Pasión Muerte y Resurrección de Jesús Animado
El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de Coyoacán, donde la procesión de Semana Santa avanzaba con su ritmo solemne. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, caminaba entre la multitud con un calor que me subía por las nalgas y no solo por el bochorno. Llevaba un vestido floreado ligero, pegado al cuerpo por el sudor, y cada paso hacía que mis chichis rebotaran un poquito, atrayendo miradas de los morros y hasta de algún señorón devoto. Neta, ¿por qué en estas fechas me pongo tan caliente? pensé, mientras olía el incienso mezclado con el aroma de las elotes asados de los vendedores ambulantes.
La gente murmuraba oraciones, cargando velas y imágenes de la Virgen, pero yo no podía quitarme de la cabeza la figura de Jesús en la cruz que pasaban adelante. Su cuerpo musculoso, tallado en madera, con venas marcadas y esa corona de espinas... me imaginaba lamiendo el sudor de su pecho, sintiendo su piel salada en la lengua. ¡Qué pendejada, Ana! Esto es sagrado, me regañé, pero mi panocha ya palpitaba, húmeda como después de una lluvia de mayo.
De repente, entre la procesión, vi un grupo de chavos montando un teatro callejero moderno, con pantallas y luces LED. Un cartel grande rezaba Pasión Muerte y Resurrección de Jesús Animado. Órale, qué chingón. Era una versión animada, con actores en vivo y proyecciones digitales, nada que ver con las procesiones aburridas de siempre. El Jesús principal era un wey alto, moreno, con barba bien recortada, ojos cafés intensos y un cuerpo de gimnasio que se marcaba bajo la túnica blanca. Se movía con una energía brutal, animado como ningún santo de iglesia. Cuando clavaron su figura en la cruz falsa, gritó con tal pasión que se me erizaron los vellos de la nuca. Su voz ronca resonó: "¡Padre, perdónalos!", y yo solo atinaba a mojarme más, imaginando esa boca en mi cuello.
La multitud aplaudió al final de la escena de la resurrección, con fuegos artificiales chiquitos y música electrónica de fondo. Yo me quedé clavada, hipnotizada por él. Cuando bajó del escenario, sudado y jadeante, nuestros ojos se cruzaron. Sonrió, una sonrisa pícara que decía te vi mirándome las verguitas. Me acerqué, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
—Qué chido tu show, carnal. Esa pasión muerte y resurrección de Jesús animado me dejó con el alma en un hilo... y otras cosas también.
Él se rio, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Olía a hombre puro: sal, colonia barata y algo almizclado que me mareaba.
—Gracias, morra. Soy Diego. ¿Te late seguirnos al after en el foro? Ahí platicamos de la resurrección de verdad.
¡Simón! contesté, y así empezó todo.
El foro era un patio techado con luces de colores, chelas frías y tacos al pastor girando en la trompo. Diego y yo nos sentamos aparte, en una mesa de madera astillosa. Hablamos de todo: de cómo él armó el show para hacer la Semana Santa más animada, de mis frustraciones con el novio que no me calienta ni con viagra. Su mano rozó la mía accidentalmente, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta los pezones, que se pusieron duros como piedritas.
—Neta, Ana, en la cruz me imaginé a una diosa como tú resucitándome —dijo bajito, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a cerveza y menta.
Mi mente daba vueltas. ¿Y si lo llevo a mi depa? ¿Y si jugamos a la pasión de verdad? El deseo crecía como la marea en Acapulco, lento pero imparable. Le conté de mis fantasías prohibidas con lo religioso, cómo la muerte de Jesús me hacía pensar en orgasmos que renacen. Él asintió, sus ojos devorándome.
Salimos de ahí a media noche, caminando por las calles silenciosas, solo iluminadas por faroles. Su mano en mi cintura, apretando suave, y yo sintiendo su verga semi-dura contra mi cadera. Llegamos a mi departamentito en la Roma, fresco con aroma a lavanda de mi vela. Cerré la puerta y nos besamos como posesos. Sus labios gruesos sabían a sal y tequila, la lengua explorando mi boca con hambre santa.
—Quítate la túnica, Jesús mío —le susurré, jalando la tela. Su pecho desnudo brillaba con sudor fresco, músculos tensos como cuerdas de guitarra. Lo empujé al colchón, montándome encima. Mis manos recorrieron su piel morena, áspera por el vello, bajando hasta su abdomen marcado. Él gemía bajito, "Ana... mi Magdalena", y eso me encendió más.
Le bajé el pantalón, y ¡no mames! Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con el prepucio suave y la cabeza rosada reluciente de precum. La olí: almizcle puro, hombre en celo. La lamí desde la base, saboreando la piel salada, hasta chupar la punta como piruleta. Diego arqueó la espalda, sus manos en mi pelo, "¡Qué rico, morra! Chúpamela más profundo". El sonido de succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos y mi propia respiración agitada.
Pero no quería acabar ahí. Me quité el vestido, quedando en tanguita empapada. Él me volteó, besando mi cuello, mordisqueando suave mientras sus dedos se colaban por mi raja, frotando el clítoris hinchado. ¡Ay, wey, qué dedos tan sabios! Sentí mis jugos chorreando, el olor a panocha caliente invadiendo el aire. Me penetró con dos dedos, curvándolos justo en el G, mientras lamía mis chichis, succionando los pezones hasta doler rico.
La tensión subía como la procesión al Calvario. Esto es mi pasión, pensé, mientras él me comía el chocho con lengua experta, lamiendo mis labios mayores, metiendo la nariz en mi monte de Venus. Gemí fuerte, "¡Muero de placer, Jesús animado!", y él rio contra mi carne, vibrando delicioso.
Lo monté al revés, sintiendo su verga abriéndose paso en mi interior, estirándome hasta el fondo. El roce era fuego puro, cada embestida haciendo slap-slap contra mis nalgas. Sudábamos como en sauna, pieles pegajosas deslizándose. Él pellizcaba mi clítoris, y yo rebotaba más rápido, mis tetas saltando, el colchón crujiendo. ¡Más fuerte, cabrón! Dame tu resurrección!
El clímax llegó como la resurrección: él de rodillas, yo abierta de piernas, su verga martillando profundo. Sentí las contracciones, mi coño apretándolo como tenazas, chorros de placer salpicando. Él gruñó, "¡Ana, vengo!", y su leche caliente me inundó, espesa, olorosa a semen fresco. Colapsamos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono.
Despertamos al amanecer de Sábado de Gloria, con rayos filtrándose por las cortinas. Diego me besó suave, su mano acariciando mi vientre. Esto fue más que sexo: una pasión, una muerte al deseo reprimido, y una resurrección en sus brazos. Nos duchamos juntos, jabón resbaloso en pieles sensibles, risas y promesas de más shows privados.
Al salir, el barrio olía a pan de muerto y flores. Caminamos de la mano, renovados. La pasión muerte y resurrección de Jesús animado no era solo un show: era nuestra historia, carnal y divina.