El Significado Sensual de la Pasion de Cristo
Era Viernes Santo en mi pueblo de Guanajuato, y el aire olía a incienso quemado mezclado con el sudor de cientos de cuerpos apiñados en las calles empedradas. Yo, Ana, una morra de treinta tacos que se la pasaba entre la iglesia y el trabajo en la tiendita de la esquina, siempre había sido devota. Pero este año, algo andaba chueco en mi pecho. Miraba las procesiones del Viacrucis y no podía dejar de pensar en el significado de la pasion de cristo. No el de los curas con sus sermones aburridos, sino algo más profundo, más carnal, como si Jesús hubiera sufrido por enseñarnos a gozar el cuerpo en vez de negarlo.
Ahí estaba él, el actor que hacía de Cristo. Un wey alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la túnica raída y una barba que le daba un aire de hombre de verdad, no de santito de postal. Cuando lo vi cargando la cruz, con el sudor chorreándole por el pecho y los ojos clavados en el horizonte, sentí un calor entre las piernas que me hizo apretar las muslas. ¿Qué chingados me pasa? pensé, mientras el tamborileo de las matracas y los lamentos de las mantas resonaban en mis oídos. Su piel brillaba bajo el sol poniente, y olía a tierra mojada y a ese aroma masculino que me ponía la piel chinita.
Después de la procesión, me quedé rezagada en la plaza, fingiendo que oraba frente a una vela. Neta, no podía sacármelo de la cabeza. Se llamaba Diego, lo supe porque alguien lo gritó. Él se acercó, quitándose la corona de espinas falsa, con una sonrisa pícara que no pegaba con el papel de mártir.
¡Órale, morra! ¿Te quedaste por mí o por el Señor?
Su voz era ronca, como grava en la garganta, y me miró con ojos negros que prometían pecados deliciosos. Le contesté balbuceando algo de la fe, pero él se rio bajito y me tomó del brazo. Su tacto era firme, cálido, y sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal.
Esto es pecado, Ana, vete a tu casa, me dije, pero mis pies lo siguieron hasta una callejuela tranquila detrás de la iglesia. Ahí, bajo la luz mortecina de un farol, hablamos del significado de la pasion de cristo. Él, que era carpintero de oficio, me contó que para él la pasión no era solo sufrimiento, sino entrega total, como cuando uno se raja la madre por lo que ama. Sus palabras me erizaron el vello de los brazos, y de pronto, su mano rozó mi mejilla. Olía a sudor fresco y a madera tallada, un olor que me hacía agua la boca.
—Ven, déjame mostrarte lo que de verdad significa la pasión —murmuró, y me jaló hacia su boca. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, como un roce de alas de mariposa, pero pronto se volvió hambriento. Su lengua sabía a tequila y a sal, invadiendo mi boca con una urgencia que me dejó jadeando. Mis manos treparon por su pecho desnudo, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo la piel curtida por el sol mexicano.
Acto uno cerrado, pensé mientras nos besábamos como poseídos. La tensión en mi vientre crecía, un nudo caliente que pedía ser desatado. Pero no era solo carnal; era como si estuviéramos reescribiendo las escrituras con nuestros cuerpos.
Me llevó a su casa, una casita humilde con paredes de adobe y un patio lleno de buganvilias que perfumaban el aire con dulzor floral. Adentro, la cama era grande, con sábanas de algodón áspero que raspaban deliciosamente contra mi piel cuando me quitó el vestido. Estaba en chones y brasier, temblando no de frío, sino de anticipación. Él se paró frente a mí, quitándose la ropa despacio, revelando un cuerpo esculpido por el trabajo duro: abdomen marcado, verga tiesa y gruesa que palpitaba como si tuviera vida propia.
Virgen santísima, qué pendeja he sido toda mi vida, pensé, mientras él se arrodillaba ante mí como en la última cena, pero al revés. Sus labios besaron mi ombligo, bajando lento por mi vientre, hasta llegar a mi panocha ya empapada. El olor de mi propia excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclado con el suyo. Lamía mi clítoris con maestría, chupando suave al principio, luego más fuerte, haciendo que mis caderas se arquearan y gemidos roncos salieran de mi garganta.
—¡Diego, no pares, cabrón! —le supliqué, enredando mis dedos en su pelo revuelto. Él reía contra mi carne, vibraciones que me volvían loca. Mis pezones estaban duros como piedras, rozando el aire fresco, y cada roce de su barba en mis muslos internos era fuego puro. La tensión subía como la marea en Semana Santa, olas de placer que me hacían apretar las sábanas hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Pero no me dejó correrme todavía. Se levantó, me volteó boca abajo con gentileza, y entró en mí de una embestida lenta, profunda. Sentí cada centímetro de su verga estirándome, llenándome hasta el fondo, un ardor exquisito que me sacó un grito ahogado. Esto es el verdadero significado de la pasion de cristo, pensé en medio del delirio: no el dolor, sino la unión total, el éxtasis compartido.
Nos movíamos al ritmo de un son jarocho imaginario, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas que resonaban en la noche. Sudábamos como en el desierto de Judea, piel resbaladiza, pulsos latiendo al unísono. Él me mordía el hombro suave, yo arañaba su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada estocada, acumulando presión hasta que sentí la explosión venir.
—¡Córrete conmigo, mi Cristo personal! —le grité, y él aceleró, gruñendo como animal en celo. El orgasmo nos partió en dos: yo me convulsioné, chorros de placer mojando las sábanas, él se derramó dentro de mí caliente, profundo, con un rugido que vibró en mi pecho.
Nos quedamos tirados, jadeando, el aire cargado de olor a sexo y jazmín del patio. Su cabeza en mi seno, mi mano acariciando su espalda sudada. Afuera, lejanas saetas de cohetes anunciaban el fin de la pasión santa, pero para nosotros apenas empezaba.
En el afterglow, mientras el sol asomaba tiñendo el cielo de rosa, reflexioné. Toda mi vida buscando el significado de la pasion de cristo en misas y rosarios, y lo encontré en los brazos de este hombre. No era blasfemia; era revelación. La pasión es entrega, gozo, conexión divina en la carne. Diego me besó la frente, y supe que esto no era un polvo de una noche. Era el comienzo de mi propia redención, carnal y eterna.