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Capítulos Eróticos de El Color de la Pasión

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Capítulos Eróticos de El Color de la Pasión

La pantalla del tele parpadeaba con las luces vibrantes de San Gabriel, ese pueblo ficticio que tanto nos enganchaba a Miguel y a mí. Era una noche calurosa en Guadalajara, de esas en que el aire huele a jazmín y a tacos de la esquina, y el ventilador zumbaba perezoso en el techo de nuestro departamentito en la colonia Providencia. Yo, Daniela, con mi pelo suelto cayendo como cascada negra sobre los hombros, me acurruqué contra el pecho de Miguel en el sofá. Él olía a jabón fresco y a ese desodorante de pino que me volvía loca. Neta, qué rico se siente su calor contra mi piel, pensé mientras su mano grande descansaba en mi muslo desnudo, solo cubierto por un shortcito de algodón.

Estábamos en el capítulo diez de El Color de la Pasión, esa telenovela que nos tenía al borde del asiento. La protagonista, con ojos de fuego, discutía apasionadamente con su amante en una hacienda antigua. Sus palabras eran como chispas: "¡No puedes negar lo que sentimos!" El beso que se dieron en pantalla fue intenso, labios chocando con hambre, manos explorando curvas bajo la blusa. Sentí un cosquilleo subir por mi vientre. Miguel apretó un poquito mi muslo, su pulgar trazando círculos lentos.

¿Será que él también lo está sintiendo? Esa tensión que crece como tormenta
, me dije en silencio.

"Órale, Dani, mira cómo se avientan", murmuró Miguel con esa voz ronca que me eriza la piel. Su aliento cálido rozó mi oreja, y el olor de su piel se mezcló con el mío, un perfume dulce de vainilla que usaba para provocarlo. Asentí, mordiéndome el labio inferior. El corazón me latía fuerte, como tambor en fiesta. En la tele, la pareja se besaba más profundo, ella gimiendo bajito, él deslizando la mano por su espalda. Mi cuerpo reaccionó solo: pezones endureciéndose bajo la blusita ligera, un calor húmedo entre las piernas. Miguel notó mi respiración agitada y giró la cara hacia mí. Sus ojos cafés brillaban con picardía. "¿Quieres que apague la tele, carnala?"

No respondí con palabras. Me volteé y lo besé, suave al principio, saboreando sus labios carnosos con gusto a menta del chicle que masticaba. Su lengua se coló juguetona, explorando mi boca como si fuera un secreto prohibido. El beso se encendió rápido, como los capítulos de El Color de la Pasión que veíamos. Sus manos subieron por mis caderas, apretando la carne suave, y yo arqueé la espalda, presionando mis tetas contra su pecho duro. ¡Ay, Dios, qué chido se siente su fuerza, como si me fuera a devorar entera! El sofá crujió bajo nuestro peso cuando me trepé a horcajadas sobre él, sintiendo su verga ya dura contra mi concha a través de la tela delgada.

El zumbido del ventilador se mezcló con nuestros jadeos. Miguel deslizó las manos bajo mi blusa, tocando mi piel desnuda, erizos por todos lados. Sus dedos ásperos, de tanto trabajar en la constructora, rozaban mis pezones como fuego lento. Gemí en su boca, un sonido gutural que me sorprendió. "Eres tan rica, Dani, tan mojada ya", susurró él, bajando la mano al frente de mi short. Desabrochó el botón con maestría, y sus dedos se colaron dentro, encontrando mi clítoris hinchado. Lo masajeó en círculos, suave pero firme, y yo me moví contra su palma, el jugo resbalando por mis muslos. Olía a sexo en el aire, ese aroma almizclado y dulce que nos volvía animales.

Le quité la playera, revelando su torso moreno, músculos marcados por el sol tapatío. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por su pecho hasta el ombligo. Él gruñó, un sonido grave que vibró en mi piel. "No pares, mi reina", dijo, enredando los dedos en mi pelo. Yo desabroché su jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la dureza como terciopelo sobre acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gemía mi nombre.

Esto es mejor que cualquier capítulo, neta, puro fuego en las venas
.

Pero no quería acabarlo así. Me puse de pie, quitándome el short y la blusa con un movimiento fluido, quedando en calzones chiquitos empapados. Miguel me miró como si fuera la protagonista de la telenovela, ojos devorándome. Me jaló de la cintura, besando mi vientre, lamiendo alrededor del ombligo. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando fuerte, y yo reí bajito, excitada. "¡Eres un pendejo caliente!", le dije juguetona, y él respondió mordiendo suave mi piel. Me volteó, poniéndome de rodillas en el sofá, y bajó mis calzones despacio, exponiendo mi culo redondo. Su lengua se hundió entre mis labios, lamiendo mi concha desde atrás, chupando el clítoris con hambre. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mi espina, mis uñas clavándose en el cojín. "¡Sí, así, Miguel, no pares!", grité, el cuerpo temblando.

La tensión crecía como en esos capítulos de El Color de la Pasión donde todo explota. Él se levantó, quitándose el resto de la ropa, su verga erguida lista para mí. Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, un estiramiento delicioso que me arrancó un alarido. "¡Qué chingona te sientes!", rugió él, empezando a bombear rítmico. Yo empujaba hacia atrás, encontrando su ritmo, piel chocando contra piel con palmadas húmedas. El sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Sus manos en mis caderas guiaban, fuerte pero cariñoso, mientras yo tocaba mi clítoris, acelerando el fuego.

Cambié de posición, montándolo ahora frente a frente. Sus ojos en los míos, intensos, como promesas mudas. Rebotaba sobre su verga, tetas saltando, él chupándolas una a una, mordiendo los pezones hasta doler rico. El olor de nuestros cuerpos mezclados, sexo y sudor, llenaba la habitación. Mis paredes se contraían alrededor de él, acercándome al borde. "¡Me vengo, carnal!", anuncié, y el orgasmo me golpeó como ola gigante, visión nublándose, cuerpo convulsionando. Él gruñó profundo, embistiéndome más duro, y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su semen goteando por mis muslos.

Caímos exhaustos, él aún dentro de mí, abrazados sudorosos. El tele seguía encendido, otro capítulo de El Color de la Pasión comenzando, pero ya no importaba. Su corazón latía contra el mío, fuerte y sereno. Besé su frente, oliendo su pelo húmedo. Esto es nuestro color de la pasión, puro y real, sin guion ni cámaras, pensé con una sonrisa. Miguel me acarició la espalda, trazando círculos perezosos. "Te amo, Dani, más que a cualquier telenovela". Reí suave, acurrucándome. La noche se extendía, prometiendo más capítulos nuestros, llenos de fuego y ternura.

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