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Abismo de Pasion Cap 95

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Abismo de Pasion Cap 95

La noche en Polanco se extendía como un manto de luces neón y promesas susurradas. Sofia, con su piel morena brillando bajo la tenue luz de las velas, se recargaba en el balcón de su departamento. El aroma del jazmín del jardín de abajo se mezclaba con el humo distante de los tacos al pastor de la esquina. Llevaba un vestido negro ajustado que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, y en su mente, las palabras abismo de pasion cap 95 resonaban como el título de esa novela erótica que había estado escribiendo en secreto. Era su escape, su forma de canalizar el fuego que ardía dentro de ella cada vez que pensaba en Diego.

Diego llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que hacía que el corazón de Sofia latiera desbocado. Era alto, de hombros anchos y ojos cafés profundos que prometían tormentas de placer. Traía una botella de tequila reposado en la mano, el vidrio empañado por el fresco de la noche. “¿Lista para caer en el abismo, mi reina?” le dijo con voz ronca, acercándose por detrás y rozando su cuello con los labios. El aliento cálido de él olía a menta y deseo, enviando escalofríos por la espina dorsal de ella.

Sofia se giró, presionando su cuerpo contra el de él. Qué chulo está este pendejo, pensó, mientras sus manos subían por el pecho firme bajo la camisa de lino. “Siempre lista, cabrón. Pero esta noche va a ser épica, como el cap 95 de mi historia favorita”, murmuró ella, besándolo con hambre contenida. Sus lenguas se encontraron en un baile lento, saboreando el dulzor del tequila que él acababa de probar. El sonido de la ciudad abajo —cláxones lejanos, risas de parejas en la calle— se desvanecía, dejando solo el latido acelerado de sus corazones.

Entraron al departamento, la puerta cerrándose con un clic suave que sellaba su mundo privado. Sofia lo guió al sofá de terciopelo rojo, donde se sentó a horcajadas sobre sus piernas. Sus dedos desabotonaron la camisa de Diego con deliberada lentitud, revelando el vello oscuro que cubría su torso musculoso. El olor de su colonia, mezclado con el sudor ligero de anticipación, la embriagaba. Quiero devorarlo entero, se dijo, mientras lamía el lóbulo de su oreja, sintiendo cómo él se endurecía debajo de ella.

“Eres una diosa, Sofia. Me vuelves loco”, gruñó Diego, sus manos grandes amasando las nalgas redondas de ella a través de la tela delgada. Ella rio bajito, un sonido gutural y sensual, y se arqueó para que él pudiera bajar el vestido y exponer sus pechos plenos. Los pezones ya estaban duros como piedras preciosas, rogando atención. Diego no se hizo esperar: succionó uno con avidez, su lengua girando en círculos que enviaban descargas eléctricas directo a su centro húmedo. Sofia jadeó, el placer punzante haciendo que sus uñas se clavaran en sus hombros. ¡Qué rico se siente su boca, ay Dios!

La tensión crecía como una ola imparable. Sofia se deslizó al suelo, arrodillándose entre sus piernas abiertas. Desabrochó el cinturón de Diego con dientes y dedos temblorosos de excitación, liberando su miembro erecto, grueso y palpitante. El olor almizclado de su arousal la golpeó como un afrodisíaco puro. Lo tomó en su mano, acariciándolo de la base a la punta, sintiendo las venas hinchadas bajo la piel suave. “Mírate, tan grande y listo para mí”, susurró, antes de envolverlo con sus labios calientes. Diego soltó un gemido profundo, sus caderas elevándose instintivamente. El sabor salado de la presemilla en su lengua la volvió loca; chupaba con ritmo experto, alternando succiones profundas y lamidas juguetonas, mientras sus manos masajeaban sus bolas pesadas.

