La Pasion Tiene Memoria Letra Ardiente
Estaba en ese bar de la Condesa, con el aire cargado de humo de cigarro y risas roncas, cuando sonó la rola. La pasión tiene memoria letra ardiente, decía el pinche mariachi moderno que armaban en la tarima. Órale, neta que me pegó directo en el pecho. Esa letra, como un tatuaje que no se borra, me trajo de golpe los recuerdos de Javier. Hacía dos años que no lo veía, pero el wey seguía grabado en mi piel como si ayer hubiéramos cogido hasta el amanecer.
Yo, Ana, sentada en la barra con mi chela helada sudando en la mano, sentí el calor subir por mis muslos. El ritmo de la guitarra me hacía mover las caderas sin querer, y el olor a tequila y sudor ajeno me envolvía como un abrazo sucio.
La pasión tiene memoria, letra que quema en la noche, no se olvida el sabor de tu boca...Canturreé bajito, cerrando los ojos. Ahí estaba él en mi mente: su barba raspándome el cuello, sus manos grandes apretándome las nalgas, ese gemido ronco cuando se hundía en mí.
De repente, un roce en el hombro. Abrí los ojos y ¡pum! Javier, con esa sonrisa pícara que me derretía. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales, jeans gastados y botas de vaquero. ¿Coincidencia o qué madres? Su aroma a colonia barata mezclada con hombre me golpeó como un trago de mezcal puro.
—Wey, ¿tú por aquí? —le dije, fingiendo sorpresa, pero mi voz salió ronca, traicionera.
—Neta que sí, morra. Y cantando la pasión tiene memoria letra que tanto nos gustaba. ¿Recuerdas? —Me guiñó el ojo, sentándose a mi lado. Su pierna rozó la mía, y sentí chispas. El bar zumbaba alrededor: vasos chocando, carcajadas, el siseo de la lima en la sal. Pero para mí, solo existía él.
Platicamos de pendejadas, de la vida en la Ciudad, de cómo el tráfico nos chingaba el día. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como un volcán. Cada vez que reía, su aliento cálido me rozaba la oreja. Le pedí otra chela, y al pasármela, sus dedos se engancharon en los míos. Electricidad pura. ¿Y si lo invito a mi depa? No, calma, Ana, no seas tan lanzada.
La noche avanzaba, y el DJ cambió a cumbia rebajada. Javier me jaló a la pista. —Baila conmigo, como antes. Su mano en mi cintura, firme, posesiva. Bailamos pegados, mi espalda contra su pecho duro. Sentía su verga endureciéndose contra mis nalgas, y yo me arqueaba, restregándome sutil. El sudor nos unía, salado en la lengua cuando lamí mi labio. Olía a él: tierra mojada después de lluvia, mezclado con deseo crudo.
En el medio del baile, me volteó y me besó. No fue suave, fue hambre. Su lengua invadiendo mi boca, saboreando a chela y menta. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su nuca. La pasión tiene memoria, letra que no miente. Sus manos bajaron a mis tetas, amasándolas por encima del vestido. El mundo se desvaneció: solo latidos acelerados, piel erizada, el pulso en mi clítoris latiendo al ritmo de la música.
—Vámonos de aquí, Ana. No aguanto más. —Susurró en mi oído, mordiéndome el lóbulo. Asentí, jadeante. Salimos tropezando, riendo como pendejos, al taxi. En el asiento trasero, ya no aguantamos: sus dedos metiéndose bajo mi falda, frotando mi chocha empapada a través de las calzas. Yo le desabroché el pantalón, sacando su verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, masturbándolo lento mientras él me metía dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. ¡Qué rico, cabrón! Gemí bajito para no armar escándalo con el taxista.
Llegamos a mi depa en la Roma, un lugar chiquito pero con vista al skyline chispeante. Apenas cerré la puerta, nos arrancamos la ropa como animales. Su camisa voló, revelando ese torso tatuado con águilas y calaveras. Yo me quité el vestido, quedando en tanga roja y tetas al aire, pezones duros como piedras. Me miró como si fuera un banquete.
—Eres más rica que nunca, morra. —Dijo, empujándome contra la pared. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando, dejando morados. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con mi excitación, ese almizcle femenino que lo volvía loco. Me cargó a la cama, tirándome sobre las sábanas frescas. Se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas ancho. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo arquear la espalda.
Primero lamió mis muslos internos, lento, torturándome. Luego, su lengua plana sobre mi clítoris, círculos suaves. ¡Ay, wey, qué chido! Gruñí, enredando mis dedos en su pelo revuelto. Saboreaba mis jugos, chupando ruidosamente, metiendo la lengua en mi entrada. Mis caderas se movían solas, follando su boca. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos ahogados, su ronroneo de placer.
Lo jalé arriba, queriendo su verga dentro. —Cógeme ya, Javier. Hazme tuya. Él se puso condón —siempre responsable el cabrón— y se hundió en mí de un solo empujón. Llenándome hasta el fondo. ¡Qué grosor, qué largo! Empujaba profundo, saliendo casi todo y volviendo a entrar, rozando cada nervio. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas sudorosas, piel contra piel resbalosa.
Cambié de posición: me subí encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome. Rebotaba fuerte, mis tetas saltando, él pellizcándolas. Sentía su pubis frotando mi clítoris, acumulando el orgasmo como tormenta. La pasión tiene memoria, letra grabada en cada embestida. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado al lamerlo.
—Me vengo, Ana... ¡juntos! —Gruñó, y explotamos. Mi chocha contrayéndose alrededor de su verga, oleadas de placer cegador. Grité su nombre, él el mío, colapsando en un enredo de miembros temblorosos.
Después, en la afterglow, yacimos pegados, el ventilador zumbando sobre nosotros. Su dedo trazaba patrones en mi espalda, oliendo a sexo y sábanas revueltas. —Neta que la pasión tiene memoria, letra que no se olvida. —Murmuró, besándome la sien.
Yo sonreí, satisfecha, el corazón latiendo calmado. Sí, wey, y esta noche la escribimos de nuevo. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero en mi cama, el fuego ardía eterno.