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Cuál es la Fruta de la Pasión

7243 palabras

Cuál es la Fruta de la Pasión

El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de Coyoacán, pero el aire estaba cargado de vida: el bullicio de los vendedores gritando ofertas, el aroma dulce y terroso de las frutas maduras mezclándose con el picor de los chiles y el humo de las tlayudas asándose en comales. Tú caminabas entre los puestos, con una canasta colgando del brazo, sintiendo el calor subir por tus piernas desnudas bajo la falda ligera de algodón. Habías venido por inspiración, por ese cosquilleo que te da el caos ordenado de la Ciudad de México, pero algo te atraía más allá de las compras rutinarias.

Entonces lo viste: un puesto rebosante de maracuyá, esas frutas de piel arrugada y morada que prometen un interior jugoso y ácido. El vendedor era un tipo de unos treinta, moreno, con brazos fuertes de tanto cargar cajones, camisa ajustada que marcaba el pecho y una sonrisa pícara que te clavó en el sitio. Órale, qué chulo, pensaste, mientras tus ojos se demoraban en sus labios carnosos.

—¡Pásale, preciosa! ¿Buscas algo que te haga explotar de placer? —dijo él, con voz grave y juguetona, mientras partía una fruta con un cuchillo afilado. El jugo chorreó por sus dedos, brillante bajo el sol.

Tú te acercaste, hipnotizada por el olor cítrico que invadía el aire, dulce como un beso prohibido.

¿Cuál es la fruta de la pasión? —preguntó él de repente, alzando la maracuyá partida, con las semillas negras flotando en el néctar dorado. Sus ojos oscuros te recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de tu blusa holgada, donde el sudor perlaba tu piel.

Te reíste, sintiendo un calor subir desde el vientre.

¿Es una adivinanza o un piropo descarado?
El corazón te latió más rápido, y el roce de la tela contra tus pezones endurecidos te delató.

—Esta, güeyita. Pruébala —insistió, ofreciéndote un pedazo en su mano callosa. El pulgar rozó tus labios al pasártelo, y el sabor explotó en tu boca: ácido, dulce, con esa textura granulosa que te hacía succionar la lengua para no perder ni una gota. Gemiste bajito, sin querer, y él se lamió los labios, como saboreando tu reacción.

La plática fluyó como el jugo de la fruta. Se llamaba Marco, originario de Oaxaca pero radicado en la CDMX por el jale. Tú le contaste de tu rutina de diseñadora gráfica, harta de la pantalla y buscando chispas reales. Cada risa compartida avivaba el fuego; sus ojos no dejaban de devorarte, y tú sentías la humedad crecer entre tus muslos, traicionera y deliciosa.

—Si te gusta tanto, tengo un jardín atrás de mi casa, aquí cerquita. Frutas frescas, sin tanto relajo de la gente. ¿Te animas a ver más? —propuso, con un guiño que era puro fuego.

No lo pensaste dos veces. ¿Por qué no? Es consensual, es ahora, es la fruta de la pasión llamándome, te dijiste mientras lo seguías por un callejón angosto, oliendo a jazmín y tierra húmeda. Su casa era un pequeño oasis: patio con enredaderas, mesas de madera y un colchón mullido en la recámara, iluminada por luz tamizada.

Acto seguido, sus bocas se encontraron en un beso hambriento. Sus labios sabían a maracuyá y sal, la lengua invadiendo tu boca con urgencia juguetona. Tus manos exploraron su espalda ancha, sintiendo los músculos tensarse bajo la camisa que le arrancaste de un tirón. Él gimió contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible, mientras sus dedos hábiles subían por tus muslos, arrugando la falda hasta encontrar tus bragas empapadas.

—Estás chingona de mojada, preciosa —murmuró, con voz ronca, deslizando un dedo por el encaje. El roce te hizo arquear la espalda, un jadeo escapando de tus labios.

Sí, tócame así, no pares
.

Te tendió en el colchón, el aire fresco del ventilador lamiendo tu piel expuesta mientras él besaba un camino desde tus pechos hasta el ombligo. El olor de tu arousal se mezclaba con el dulzor de las frutas en una niebla embriagadora. Sus manos grandes amasaron tus nalgas, separándolas para exponerte al viento y a su mirada ardiente. Bajó la cabeza, y su lengua encontró tu clítoris hinchado, lamiendo con maestría, succionando como si bebiera el jugo de la maracuyá más madura.

¡Dios! Las sensaciones te nublaron: el calor húmedo de su boca, el roce áspero de su barba incipiente contra tus pliegues sensibles, el sonido obsceno de sus labios devorándote. Tus caderas se mecían solas, empujando contra su rostro, mientras tus uñas se clavaban en su cabello negro y revuelto. Me vengo, cabrón, no pares, gritaste en tu mente, y el orgasmo te golpeó como una ola, contracciones pulsantes que te dejaron temblando, el sabor metálico en la boca.

Pero él no había terminado. Se incorporó, quitándose los pantalones con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Tú la tomaste en la mano, sintiendo el calor satinado, la vena latiendo bajo tu palma. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como animal.

—Chúpamela rica, así —suplicó, y tú lo hiciste, tragándotela hasta la garganta, el olor almizclado llenándote las fosas nasales. Sus caderas empujaban suave, respetando tu ritmo, hasta que te apartó con ternura.

—Te quiero adentro, Marco. Fóllame ya —le ordenaste, abriendo las piernas en invitación empoderada.

Se hundió en ti de un solo golpe fluido, llenándote por completo. El estiramiento ardiente fue puro placer, sus embestidas profundas y rítmicas haciendo que tus paredes lo apretaran como un puño. El colchón crujía bajo los impactos, piel contra piel en palmadas húmedas, sudor resbalando por sus abdominales hasta gotear en tu vientre. Olías su esencia masculina, sentías cada vena rozando tu interior, el roce de sus bolas contra tu culo.

La tensión crecía como tormenta: sus ojos clavados en los tuyos, respiraciones entrecortadas, gemidos sincronizados.

Ella es la fruta, yo soy el jugo, esto es la pasión pura
, pensaste en éxtasis. Él aceleró, gruñendo tu nombre —inventado en el calor, pero perfecto—, y tú lo arañaste, ordenándole:

—¡Córrete conmigo, dame todo!

El clímax los alcanzó juntos: él se hinchó dentro, chorros calientes inundándote mientras tus músculos lo ordeñaban, olas de placer infinito sacudiéndolos. Colapsaron enredados, pulsos galopantes calmándose al unísono, el aire pesado con el olor a sexo y frutas maduras.

Después, yacían en la penumbra, su cabeza en tu pecho, dedos trazando pereza en tu piel. Afuera, el mercado seguía su ritmo, pero aquí reinaba la paz satisfecha.

—¿Ya sabes cuál es la fruta de la pasión? —preguntó él, besando tu hombro.

Tú sonreíste, acariciando su mejilla.

—La que acabamos de saborear, carnal. Tú y yo.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de pasión naranja, y tú sabías que esto no era fin, sino el jugo que empaparía recuerdos venideros. Empoderada, plena, lista para morder la vida de nuevo.

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