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Asesinato Pasional En La Noche

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Asesinato Pasional En La Noche

La vi con mis propios ojos, wey. Esa pinche zorra con las manos encima de mi carnal, mi Raúl, en el bar de la Zona Rosa. El olor a tequila y sudor me golpeó como un puñetazo cuando entré, el ruido de la banda norteña retumbando en mis sienes. Mi sangre hirvió al instante, un fuego que me subía por el pecho hasta la garganta. Asesinato pasional, pensé, neta que lo mato ahorita mismo. Lo imaginé: yo con un cuchillo en la mano, cortando esa sonrisa pendeja de su cara mientras él suplicaba. Pero no, no era momento de joderla así. Respiré hondo, el aroma dulzón de su colonia barata aún pegado en mi nariz, y me largué antes de que me vieran.

De regreso a casa en mi vochito, el viento fresco de la noche me azotaba la cara por la ventana abierta, pero no calmaba la rabia. ¿Cuántas veces le había dicho que no jugara conmigo? Raúl y yo llevábamos dos años de puro desmadre, de esas noches donde el mundo se acababa entre sus brazos. Su piel morena contra la mía, el sabor salado de su cuello cuando lo mordía hasta dejarle marcas. Pero esta noche, todo eso se sentía como una traición que pedía venganza. Aparqué frente al depa en Polanco, el valet me saludó con un "buenas noches, jefa", y subí las escaleras con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

Él llegó media hora después, oliendo a ella, a ese perfume barato de supermercado mezclado con su esencia varonil. Entró silbando, como si nada, y me encontró en la sala, sentada en el sofá de piel con una chela en la mano. Mis ojos lo taladraron.

¿Quién era esa puta, Raúl? Dime, ¿o te arranco la verga aquí mismo?

Él se congeló, la sonrisa se le borró. "Órale, mi amor, ¿de qué hablas? Era una amiga, nomás." Se acercó, intentando tocarme el hombro, pero yo lo empujé. El roce de sus dedos en mi piel mandó una chispa traicionera directo a mi entrepierna. Mierda, ¿por qué mi cuerpo lo traicionaba así? La rabia me hacía temblar, pero debajo bullía ese deseo enfermo, ese que siempre nos había unido.

Lo encaré, mi voz ronca de coraje y algo más. Asesinato pasional, las palabras se me escaparon solas mientras lo empujaba contra la pared. Sus ojos se oscurecieron, no de miedo, sino de esa hambre que conocía tan bien. "¿Quieres matarme, eh? ¿Es eso lo que sientes?" murmuró, su aliento caliente contra mi oreja. Lo abofeteé, no muy fuerte, lo justo para que ardiera. Él gruñó, me atrapó las muñecas y me volteó, presionándome contra su pecho duro. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, traidora como yo.

El beso vino como un huracán. Sus labios devoraron los míos, dientes chocando, lenguas enredadas en una batalla furiosa. Sabía a tequila y mentas, un sabor que me volvía loca. Mis manos se clavaron en su espalda, uñas rasguñando la camisa hasta romper botones. "Eres una chingona cuando te enojas, mi reina." Jadeó contra mi boca, y yo reí, una risa salvaje. La tensión del bar se evaporaba, transformándose en algo más primal, más nuestro.

Lo arrastré al cuarto, tirando ropa por el camino. El suelo de madera crujió bajo nuestros pies descalzos. Su olor me inundaba: sudor fresco, colonia y ese almizcle masculino que me hacía mojarme al instante. Me quitó el vestido de un jalón, sus manos ásperas explorando mis curvas, pellizcando pezones ya duros como piedras. Gemí, arqueándome contra él. Esto es mi asesinato pasional, pensé, matarlo de placer en vez de odio.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo nosotros. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento, torturándome. El roce de su barba incipiente en mis muslos internos me erizó la piel. "Mírate, tan mojada por mí. ¿Todavía quieres matarme?" Su voz era un ronroneo grave, vibrando en mi clítoris cuando su lengua lo rozó. Grité, mis caderas se alzaron solas. El sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después, salado y dulce, me volvió a encender.

Lo volteé, cabalgándolo como una amazona. Su verga gruesa me llenaba, pulsando dentro de mí con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y el zumbido del aire acondicionado. Sudor nos pegaba, resbaloso y caliente. Mis tetas rebotaban, él las atrapó, chupando un pezón hasta que vi estrellas. "¡Más duro, pendejo! ¡Hazme sentir que eres mío!" Le ordené, y él obedeció, clavándome los dedos en las nalgas, marcándome como yo lo marcaba a él.

La rabia del bar se había convertido en éxtasis puro. Cada roce era una confesión, cada gemido una promesa. Lo monté más rápido, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él gruñó mi nombre, "¡Laura, mi vida, no pares!" Sentí su pulso acelerado bajo mis palmas, el latido sincronizándose con el mío. El orgasmo me golpeó como un rayo, olas de placer convulsionándome, chillidos escapando de mi garganta. Él explotó segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando bajo el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín del difusor en la mesita. Besé su pecho, lamiendo el sudor salado. "Nunca más, ¿eh? O la próxima sí te mato de verdad." Murmuré, medio en broma. Él rio, acariciándome el pelo.

Neta que un asesinato pasional contigo sería el mejor final, mi amor. Pero prefiero mil noches así.

Nos acurrucamos, el calor de su cuerpo envolviéndome como un escudo. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en nuestra burbuja, todo estaba en paz. La pasión había ganado, convirtiendo el veneno en néctar. Y mientras el sueño me arrastraba, supe que esto era nuestro: fuego que quema pero no destruye.

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