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Desatando Pasiones Positivas

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Desatando Pasiones Positivas

El sol de Puerto Vallarta se ponía como un chorro de miel ardiente sobre el mar, tiñendo todo de naranja y rosa. Yo, Ana, acababa de llegar a la playa con mis amigas, lista para soltar el estrés de la chamba en la Ciudad de México. El aire salado me llenaba los pulmones, mezclado con el olor a coco de las cremas bronceadoras y el humo lejano de las parrilladas. La arena tibia se colaba entre mis dedos de los pies, mientras la música de cumbia rebeldía retumbaba desde los chiringuitos. Neta, esto es vida, pensé, sintiendo cómo mi cuerpo se relajaba bajo el bikini rojo que me hacía sentir como una diosa.

Ahí lo vi. Diego, con su piel morena brillando bajo el atardecer, camiseta ajustada marcando unos pectorales que gritaban órale, tócalo. Jugaba voleibol con unos cuates, riendo a carcajadas, el sudor perlando su frente. Nuestras miradas se cruzaron cuando la pelota voló hacia mí. La caché al vuelo, y él corrió, jadeante, con esa sonrisa pícara que me aceleró el pulso.

—Órale, mamacita, qué buena mano tienes —dijo, con voz grave como el rugido del mar, extendiendo la mano para chocar los cinco.

Mi piel hormigueó al tocar la suya, áspera por el trabajo de sus manos, pero cálida, viva. Pasiones positivas, se me vino a la mente de repente, recordando esa frase de un libro que leí sobre energías que fluyen sin drama, solo puro gozo. Le devolví la pelota con un guiño.

—No tanto como tú con el cuerpo, guapo —respondí, sintiendo el calor subir por mi cuello.

La noche cayó rápido, como siempre en la costa. Terminamos charlando alrededor de una fogata improvisada, con chelas frías en la mano y el crepitar de la leña llenando el aire de humo ahumado. Mis amigas se fueron con unos vatos, dejándonos solos. Diego me contó de su vida como surfista, cómo las olas le enseñaron a fluir con la vida, sin forzar nada. Yo hablé de mi pinche oficina, de cómo necesitaba desatar algo dentro de mí.

Su rodilla rozó la mía en la arena, un toque casual que no lo era. El corazón me latía fuerte, como tambores en una fiesta patronal. Olía a mar y a hombre, ese aroma terroso mezclado con sal. ¿Y si dejo que fluya?, me dije, mientras su mano subía despacio por mi muslo, preguntando permiso con la mirada.

Acto dos: la tensión crecía como la marea alta. Nos alejamos de la fogata, caminando de la mano hacia una calita escondida, donde las palmeras susurraban con la brisa nocturna. La luna plateaba el agua, y el sonido de las olas era como un latido compartido. Nos sentamos en una manta que él traía, y sus labios encontraron los míos en un beso suave al principio, explorando, saboreando el ron de mi boca.

Qué rico, pensé, mientras su lengua danzaba con la mía, cálida y juguetona. Sus manos recorrían mi espalda, desatando el nudo del bikini con permiso susurrado. —¿Está chido? —preguntó, y yo asentí, ardiente.

Mi piel se erizaba bajo sus caricias, dedos callosos trazando senderos de fuego desde mi cuello hasta mis caderas. Lo empujé suave contra la arena, montándome a horcajadas, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de la tela delgada. Pasiones positivas, repetí en mi mente, porque esto era puro, sin culpas, solo deseo mutuo latiendo como el Pacífico.

Le quité la camiseta, besando su pecho salado, lamiendo gotas de sudor que sabían a océano y aventura. Él gimió bajito, ¡ay, wey, qué delicia!, y sus manos amasaron mis senos, pulgares rozando pezones que se endurecían como piedras preciosas. El olor de nuestra excitación flotaba en el aire, almizclado, embriagador, mezclado con jazmín silvestre de la playa.

Deslicé mi mano dentro de su short, encontrándolo firme, palpitante. Lo acaricié lento, sintiendo cada vena, cada pulso que respondía a mi toque. —Neta, me traes loca —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él respondió bajando mi bikini inferior, dedos explorando mi humedad, círculos suaves que me hacían arquear la espalda, jadeos escapando como olas rompiendo.

La tensión era eléctrica, cada roce un paso más cerca del borde. Hablamos entre besos, confesiones roncas: él de cómo mi risa lo había enganchado desde el primer vistazo, yo de cómo necesitaba sentirme viva, deseada. Sus dedos entraron en mí, lentos, profundos, curvándose justo donde dolía de placer. Gemí contra su cuello, uñas clavándose en su espalda, el sonido de mi voz ahogado por el mar.

Lo guie dentro de mí, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento delicioso, la plenitud que me llenaba. Nos movimos en ritmo, caderas chocando con palmadas húmedas, arena pegándose a nuestra piel sudada. Su aliento caliente en mi oreja,

—Eres fuego, Ana, puro fuego positivo
, y yo aceleré, persiguiendo el clímax que se acumulaba como tormenta.

Acto tres: la liberación fue un estallido. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, olas de placer recorriéndome desde el centro hasta las yemas de los dedos, grito ahogado en su hombro. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, calor inundándome en pulsos calientes. Colapsamos juntos, entrelazados, el sudor enfriándose con la brisa, corazones galopando al unísono.

Nos quedamos así un rato, escuchando el mar calmarse, su mano trazando círculos perezosos en mi vientre. El olor a sexo y sal impregnaba todo, un perfume íntimo, satisfactorio. Pasiones positivas, pensé de nuevo, sonriendo en la oscuridad. Esto era sanación, conexión sin complicaciones, solo dos cuerpos celebrando la vida.

Qué chingón fue eso —murmuró él, besando mi frente.

—Sí, wey, de lo mejor —respondí, incorporándome para mirarlo a los ojos, brillando con luna y promesas.

Regresamos a la playa principal tomados de la mano, riendo de tonterías, el cuerpo aún zumbando con réplicas del placer. No hubo promesas eternas, solo un nos vemos con números de cel guardados y la certeza de que las pasiones positivas siempre encuentran su camino. Esa noche, en mi cama de hotel, reviví cada sensación: el tacto áspero de su piel, el sabor salado de sus labios, el eco de nuestros gemidos en la noche mexicana. Y supe que había desatado algo hermoso dentro de mí, listo para más.

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