La Pasion de la Cancion
Entré al bar de la colonia Roma esa noche de viernes, con el calor de la ciudad pegándome en la piel como un amante impaciente. El aire olía a mezcal ahumado y a jazmines del patio interior, y la música ya retumbaba desde el escenario chico. Yo, Ana, de veintiocho años, había venido sola porque neta, necesitaba soltar la tensión de la semana. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir cañona, y mis tacones resonaban contra el piso de losa como un desafío.
De pronto, la banda arrancó con una ranchera lenta, pero no cualquier rola: era una que no conocía, pero que me erizó la piel desde la primera nota. La voz del cantante, grave y ronca como tequila reposado, cantaba de pasión canción, de amores que queman por dentro. "En cada verso tu pasión canción me envuelve, me hace tuyo en la noche", decía la letra, y sus ojos negros barrieron el público hasta clavarse en los míos. Javier, se llamaba, lo supe después. Alto, moreno, con camisa de lino abierta hasta el pecho, mostrando un tatuaje de águila que brillaba bajo las luces tenues. Mi pulso se aceleró, sentí un cosquilleo entre las piernas, como si su voz me estuviera acariciando ya.
Me quedé ahí, con un margarita en la mano, el hielo derritiéndose lento mientras lo veía mover las caderas al ritmo. Sudor perlaba su frente, y el olor a su esfuerzo masculino se mezclaba con el humo de los cigarros.
¿Por qué carajos me mira así? ¿Será que siente lo mismo, esa electricidad que me hace apretar los muslos?Pensé, mordiéndome el labio. Cuando terminó la canción, aplaudí más fuerte que nadie, y él sonrió, dedicándome un guiño que me dejó el estómago revuelto.
El show siguió, pero mi atención estaba en él. Al final, bajé al escenario fingiendo pedir una chela, pero en realidad quería olerlo de cerca. "Qué chida tu pasión canción, wey", le dije, con voz juguetona. Él rio, su aliento cálido con toques de cerveza. "Gracias, preciosa. ¿Quieres que te la cante en privado?" Sus palabras eran puro fuego, y neta, no pude resistir. Nos sentamos en una mesa apartada, platicando de música, de la vida en la CDMX, de cómo una rola puede hacerte sentir vivo. Sus manos grandes rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas por mi espina.
La tensión crecía con cada sorbo. "Órale, Ana, tienes ojos que hipnotizan", murmuró, y yo sentí mi piel arder. Lo invité a caminar por las calles empedradas, el viento nocturno fresco contra mi piel caliente. Llegamos a mi depa en la Condesa, a unas cuadras, sin decir mucho. En el elevador, ya no aguantamos: sus labios se estrellaron contra los míos, duros y urgentes, saboreando a sal y deseo. Gemí bajito, mis manos en su cabello negro revuelto.
Adentro, la puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Lo empujé contra la pared, quitándole la camisa de un jalón. Su pecho era firme, olor a sudor limpio y colonia barata que me volvía loca. "Ven, mi rey", le susurré, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel. Él me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo, y me llevó a la recámara. La luz de la luna entraba por la ventana, pintando sombras en su cuerpo musculoso.
Me tumbó en la cama con sábanas frescas de algodón egipcio, y se arrodilló entre mis piernas. Sus dedos trazaron mi vestido hacia arriba, rozando mis muslos suaves, hasta encontrar mis bragas ya empapadas. "Estás chingona mojada, Ana", dijo con voz ronca, y yo arqueé la espalda cuando su boca me tocó ahí. Su lengua era mágica, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando con hambre. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su barba raspando mis pliegues sensibles. Gemí fuerte, "¡Sí, Javier, así!", mis uñas clavándose en su cabeza. El sonido de sus labios succionando, mis jugos, todo era sinfonía erótica.
Pero quería más. Lo jalé arriba, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi mano. La apreté, sintiendo su calor pulsante, el precum salado en mi lengua cuando la lamí desde la base hasta la punta. Él gruñó, "Pinche boca deliciosa", empujando suave en mi garganta. Lo chupé con ganas, saboreando su esencia masculina, mis labios estirados alrededor de su grosor. El cuarto olía a sexo crudo, a piel sudada, y el colchón crujía bajo nosotros.
La intensidad subía como la marea. Me puse encima, frotando mi panocha resbalosa contra su verga dura. "Te quiero adentro, carnal", le rogué, y él obedeció, guiándome despacio. Entró centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, mis paredes apretándolo como guante. Cabalgamos lento al principio, sintiendo cada roce, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras.
El ritmo aceleró. Yo rebotaba fuerte, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sus caderas subían, clavándose profundo, golpeando mi punto G con precisión. "¡Más duro, pendejo!", le exigí juguetona, y él rio, volteándome para ponerme a cuatro. Desde atrás, su verga me taladraba, bolas golpeando mi clítoris. El espejo de la pared reflejaba todo: mi cara de éxtasis, tetas balanceándose, su culo contraído embistiéndome. Olía a nosotros, a pasión desatada, sonidos de carne contra carne, gemidos roncos.
Mi orgasmo llegó como tormenta. "¡Me vengo, Javier!", chillé, mi concha convulsionando alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él no paró, prolongando mi placer hasta que explotó dentro, chorros calientes llenándome, su gruñido animal en mi oído. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.
Después, en la calma, fumamos un cigarro en la cama, su brazo alrededor de mi cintura. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí solo estábamos nosotros. "Tu pasión canción me conquistó", le dije, besando su pecho. Él sonrió, tarareando bajito la rola del bar. Sentí una paz profunda, un cierre dulce a esa noche loca. Mañana quién sabe, pero esa pasión canción quedaría grabada en mi piel para siempre.