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Pasión por el Triunfo 1992

8042 palabras

Pasión por el Triunfo 1992

El aire en el bar de Polanco estaba cargado de humo de cigarro y el olor acre del tequila barato mezclado con sudor de cuerpos ansiosos. Era 1992, y toda México palpitaba con la pasión por el triunfo. La Selección Mexicana jugaba contra Brasil en las eliminatorias, un partido que prometía ser épico. Ana, con su blusa ajustada que marcaba sus curvas generosas y jeans que abrazaban sus caderas, se acomodó en la barra junto a su amiga Lupe. Tenía veintiocho años, piel morena como el chocolate fundido y ojos negros que ardían con la misma intensidad que el grito de la multitud en la tele.

Qué chido estar aquí, neta, pensó Ana mientras sorbía su chela helada, el líquido fresco bajando por su garganta como un río de anticipación. La pantalla gigante mostraba el estadio lleno, el verde del césped reluciente bajo las luces, y ella sentía el pulso acelerado, no solo por el fútbol, sino por esa hambre que le roía las entrañas desde hace semanas. Hacía tiempo que no se soltaba, que no dejaba que un hombre la tocara como se merecía.

De pronto, un tipo alto, de hombros anchos y sonrisa pícara, se acercó pidiendo dos coronas. Javier, se presentó, con voz grave que vibraba como el rugido de la afición. Treinta tacos, barba incipiente, camisa del Tri que se pegaba a su pecho musculoso por el calor. Sus ojos se clavaron en los de Ana, y ella sintió un cosquilleo en la nuca, como si ya supiera que esa noche iba a ser la buena.

—Órale, carnala, ¿apuestas por el triunfo? —le dijo él, rozando su brazo al pasarle la chela. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y ligeramente húmeda.

—Neta que sí, wey. México va a romperla —respondió ella, ladeando la cabeza, dejando que su cabello negro cayera como una cascada sobre su hombro. Lupe guiñó un ojo y se alejó discreta, dejando el espacio libre.

El partido arrancó con furia. Cada pase, cada tackle, hacía que el bar estallara. Javier y Ana se pegaron más, sus muslos tocándose bajo la barra. Ella olía su colonia fresca, mezclada con el aroma masculino de su sudor, y un calor le subía desde el vientre.

Este pendejo me está poniendo caliente sin siquiera intentarlo
, se dijo, mordiéndose el labio mientras México metía el primer gol. El grito colectivo fue ensordecedor, vasos chocando, cuerpos saltando. Javier la abrazó en la euforia, sus manos firmes en su cintura, y ella se arqueó contra él, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su cadera.

—¡Eso es, pinche Tri! —gritó él al oído de Ana, su aliento caliente rozándole la oreja, enviando ondas de placer directo a su entrepierna.

La tensión del juego se colaba en sus cuerpos. Cada vez que Brasil atacaba, Ana apretaba la mano de Javier, sus uñas clavándose en su palma. Él respondía acariciando su muslo por debajo de la mesa, subiendo lento, juguetón, hasta el borde de sus jeans. Ella jadeó bajito, el sonido perdido en el bullicio, pero su coño ya palpitaba, húmedo, ansioso.

En el medio tiempo, se escabulleron a un rincón oscuro del bar. La luz tenue pintaba sombras en sus rostros. Javier la arrinconó contra la pared, su cuerpo grande cubriéndola como un escudo. Quiero comerte ya, pensó ella, mientras sus labios se encontraban en un beso feroz. Lenguas danzando, sabor a cerveza y sal de sus pieles. Sus manos exploraban: él amasando sus tetas firmes bajo la blusa, ella palpando la erección tiesa que tensaba sus pantalones.

—Me traes loco, morra —murmuró él, mordisqueando su cuello, inhalando el perfume dulce de su piel mezclado con el almizcle de su excitación creciente.

—Pues vente, cabrón, que el triunfo apenas empieza —le contestó ella, desafiante, su voz ronca de deseo.

