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Pasión de Gavilanes Capítulo 23 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 23 Fuego en la Carne

La noche caía suave sobre la casa en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que invita a quitarse la ropa. Yo, Ana, estaba recargada en el sofá de la sala, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila reposado en la mano. Javier, mi carnal desde hace dos años, andaba por la cocina trayendo más hielos. Neta, esa serie nos tenía clavados. "Pasión de Gavilanes capítulo 23", decíamos cada vez que prendíamos la tele. Esa noche, el aire olía a jazmín del jardín y a su colonia fresca, esa que me eriza la piel.

—Órale, Ana, ya empieza —dijo Javier con esa voz ronca que me hace cosquillas en el estómago, mientras se sentaba pegadito a mí, su muslo rozando el mío.

La pantalla se iluminó con las pasiones desbordadas de los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo. En el capítulo 23, la tensión entre Jimena y Franco explotaba como volcán. Sus miradas se cruzaban cargadas de odio y deseo, y de pronto, un beso que quemaba. Yo sentía el pulso acelerado, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo zacatecano. Javier me miró de reojo, su mano grande posándose en mi rodilla. El calor subía, no solo del tequila.

En la tele, los cuerpos se acercaban, el sudor brillando bajo las luces del rancho. Yo tragué saliva, imaginando sus pieles chocando. Javier susurró:

—Mira cómo se miran, carnala. Como si se fueran a comer vivos.

Su aliento cálido me rozó la oreja, oliendo a menta y deseo. Mi cuerpo respondió al instante, un cosquilleo subiendo por las piernas hasta el centro de mí. ¿Por qué esta serie siempre nos pone así?, pensé, mientras su mano subía despacito por mi muslo, bajo la falda ligera de algodón.

El episodio avanzaba. Jimena jadeaba en los brazos de Franco, sus uñas clavándose en su espalda. Javier me jaló más cerca, su boca encontrando mi cuello. Sentí su lengua húmeda trazando un camino de fuego, el sabor salado de mi piel en sus labios. Olía a su sudor fresco, mezclado con el aroma dulce del tequila en su aliento. Mis pezones se endurecieron contra la blusa delgada, rogando atención.

—Javier... —gemí bajito, mi voz temblando como hoja en el viento.

Él no contestó con palabras. Sus dedos expertos se colaron bajo mi ropa interior, encontrando mi humedad. Chingado, qué bien me conocía. Tocaba con esa presión perfecta, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. En la tele, los amantes rodaban por la cama, gemidos ahogados llenando la sala. Nuestros ojos se clavaron en la pantalla un segundo, pero el mundo se reducía a nosotros.

Apagué la tele con el control remoto, pero el "Pasión de Gavilanes capítulo 23" seguía ardiendo en mi mente. Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo la camisa ajustada. Caminó hacia el cuarto, yo colgando de su cuello, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, su lengua danzando con la mía, saboreando el tequila y el deseo puro.

Me tiró suave sobre la cama king size, las sábanas frescas de hilo egipcio rozando mi piel ardiente. La habitación olía a lavanda de la vela que prendí antes, pero ahora se mezclaba con nuestro aroma almizclado de excitación. Javier se quitó la camisa de un jalón, revelando ese torso moreno, marcado por horas en el gym. Pendejo guapo, pensé, mordiéndome el labio.

Se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando despacio. Su aliento caliente me hacía temblar. Cuando su boca llegó ahí, explosión. Lamía con devoción, succionando mi clítoris como si fuera el último dulce del mundo. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su cabello negro, oliendo a su shampoo de hierbas. El sonido de mis jugos en su lengua, chapoteos húmedos, me volvía loca. Sentía cada roce como electricidad, pulsos latiendo en mi centro.

—Más, Javier, no pares, cabrón —supliqué, arqueándome.

Él levantó la vista, ojos oscuros brillando.

—Te voy a hacer mía toda la noche, como en esa pinche telenovela.
Su voz era grava, prometedora.

Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando suave. Sus manos amasaban mis nalgas, separándolas. Sentí su verga dura presionando contra mí, caliente como hierro al rojo. Se quitó el pantalón, el sonido del zipper como invitación. Me penetró lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Ay, Dios, qué grosor, qué longitud perfecta. Gemí profundo, el estiramiento delicioso, dolor placer mezclado.

Empezó a moverse, embestidas profundas, su pelvis chocando contra mis pompas con palmadas rítmicas. El sonido llenaba la habitación: carne contra carne, jadeos entrecortados, mi humedad chorreando por mis muslos. Sudábamos juntos, pieles resbalosas pegándose y despegándose. Olía a sexo puro, a testosterona y estrógeno enloquecidos. Sus manos agarraban mis caderas, guiándome contra él, más fuerte, más rápido.

En mi mente, flashes del capítulo 23: pasiones prohibidas, cuerpos enredados. Pero esto era nuestro, real, consensual, ardiente. Javier me volteó de nuevo, cara a cara. Nuestros ojos se encontraron, almas desnudas. Me penetró missionary, profundo, su peso sobre mí reconfortante. Besos salvajes, lenguas batallando. Sentía su verga hinchándose más, mis paredes contrayéndose alrededor.

—Ana, mi reina, te amo —gruñó, acelerando.

El orgasmo me golpeó como ola en la playa de Puerto Vallarta. Grit é su nombre, uñas en su espalda, cuerpo convulsionando. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, su rugido animal en mi oído. Colapsamos juntos, pulsos latiendo al unísono, sudor enfriándose en la piel.

Después, en el afterglow, Javier me abrazó fuerte, su mano acariciando mi cabello. La habitación quieta, solo nuestros respiraciones calmándose. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a amor. Recordé el "Pasión de Gavilanes capítulo 23", pero nuestra pasión era mejor, sin venganzas, solo puro fuego mexicano.

Wey, eso estuvo chingón —murmuró él, besando mi frente.

Yo sonreí, acurrucada en su pecho ancho.

Esta noche, nuestro capítulo fue el mejor
, pensé, mientras el sueño nos envolvía como sábana tibia.

Pero la noche no terminó ahí. Horas después, desperté con su mano entre mis piernas otra vez, el deseo renaciendo. Javier me miró pícaro:

—Listos para el bis, carnala?

Asentí, jalándolo encima. Esta vez, yo tomé control. Lo monté despacio, sintiendo cada vena de su verga deslizándose dentro. Mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Cabalgaba como amazona en rodeo, gemidos escapando libres. Él desde abajo, embistiendo arriba, sincronizados perfectos.

El placer subía de nuevo, espiral infinito. Sudor goteando, olores intensos, sonidos obscenos. Alcancé el pico gritando, él siguiéndome, llenándome otra vez. Colapsamos exhaustos, risas mezcladas con jadeos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos bañamos juntos. Agua caliente cascando sobre pieles sensibles, jabón espumoso en manos curiosas. Besos suaves, promesas mudas. Nuestra historia, inspirada en "Pasión de Gavilanes capítulo 23", pero infinitamente más nuestra, más real, más ardiente.

En ese momento, supe que cada noche sería un nuevo capítulo, lleno de fuego en la carne, de pasiones que no se apagan.

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