La Pasion Segun San Juan Bach En Mi Piel
La noche en el Palacio de Bellas Artes estaba cargada de esa electricidad que solo sientes cuando el arte te roza el alma. Yo, Ana, había llegado sola, con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa lista para devorar el mundo. El aroma del lobby era una mezcla de perfume caro y madera pulida, y el murmullo de la gente elegante me ponía la piel de gallina. Me senté en la fila media, el corazón latiéndome fuerte de anticipación por La Pasion Segun San Juan Bach. Esa obra, con sus coros desgarradores y arias que te clavan en el pecho, siempre me había puesto cachonda sin saber por qué. Era como si Bach hubiera escrito sobre el deseo prohibido disfrazado de fe.
Las luces bajaron y el coro estalló en "Herr, unser Herrscher". Sentí un cosquilleo en la nuca, como si alguien me soplara al oído. Giré la cabeza y ahí estaba él: alto, moreno, con ojos oscuros que brillaban bajo la tenue iluminación. Vestía camisa blanca impecable, corbata floja, como si ya supiera que la noche iba a desmadrarse. Nuestras miradas se cruzaron durante el recitativo de la traición de Judas, y juro que su sonrisa fue un puñetazo directo a mi entrepierna. ¿Quién chingados es este pendejo tan guapo? pensé, mientras mis pezones se endurecían contra la tela del sostén.
Durante el aria "Von den Stricken", su mano rozó la mía al apoyarse en el asiento. Fue casual, pero el calor de su piel me quemó. Olía a colonia fresca con un toque de tabaco, y su aliento cálido llegó hasta mí cuando se inclinó para susurrar: "
Esta pieza es puro fuego, ¿no crees?" Asentí, la boca seca, el pulso acelerado como el bajo continuo de la orquesta. Al final del primer acto, no aguanté más. Me paré y él me siguió al foyer.
"Soy Juan", dijo, extendiendo la mano. Su voz grave vibraba como los violines en el coral de la crucifixión. "Y tú pareces necesitar un trago para que esta pasión no te queme viva". Reí, juguetona: "Si es La Pasion Segun San Juan Bach, carnal, ya me tiene ardiendo". Pidió dos tequilas en el bar improvisado, y mientras el líquido ámbar bajaba por mi garganta, fuego dulce, su rodilla rozó la mía. Hablamos de Bach, de cómo esa música te hace sentir expuesto, vulnerable, listo para pecar. Sus dedos trazaron un camino invisible en mi muslo bajo la mesa. Me voy a mojar aquí mismo si no para, pensé, apretando las piernas.
El segundo acto nos encontró sentados juntos, susurrándonos obscenidades disfrazadas de comentarios musicales. Cuando el tenor cantó "Betrachte, meine Seel'", Juan me tomó la mano y la puso en su entrepierna. Sentí su verga dura como piedra bajo el pantalón, palpitando al ritmo de la música. "
Esto es lo que me hace esta pasión", murmuró. Mi coño se contrajo, jugos calientes empapando mis panties. El olor a su excitación se mezclaba con el mío, un aroma almizclado que flotaba entre nosotros.
Al terminar el concierto, no hubo palabras. Salimos tomados de la mano, el aire nocturno de la Alameda fresco contra mi piel arrebolada. Su departamento estaba cerca, en la Condesa, un penthouse con vistas al skyline y una sala llena de vinilos. "Siéntate", dijo, poniéndole play a La Pasion Segun San Juan Bach en un tocadiscos vintage. El vinilo crujió suave antes de que el coro invadiera el espacio. Me sirvió mezcal ahumado, el sabor terroso en mi lengua como preludio a lo que vendría.
Se acercó despacio, sus manos grandes desatando el lazo de mi vestido. La tela cayó como una cortina, revelando mi cuerpo desnudo salvo por las ligas negras. "
Eres una puta obra de arte", gruñó, sus ojos devorándome. Sus labios capturaron los míos, beso hambriento, lenguas enredadas con sabor a mezcal y deseo. Gemí contra su boca mientras sus dedos bajaban por mi espalda, arañando suave hasta mi culo. Lo apreté contra mí, sintiendo su polla tiesa presionando mi vientre, caliente, venosa bajo la tela.
Nos dejamos caer en el sofá de piel suave, el coro de "O große Lieb" envolviéndonos. Juan lamió mi cuello, mordisqueando la clavícula, bajando hasta mis tetas. Chupó un pezón, duro como guijarro, tirando con los dientes hasta que grité de placer. "¡Chíngame ya, cabrón!" jadeé, clavando uñas en su espalda. Él rio, voz ronca: "
Despacio, mi reina, que Bach nos marque el ritmo". Sus manos exploraron mi panocha, labios hinchados y mojados, separando los pliegues con dedos expertos. Introdujo dos, curvándolos contra mi punto G, mientras el pulgar frotaba mi clítoris hinchado. El sonido húmedo de mi excitación se mezclaba con los violines, olía a sexo puro, salado y dulce.
Me puse de rodillas, ansiosa por saborearlo. Bajé su zipper, liberando esa verga gruesa, morena, con venas marcadas y cabeza reluciente de precum. La lamí desde la base, lengua plana, hasta tragar hasta la garganta. Él gruñó, manos en mi pelo: "
¡Qué chingona mamada, Ana!". El sabor salado me volvía loca, chupando con hambre mientras la música subía a la Pasión de Cristo, eco de nuestra propia entrega pecaminosa.
La tensión crecía con cada aria. Me recostó en la alfombra persa, suave contra mi piel sudada. Se hincó entre mis piernas, ojos fijos en los míos: "
¿Quieres que te coja como Bach nos inspira?". "¡Sí, pendejo, métemela toda!", supliqué. Empujó despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, paredes vaginales apretándolo, pulsando. Empezó a moverse, lento al principio, siguiendo el adagio, luego acelerando con los coros furiosos. Cada embestida era un latigazo de placer, sus bolas golpeando mi culo, sudor goteando de su pecho al mío.
El aire olía a nosotros: sudor, coño mojado, verga excitada. Sentía cada vena rozando mis paredes, su pubis moliendo mi clítoris. "Me vengo, Juan, no pares", pensé en silencio, pero grité cuando el orgasmo me partió en dos. Olas de éxtasis, piernas temblando, coño contrayéndose como un puño alrededor de él. Él no se detuvo, follándome más duro, gruñendo mi nombre hasta que explotó dentro, chorros calientes inundándome, mezclándose con mis jugos.
Colapsamos jadeando, la música llegando a su clímax final. Su peso sobre mí era delicioso, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El vinilo terminó con un suspiro, silencio roto solo por nuestras respiraciones. Juan me abrazó, dedo trazando círculos en mi espalda. "
Esa fue nuestra Pasion Segun San Juan Bach", murmuró, riendo bajito.
Me quedé ahí, piel pegajosa, corazón latiendo en paz. Por primera vez en meses, no había vacío. Solo calidez, el eco de la música en mi alma y su semen goteando lento por mis muslos. Salí al balcón al amanecer, café humeante en mano, viendo la ciudad despertar. Juan se acercó por detrás, brazos envolviéndome. "
¿Volveremos a escucharla?". Sonreí: "Cada noche, mi San Juan". La pasión no había terminado; solo empezaba.