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La Pasion Es Fuego En La Noche

6359 palabras

La Pasion Es Fuego En La Noche

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines salvajes, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena. Yo, Ana, había llegado a esa fiesta en la playa con mis amigas, vestida con un huipil ligero que se pegaba a mi piel por la brisa húmeda. El tequila fluía en vasos de barro, y la banda tocaba cumbias que hacían vibrar el aire caliente. Neta, necesitaba desconectar del pinche estrés de la ciudad.

Ahí lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace sentir que ya te desnudó con la mirada. Estaba recargado en una palmera, platicando con unos cuates, su camisa blanca abierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la pasión es ese primer roce invisible que te eriza la piel.

Me acerqué al bar improvisado, pidiendo un michelada bien fría. Él se aproximó, oliendo a loción fresca y a hombre que sabe lo que quiere. "Órale, güerita, ¿vienes a conquistar la playa o qué?", dijo con voz ronca, sus ojos cafés clavados en los míos. Reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. "Solo a bailar, carnal, pero si insistes, tal vez te siga el rollo". Charamos de la vida, de cómo el mar siempre llama, de esos sueños locos que uno guarda. Su mano rozó la mía al pasarme la sal, y fue como electricidad pura.

La banda aceleró el ritmo, y él me jaló a la pista de arena. Bailamos pegados, su cuerpo duro contra el mío, el sudor mezclándose con el aroma salado de su piel. Sentía sus caderas moviéndose al compás, presionando justo donde el deseo empezaba a arder. "La pasión es esto, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Mi corazón latía desbocado, y en mi mente gritaba:

¡Chingao, este wey me va a volver loca!

La tensión crecía con cada giro. Sus manos bajaron por mi espalda, deteniéndose en la curva de mis nalgas, apretando suave pero firme. Yo respondí arqueándome contra él, sintiendo su dureza crecer bajo los pantalones. El mundo se reducía a nosotros: el sonido de las risas lejanas, el crujir de la arena bajo nuestros pies, el sabor agrio del tequila en mi lengua. Quería más, necesitaba probarlo.

Acto dos: El ascenso

Nos alejamos de la fiesta, caminando por la orilla donde la luna pintaba plata el agua. El viento jugaba con mi pelo, y Javier me besó por primera vez allí, bajo las estrellas. Sus labios eran firmes, con gusto a ron y sal, devorándome despacio. Gemí bajito cuando su lengua exploró mi boca, sus manos subiendo por mis muslos bajo el huipil. "Dime que pare si no quieres", susurró, pero yo lo jalé más cerca. "No pares, pendejo, esto es lo que anhelo".

Llegamos a su cabaña rústica, iluminada por velas que olían a coco. La puerta se cerró con un clic, y el mundo exterior desapareció. Me quitó el huipil con reverencia, sus ojos devorando mis senos libres, los pezones ya duros por la anticipación. "Eres preciosa, nena", dijo, arrodillándose para besar mi ombligo, bajando lento. Sentí su aliento en mi monte de Venus, el calor humedeciendo mis bragas de encaje.

Lo empujé a la cama king size cubierta de sábanas blancas, quitándole la camisa para lamer su pecho salado. Su piel sabía a océano y macho, y él gruñó cuando mordí suave un pezón. Sus manos desabrocharon mis jeans, deslizándolos con mis bragas, exponiendo mi sexo depilado y ya brillante de jugos. "Mírate, tan mojada por mí", ronroneó, sus dedos abriendo mis labios, rozando el clítoris hinchado. Jadeé, el placer como ondas expandiéndose desde mi centro.

Me tendí, abriendo las piernas, invitándolo. Javier se desnudó, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, el terciopelo sobre acero. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y almizclada. Él se arqueó, gimiendo "¡Ay, carajo, qué rico!". Lo chupé profundo, mi lengua girando, saliva resbalando, hasta que me suplicó que parara o acabaría ahí.

La intensidad subía. Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriendo el mío como una manta viva. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "Estás tan apretada, tan perfecta", gruñó, y yo empujé hacia atrás, queriendo todo. El slap de piel contra piel llenó la habitación, mezclado con mis gemidos y sus jadeos. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, lubricando cada embestida. Sentía su saco golpeando mi clítoris, el fuego building en mi vientre.

Cambié de posición, montándolo, cabalgando como en un potro salvaje. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, mi cabello azotando su cara. El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle, sudor, mi excitación. En mi mente:

La pasión es este frenesí, este unirnos hasta el alma.
Él se incorporó, mamando mis senos mientras yo aceleraba, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla.

El clímax nos alcanzó juntos. Grité su nombre, olas de placer rompiendo desde mi núcleo, contracciones ordeñando su verga. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando bajo el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopantes.

Acto tres: El resplandor

Despertamos enredados, el sol filtrándose por las cortinas de bambú, pintando oro nuestra piel desnuda. Javier me besó la frente, su mano trazando círculos perezosos en mi cadera. "Anoche fue chido, Ana. La pasión es algo que no se apaga fácil". Sonreí, saboreando el afterglow, el leve dolor placentero entre mis piernas recordándome cada instante.

Desayunamos mangos jugosos en la terraza, el jugo chorreando por mis dedos, que él lamió con picardía. Hablamos de volver a vernos, de explorar más noches como esa. No era solo sexo; era conexión, risas compartidas, promesas susurradas. Me vestí con su camisa oversized, oliendo a él, y caminamos de regreso a la playa.

Al despedirnos con un beso profundo, sentí que la pasión es eso: un fuego que enciende, consume y deja brasas eternas. Regresé a mi vida, pero con un secreto ardiente en el pecho, lista para más aventuras bajo el cielo mexicano.

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