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La Pasion de Jesus Segun San Lucas

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La Pasion de Jesus Segun San Lucas

En el calor bochornoso de una noche en la Zona Rosa, donde las luces neón parpadean como promesas pecaminosas, conocí a Jesús. Yo soy Lucas, pero él, con esa sonrisa pícara y ojos que queman como tequila reposado, me bautizó San Lucas desde el primer trago. "Tú vas a contarlo todo, wey, como el santo de las buenas nuevas", me dijo mientras su mano rozaba la mía en la barra del bar, un toque eléctrico que me erizó la piel bajo la camisa sudada. El aire olía a mezcal ahumado, sudor fresco y ese perfume masculino que me volvía loco, una mezcla de sándalo y deseo crudo.

Tenía treinta y tantos, como yo, cuerpo de gym rat mexicano, pectorales marcados que se adivinaban bajo la playera ajustada negra. Yo no era pendejo, sabía que esa noche algo iba a pasar. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Reforma, de tacos al pastor que extrañábamos, pero sus ojos decían otra cosa. Quiero devorarte, parecía susurrar su mirada. Mi verga ya palpitaba en los jeans, traicionera, recordándome que llevaba meses sin acción de verdad. "¿Y si nos largamos de aquí, San Lucas?", murmuró al oído, su aliento caliente con sabor a limón y chile. Asentí, el corazón tronándome en el pecho como tambores de una conga callejera.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pensé mientras caminábamos hacia su depa en Polanco, el viento nocturno lamiendo mi nuca sudada. Pero joder, su culo perfecto moviéndose delante de mí era una invitación que no podía rechazar.

Su departamento era chido, minimalista con vistas a la ciudad iluminada, muebles de piel suave y una botella de Don Julio esperando en la barra. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared, sus labios chocando con los míos en un beso hambriento. Sabían a sal y fuego, su lengua invadiendo mi boca como un conquistador. Gemí bajito, mis manos trepando por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. "Eres mío esta noche, San Lucas", gruñó, mordisqueando mi cuello, enviando chispas directas a mi entrepierna. Olía a él puro, ese aroma almizclado de hombre excitado que me mareaba.

Acto primero de nuestra pasión: el despojo lento. Me quitó la camisa con dedos impacientes, lamiendo el sudor de mi pecho, su barba raspando delicioso contra mis pezones endurecidos. "Qué rico sales, carnal", murmuró, bajando de rodillas. El sonido de mi cremallera abriéndose fue como un trueno íntimo. Mi verga saltó libre, dura como piedra, goteando ya de anticipación. Él la miró con hambre, ojos oscuros brillando, y la tomó en su mano cálida, masturbándome despacio mientras lamía la punta, saboreando el pre-semen salado. Órale, qué chingón se siente esto, pensé, mis caderas empujando solas hacia su boca húmeda y caliente.

Lo jalé arriba, queriendo igualdad. Le arranqué la playera, besando cada centímetro de su torso moreno, oliendo su piel tostada por el sol de Acapulco, donde creció. Sus abdominales se contraían bajo mi lengua, y cuando bajé sus pantalones, su pito impresionante se irguió, grueso y venoso, pidiendo atención. Lo mamé con ganas, tragándomelo hasta la garganta, el sabor almendrado de su excitación inundándome. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo: "¡No mames, San Lucas, eres un experto!". El cuarto se llenaba de sonidos obscenos: chupadas húmedas, gemidos roncos, el slap de carne contra carne.

La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Lo empujé al sofá de piel, que crujió bajo nuestro peso. Nos frotamos mutuamente, vergas resbalosas chocando, lubricadas por saliva y sudor. Su mano en mi culo, dedo rozando el anillo apretado, prometiendo más.

Quiero que me abras, Jesús, hazme tuyo
, rogaba en silencio mi mente, el pulso latiéndome en las sienes. Él lo supo, porque sacó un frasco de lubricante de la mesita, aroma vainilla que se mezcló con nuestro olor a sexo. Me untó generoso, sus dedos hurgando adentro, abriéndome despacio, masajeando mi próstata hasta que vi estrellas. "Relájate, mi santo, te voy a follar como se merece esta pasión", susurró, voz ronca de deseo.

Me puse a cuatro patas, el sofá hundiéndose, vista al skyline indiferente. Entró lento, centímetro a centímetro, su verga gruesa estirándome delicioso. Dolor placer mezclado, quemazón que se convertía en éxtasis. "¡Ay, wey!", grité, pero empujé contra él. Empezó a bombear, suave al principio, sus bolas golpeando las mías con ritmo creciente. El slap slap se aceleraba, sudor goteando de su pecho al mío, olor a macho en celo impregnando todo. Agarró mis caderas, clavándome las uñas, follándome profundo, tocando ese punto que me hacía ver borroso.

La pasión de Jesús según San Lucas se escribía en cada embestida. Él narraba su propia historia en mis oídos: "Siente cómo te lleno, cómo te hago mío". Yo respondía con gemidos, "Más duro, pendejo rico, rómpeme". Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, su pito hundiéndose mientras rebotaba, pechos chocando, bocas devorándose. Sus manos en mis nalgas, guiándome, el sofá ahora un mar de fluidos. El clímax se acercaba, tensión en espiral: mis bolas apretadas, su verga hinchándose dentro. "Me vengo, Jesús", avisé, y él aceleró, "Dámelo todo, San Lucas".

Explotamos juntos. Mi leche salpicó su pecho en chorros calientes, espesa y blanca, mientras él rugía, llenándome con su semen ardiente, pulsación tras pulsación, desbordando y chorreando por mis muslos. El mundo se redujo a eso: olor a corrida fresca, sabor en mis labios cuando lo besé, tacto de su cuerpo tembloroso pegado al mío, sonidos de respiraciones agitadas calmándose. Colapsamos, enredados, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, con la ciudad ronroneando afuera, fumamos un Lucky Strike compartido, humo azulado curling en el aire. "Esta es la pasión de Jesús según San Lucas", dije riendo, trazando círculos en su abdomen pegajoso. Él me jaló para otro beso lento, lenguas perezosas. "Y habrá más capítulos, mi santo". Sentí paz, empoderado, deseado. No era solo un polvo; era conexión, liberación en esta jungla urbana mexicana. Su cabeza en mi hombro, olía a nosotros, a promesa de noches futuras. La pasión no acaba; se reinventa, como el sol saliendo sobre el Zócalo.

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