía olor a tacos de la calle, pero yo solo olía a ti, a hombre listo para devorarme. Te levantaste conmigo en brazos, fuerte y seguro, llevándome adentro a la recámara. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas contra el calor de nuestros cuerpos.

Acto primero del our pecado delicioso: la tentación. Me tumbaste despacio, quitándome la falda con reverencia, como si fuera un velo sagrado. " 'Sed misericordiosos como también vuestro Padre es misericordioso'", citaste de las frases, tus labios bajando por mi vientre. Lamiste mi ombligo, y yo gemí, el sonido ecoando en la habitación iluminada solo por velas de vainilla. Mi piel erizada, cada poro despertando al roce de tu barba incipiente. No pares, pinche amor, hazme tuya. Te quité la camisa, admirando tus pectorales morenos, marcados por el sol mexicano. Mis uñas arañaron tu espalda, dejando surcos rojos que te hicieron gruñir como bestia.

La tensión crecía gradual, como la procesión de Semana Santa que tanto nos gustaba ver en Guadalajara de niños, pero ahora éramos los protagonistas de nuestra propia pasión. Tus manos exploraban mis senos, amasándolos con devoción, chupando un pezón hasta que dolió de placer. "¡Ay, Javier, qué rico!", exclamé, mi voz entrecortada. El olor a nuestra excitación llenaba el aire: almizcle dulce de mi coño húmedo, mezclándose con tu sudor masculino. Te bajé el zipper, liberando tu verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor vivo, el pulso acelerado como mi propio corazón. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras tú recitabas: " 'En tus manos encomiendo mi espíritu'". Reí contra tu piel, vibrando tu carne.

En el medio del fuego, las luchas internas ardían.

¿Estoy pecando? ¿O es esto el verdadero amor de Dios, esta unión carnal tan pura?
, me preguntaba yo, mientras tú me abrías las piernas con ternura. Tu lengua encontró mi clítoris, lamiéndolo en círculos lentos, succionando hasta que vi estrellas. Mis caderas se movían solas, empujando contra tu boca, el sonido chapoteante de mi humedad obsceno y delicioso. "¡Más, cabrón, no pares!", suplicaba, mis dedos enredados en tu pelo negro. Tú obedecías, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace gritar. El orgasmo pequeño llegó primero, un temblor que me dejó jadeante, pero no satisfecha. Quería más, la plenitud.

Escalada: te puse de espaldas, montándote como amazona. Tu verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué grande está!. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el roce ardiente. Tus manos en mis caderas guiaban el ritmo, acelerando. Sudor perlando tu pecho, goteando hasta unirnos en la unión húmeda. " 'Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen'", gemiste tú, mientras yo rebotaba más fuerte, mis tetas saltando. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados con risas traviesas. Olía a sexo puro, a vainilla quemada de las velas, a nosotros fusionados.

La intensidad psicológica subía: recuerdos de misa, de rezos, chocando con este éxtasis pagano. Pero era empoderador, mutuo; yo mandaba ahora, follando con furia, mis uñas en tu pecho. Cambiamos posiciones, tú encima, embistiéndome profundo, lento, torturándome. Cada thrust enviaba ondas de placer desde mi centro hasta las yemas de los pies. "¡Dame todo, amor!", rogaba, piernas enredadas en tu腰. Tus ojos en los míos, conexión profunda más allá de lo físico.

El clímax se acercaba como tormenta. " 'Todo está cumplido'", recitaste ronco, acelerando, tu verga hinchándose dentro. Yo exploté primero, el orgasmo grande desgarrándome, paredes contrayéndose alrededor de ti, chorros de placer mojando las sábanas. Grité tu nombre, el mundo disolviéndose en luz blanca, pulsos retumbando en oídos, sabor a lágrimas de gozo en labios. Tú seguiste, unos thrusts más, y te corriste dentro, caliente, abundante, llenándome mientras rugías mi nombre: "¡Lucía!". Nos quedamos unidos, temblando, respiraciones entrecortadas calmándose juntas.

En el afterglow, el acto final de paz. Te retiraste despacio, un hilo de semen conectándonos aún. Nos acurrucamos, tu brazo sobre mis senos, mi cabeza en tu pecho húmedo. El aroma a sexo persistía, mezclado con nuestro sudor salado. Esto es la verdadera pasión, no la del cruz, sino la de la carne viva, reflexioné, besando tu piel. "Esas la pasion de cristo frases celebres nunca sonaron tan calientes", bromeaste tú, y reímos bajito. Afuera, la ciudad dormía, pero nosotros, en nuestra burbuja, habíamos cumplido nuestra propia redención. Lingering impact: sabía que mañana repetiríamos, porque esta pasión no acaba nunca.

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