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El Diario de la Pasion Pelicula Completa en Carne Viva

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El Diario de la Pasion Pelicula Completa en Carne Viva

Me llamo Ana y vivo en un departamento chido en la Condesa, de esos con balcón donde se ve el skyline de la Ciudad de México brillando de noche. Todo empezó una tarde de sábado cuando mi carnala mayor me pasó una caja vieja de mi tía Lupe, que acababa de palmarla. "Échale un ojo, a lo mejor hay algo de lana", me dijo, pero neta, lo que encontré fue el diario de la pasion pelicula completa en forma de unas libretas amarillentas, llenas de letra prieta y apasionada.

Abrí la primera página y olía a perfume viejo mezclado con papel húmedo, como si guardara secretos de hace décadas. Lupe escribía de sus amores, de noches en que el deseo la consumía como fuego en tequila. Leí la primera entrada en voz alta, sintiendo un cosquilleo en la piel:

Esta noche conocí a Javier en el bar de la Zona Rosa. Sus ojos me traspasaron como cuchillos calientes, y su voz ronca me hizo mojarme al instante. Lo seguí a su depa, y ahí empezó mi película de pasión.
Mi corazón latió fuerte, el aire se sentía espeso, cargado de ese aroma a tinta y recuerdos. Me recargué en el sofá, con las piernas cruzadas, pero el calor subía por mis muslos. ¿Quién era esa tía que yo apenas recordaba como una señora seria? ¿Y por qué sus palabras me ponían la piel de gallina?

Pasé la noche devorando páginas. Cada entrada era como una escena de cine erótico: el roce de dedos ásperos en la nuca, el sabor salado de sudor en el cuello, el gemido ahogado contra una almohada. Lupe describía orgasmos que me hacían apretar las sábanas, imaginando al fantasma de Javier poseyéndola contra la pared, con el sonido de la ciudad de fondo. Neta, carnal, esto es demasiado, pensé, mientras mi mano bajaba sola por mi vientre. Pero me detuve. Quería más, quería vivirlo, no solo leerlo.

Al día siguiente, domingo soleado, salí al balcón con el diario en la mano. Ahí estaba él, mi vecino Marco, regando sus plantas en el departamento de al lado. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre me guiñaba el ojo en el elevador. "¡Órale, Ana! ¿Qué traes ahí, un libro de hechizos?", bromeó, con su voz grave que me erizaba los vellos. Le mostré la portada improvisada que Lupe había puesto: El Diario de la Pasión. "Es como una película completa de placeres, carnal. ¿Quieres verla conmigo?". Él arqueó la ceja, intrigado, y saltó la barda baja entre balcones como si nada.

Entramos a mi depa, el sol filtrándose por las cortinas blancas, tiñendo todo de oro. Nos sentamos en el sillón, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Abrí el diario y leí una entrada en voz alta, mi voz temblando un poco:

Sus manos me amasaron los pechos como masa de tamales, y yo arqueé la espalda gimiendo su nombre. El olor a su piel, a hombre puro, me volvía loca.
Marco tragó saliva, sus ojos oscuros clavados en mí. "Suena chingón, Ana. Como si estuviera pasando ahorita". El aire se cargó de electricidad, su respiración acelerada rozando mi oreja. Mi piel ardía donde su brazo tocaba el mío, un roce inocente que ya no lo era.

La tensión creció como tormenta en el Popo. Él tomó el diario, hojeándolo con dedos que rozaban los míos. "Tu tía sabía lo que quería, ¿verdad? ¿Y tú, Ana? ¿Qué quieres?". Su aliento cálido en mi cuello olía a menta y café fresco. Me volteé despacio, nuestros labios a milímetros. Esto es mi película ahora, pensé, mientras lo besaba. Fue suave al principio, explorando, saboreando el dulzor de su boca, pero pronto sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con urgencia contenida. Gemí contra su lengua, el sonido húmedo de nuestros besos llenando la habitación.

Lo jalé hacia la recámara, tirando el diario sobre la cama como un talismán. La luz del mediodía entraba por la ventana, iluminando su torso desnudo cuando se quitó la playera. Sus músculos se tensaban bajo la piel morena, salpicada de pecas leves, y olía a jabón y deseo puro. Me tendí en las sábanas frescas, invitándolo con la mirada. "Hazme sentir la pasión completa, Marco", susurré, mi voz ronca como la de Lupe en sus páginas.

Él se cernió sobre mí, besando mi cuello con labios que quemaban, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda. Sus manos expertas bajaron mis jeans, rozando mis caderas con uñas que arañaban delicioso. Sentí mi humedad empapando las bragas, el aroma almizclado subiendo al aire. "Estás chingona, Ana, tan mojada por un diario viejo", murmuró, riendo bajito mientras lamía mi ombligo. Bajó más, besando el interior de mis muslos, el roce de su barba incipiente enviando chispas por mi espina.

Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité suave, agarrando sus cabellos negros. Era un torbellino de sensaciones: el calor húmedo de su boca, el succionar rítmico que me hacía jadear, el sabor salado que él lamía con deleite. Mis caderas se movían solas, follándole la cara como en las fantasías del diario.

El placer me partía en dos, ondas y ondas de éxtasis
, pensé, recordando las palabras de Lupe. Marco metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, masajeando mi punto G mientras su lengua danzaba. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis gemidos: "¡Sí, cabrón, así! ¡No pares!".

El clímax me golpeó como volcán, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando por su mano. Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo mientras se quitaba el pantalón. Sentí su verga dura contra mis nalgas, gruesa y palpitante, rozando mi entrada. "Dime si quieres, mi reina", jadeó en mi oído, respetuoso pero hambriento. "¡Métemela ya, pendejo!", exigí, empujando hacia atrás. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El ardor inicial se volvió placer puro, su grosor llenándome hasta el fondo.

Empezó a bombear, primero suave, el slap-slap de piel contra piel resonando. Agarró mis caderas, acelerando, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Sudábamos juntos, el olor a sexo impregnando el cuarto, mezclado con el jazmín del balcón. Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos mientras me follaba profundo. Sus pupilas dilatadas, mi boca abierta en éxtasis perpetuo. "Eres mi película completa, Ana", gruñó, y eso me llevó al borde otra vez.

Me vine primero, apretándolo con contracciones que lo ordeñaban. Él se tensó, gimiendo mi nombre ronco: "¡Ana, me vengo!". Calor líquido inundó mi interior, pulsos y pulsos, mientras nos abrazábamos temblando. Colapsamos juntos, risas ahogadas entre besos suaves, el corazón latiendo al unísono contra el pecho del otro.

Después, acostados en las sábanas revueltas, con el diario abierto al lado, Marco lo tomó y leyó en voz alta una última entrada:

La pasión no muere, se pasa como antorcha a quien la agarra.
Sonreí, acariciando su pecho. "Gracias por hacerla real, carnal". Él me besó la frente, el sol poniéndose afuera tiñendo todo de rosa. Esa noche, el diario de la pasion pelicula completa ya no era solo palabras; era nuestra historia, grabada en piel y alma, lista para más secuelas.

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