El segundo tiempo fue un infierno delicioso. México defendía con uñas y dientes, y Javier y Ana igual. Sus toques se volvían más osados: ella metía la mano en su entrepierna, frotando su verga dura como piedra a través de la tela, sintiendo el calor irradiar. Él deslizaba dedos por su espalda baja, bajando hasta apretar su culo redondo. El olor a sexo flotaba entre ellos, sutil pero inconfundible, mientras el estadio en la tele rugía.

Al minuto 87, el golazo de México. El bar explotó en caos jubiloso. Cuerpos chocando, besos espontáneos, lágrimas de emoción. Javier levantó a Ana en brazos, sus piernas envolviéndolo, y la besó con hambre salvaje.

Esta pasión por el triunfo 1992 me va a hacer correrme sin que me toque
, pensó ella, sintiendo su clítoris hinchado rozando contra él.

—Vámonos a mi depa, ya no aguanto —le dijo él, ojos en llamas.

—¡Llévame, pinche semental! —rió ella, empapada, lista para todo.

El taxi fue una tortura. Manos por todos lados, besos robados, el chofer fingiendo no ver. Javier vivía en un departamento chido en la Roma, con vista a las luces de la ciudad. Apenas cerraron la puerta, se devoraron. Ropa volando: blusa arrancada, jeans desabrochados con prisa. Ana quedó en brasier negro y tanga, su cuerpo curvilíneo expuesto, pezones duros como balas. Él, desnudo, verga gruesa y venosa erguida, palpitante.

La tumbó en la cama king size, sábanas frescas contra su espalda ardiente. El cuarto olía a velas de vainilla que él prendió rápido, luz suave bailando en sus pieles. Javier besó su boca, bajando por el cuello, lamiendo el sudor salado. Chupó sus tetas, mordiendo suave los pezones, haciendo que Ana arqueara la espalda con un gemido gutural.

—¡Ay, wey, qué rico! —gruñó ella, manos enredadas en su pelo, guiándolo más abajo.

Él obedeció, lengua trazando senderos de fuego por su vientre plano, hasta llegar a su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos. El olor almizclado la delataba, puro deseo mexicano. Lamidas lentas al principio, saboreando su miel dulce y salada, luego rápidas en el clítoris, dedos hundiéndose en su calor húmedo. Ana se retorcía, caderas alzándose, el sonido de succión obsceno mezclándose con sus jadeos.

Neta que este cabrón sabe comer verga... digo, panocha
, pensó, riendo internamente mientras el orgasmo se acercaba como un tren.

—¡No pares, Javier, me vengo! —gritó, y explotó, jugos brotando, cuerpo convulsionando, uñas clavadas en sus hombros.

Él subió, verga lista, frotándola en su entrada resbaladiza. Mírame a los ojos, le pidió con la mirada. Ella asintió, piernas abiertas en invitación total.

—Clávamela toda, amor —suplicó, empoderada en su lujuria.

Entró de un empujón suave pero firme, llenándola por completo. El estiramiento delicioso, venas rozando sus paredes internas. Ritmo lento al inicio, sintiendo cada centímetro, piel contra piel chapoteando. Olores intensos: sexo crudo, sudor fresco. Sonidos: gemidos roncos, cama crujiendo, respiraciones entrecortadas.

Aceleraron, él embistiendo profundo, bolas golpeando su culo. Ana clavaba talones en su espalda, arañando, gritando palabras sucias: —¡Cógeme más duro, pendejo, hazme tuya!

La tensión creció como el partido, hasta el clímax. Javier gruñó, tenso, y ella sintió el pulso de su corrida caliente inundándola, disparador de su segundo orgasmo. Ondas de placer puro, cuerpos temblando unidos, el mundo disolviéndose en éxtasis.

Después, yacieron enredados, pieles pegajosas, corazones latiendo al unísono. El rumor lejano de la ciudad, sabor a sexo en sus besos perezosos. Ana acarició su pecho, inhalando su aroma satisfecho.

Esta pasión por el triunfo 1992 no se olvida, neta. Qué chingón
.

—¿Repetimos en la revancha? —preguntó él, sonriendo.

—Siempre, carnal. Siempre —respondió ella, sellando con un beso la promesa de más triunfos.

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