Pero Diego no era de los que se quedaban pasivos. La levantó con facilidad, como si no pesara nada, y la llevó al cuarto. La cama king size los esperaba, cubierta de sábanas de satén negro que susurraban promesas de fricción deliciosa. La tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían con urgencia. “Quiero saborearte entera, nena”, dijo, quitándole el vestido de un tirón. Sofia quedó desnuda, su piel brillando con una fina capa de sudor, el vello púbico recortado enmarcando su sexo hinchado y reluciente de jugos.

Se posicionó entre sus muslos, inhalando el aroma embriagador de su excitación —dulce, musgoso, puramente femenino. Su lengua trazó un camino desde el ombligo hasta el clítoris, deteniéndose para mordisquear los labios mayores. Sofia se retorció, sus manos enredándose en el cabello de él. No pares, por favor, esto es el paraíso. Cuando la lengua de Diego finalmente rozó su botón sensible, ella gritó, un sonido animal que rebotó en las paredes. Él lamía con devoción, introduciendo dos dedos gruesos en su interior empapado, curvándolos para golpear ese punto que la hacía ver estrellas. Los sonidos eran obscenos: chapoteos húmedos, succiones, gemidos ahogados. El placer se acumulaba en capas, tensando cada músculo de su cuerpo.

Sofia no aguantó más. “¡Dentro de mí, Diego! ¡Ahora!” exigió, tirando de él hacia arriba. Él se colocó en su entrada, frotando la cabeza bulbosa contra sus pliegues resbaladizos. Entró de un solo empujón profundo, llenándola por completo. Ambos jadearon al unísono; el estiramiento era perfecto, como si sus cuerpos hubieran sido moldeados el uno para el otro. Diego empezó a moverse con ritmo pausado al principio, saliendo casi del todo para volver a hundirse, sintiendo cómo las paredes internas de ella lo apretaban como un puño de terciopelo.

La intensidad escaló. Sofia clavó las piernas alrededor de su cintura, urgiéndolo a ir más duro, más rápido. “¡Dame todo, pendejo! ¡Hazme tuya!” gritaba, mientras él embestía con fuerza primal, sus pelvis chocando con palmadas resonantes. El sudor les unía, piel contra piel resbaladiza; el olor de sexo saturaba el aire, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana entreabierta. En su mente, Sofia veía flashes de su novela: abismo de pasion cap 95, donde los amantes caían en éxtasis eterno. Sus pechos rebotaban con cada thrust, y Diego los capturaba con la boca, mordiendo lo justo para doler placenteramente.

El clímax se acercaba como un tren desbocado. Sofia sintió la presión en su bajo vientre, esa espiral apretándose. Voy a explotar, ay Virgen de Guadalupe. Diego aceleró, sus gruñidos convirtiéndose en rugidos. “¡Ven conmigo, mi amor!” jadeó él, y eso fue todo. Sofia se deshizo primero, su orgasmo arrasándola en oleadas convulsivas. Sus paredes internas ordeñaron su polla, y Diego la siguió segundos después, inundándola con chorros calientes y espesos. Gritaron juntos, cuerpos temblando en unísono, el mundo reduciéndose a esa unión perfecta.

Se derrumbaron enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Diego se deslizó fuera de ella con un sonido húmedo, y un hilo de su semen escapó, goteando por sus muslos. Sofia sonrió perezosa, trazando patrones en el pecho sudoroso de él. El aroma post-sexo —salado, íntimo— los envolvía como una manta. “Eso fue... el abismo total, cap 95 y contando”, murmuró ella, besando su mandíbula.

Él rio, abrazándola fuerte. “Y hay muchos capítulos por venir, reina. Tú y yo, para siempre en este abismo de pasión”. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero dentro, en el afterglow, solo existía la promesa de más noches así: calientes, reales, inolvidables. Sofia cerró los ojos, saboreando el regusto a él en su boca, el calor residual entre sus piernas. Esto es vida, carajo. Y con eso, se durmieron, cuerpos entrelazados en paz profunda.

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