Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasión de Cristo Gnula La Pasión de Cristo Gnula

La Pasión de Cristo Gnula

7119 palabras

La Pasión de Cristo Gnula

La noche en la Ciudad de México se sentía como un abrazo ardiente, con ese calor húmedo que se pegaba a la piel como una promesa de placer. Tú, Gnula, una morra de treinta y tantos con curvas que volvían locos a los carnales, estabas en tu depa chido en Polanco, el aire cargado del aroma a jazmín del jardín vecino y el leve zumbido del tráfico lejano. Vestías un vestido negro ajustado que marcaba tus chichis firmes y tu culo redondo, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas solo de pensar en él. Cristo, ese pendejo guapo con cuerpo de gym y ojos oscuros que te miraban como si fueras su diosa personal, iba a llegar en cualquier momento.

Te serviste un tequila reposado en un vaso helado, el líquido ámbar bajando fresco por tu garganta mientras recordabas la última vez. Su verga dura entrando en ti, el sudor mezclándose, sus gemidos roncos en tu oído. Habían pasado semanas desde que terminaron, pero la neta es que nunca se soltaron del todo. Un mensaje suyo esa tarde: "Gnula, carnala, necesito verte. Esta noche". Y tú, con el corazón latiendo fuerte, respondiste "Ven, wey, pero trae esa pasión que solo tú sabes dar".

La puerta sonó, ese toque firme que conocías de memoria. Abriste y ahí estaba Cristo, alto, con camisa blanca entreabierta mostrando su pecho tatuado con una virgen de Guadalupe estilizada, jeans ceñidos que no disimulaban su paquete marcado. Olía a colonia cara y a hombre, ese olor terroso que te hacía mojar las calzones al instante. "Órale, Gnula, estás pinche rica", murmuró con voz grave, entrando y cerrando la puerta de un empujón suave.

Te abrazó fuerte, sus manos grandes recorriendo tu espalda baja, bajando hasta apretar tu nalgueada. Sentiste su aliento caliente en tu cuello, el roce de su barba incipiente contra tu piel sensible. "Te extrañé, morra", susurró, y tú respondiste presionándote contra él, notando cómo su verga ya se ponía tiesa contra tu vientre.

¡Chin, ya quiero que me coma entera!
Pero no, había que saborear el momento. Lo guiaste a la sala, pusiste música de cumbia rebajada bajito, con esos ritmos que hacen mover las caderas sin querer.

Se sentaron en el sofá, el cuero crujiendo bajo su peso. Charlaron de pendejadas: el trabajo en la constructora de él, tus diseños gráficos, pero los ojos se devoraban. Él te sirvió más tequila, sus dedos rozando los tuyos, enviando chispas por tu espina. "Sabes, Gnula, desde que te vi hoy en la foto que mandaste, no paro de pensar en la pasión de Cristo Gnula", dijo riendo bajito, con ese acento chilango juguetón. Tú arqueaste la ceja, intrigada. "¿Y eso qué chingados es, pendejo?". Él se acercó, su mano en tu muslo, subiendo despacio. "Es esto, carnala. Mi pasión por ti, como si fuera la pinche película esa, pero con la pasión de Cristo Gnula, intensa, sudorosa, redentora".

Rieron, pero el aire se cargó de electricidad. Su mano subió más, rozando el borde de tu vestido, y tú abriste las piernas un poquito, invitándolo. El calor entre tus piernas crecía, tu clítoris palpitando contra la tela húmeda de las calzones. Lo besaste primero, suave, saboreando sus labios carnosos con gusto a tequila y menta. La lengua de él invadió tu boca, explorando, chupando, mientras sus dedos se colaban bajo la falda, encontrando tu humedad. "Estás empapada, wey", gruñó contra tu boca, y tú gemiste, arqueándote.

Neta, este carnal sabe cómo tocarme, como si leyera mi pinche mente.

Acto dos, la cosa escaló chido. Lo empujaste al sofá, te subiste a horcajadas sobre él, frotando tu panocha contra su verga dura a través de los jeans. El roce era delicioso, el sonido de la tela friccionando, su respiración agitada llenando la habitación. Le quitaste la camisa, lamiendo sus pezones duros, mordisqueando suave mientras él gemía "¡Qué rico, Gnula, no pares!". Sus manos amasaron tus chichis, pellizcando los pezones erectos hasta que dolía placero. Bajaste la cremallera de sus jeans, liberando esa verga gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La olías, almizclada, masculina, y la lamiste desde la base hasta la punta, saboreando la sal. "Chúpamela, morra", rogó él, y tú lo hiciste, metiéndotela hasta la garganta, escuchando sus jadeos roncos, el pop de tus labios al soltarla.

Pero querías más. Te quitaste el vestido de un jalón, quedando en calzones negros de encaje empapados. Él te volteó, poniéndote de rodillas en el sofá, su boca devorando tu culo, lamiendo por encima de la tela. El olor de tu arousal llenaba el aire, dulce y pecaminoso. Bajó las calzones, exponiendo tu panocha hinchada, rosada, chorreando. Su lengua entró en ti, lamiendo largo, chupando tu clítoris con succión experta. Tus muslos temblaban, las rodillas hundiéndose en el cuero, gemidos escapando como "¡Ay, Cristo, qué chingón! ¡No pares, cabrón!". Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra tu punto G, mientras su lengua danzaba. El placer subía en olas, tu corazón tronando, sudor goteando por tu espalda.

Esto es puro fuego, voy a explotar ya mismo.

Lo volteaste, montándote en su verga de un solo movimiento. Sentiste cómo te llenaba, estirándote delicioso, la cabeza golpeando profundo. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus paredes internas, el slap slap de piel contra piel, sus bolas contra tu culo. Él te agarró las caderas, guiando más rápido, sus abdominales contrayéndose bajo tus manos. "¡Métetela toda, Gnula!", gritaste, y él embistió desde abajo, fuerte, profundo. Cambiaron: te puso en cuatro, entrando por atrás, una mano en tu clítoris, la otra jalándote el pelo suave. El espejo de la pared reflejaba todo: tu cara de éxtasis, chichis rebotando, su culo musculoso flexionándose. Olías el sexo crudo, sentías el calor de su cuerpo pegado al tuyo, sus gruñidos "¡Te voy a llenar, carnala!".

La tensión creció, tu vientre apretándose, orgasmos acercándose. Él aceleró, follándote como animal pero con amor, susurrando "Eres mía, la pasión de Cristo Gnula es esto, pura entrega". Viniste primero, un estallido cegador, tu panocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus bolas, gritando "¡Sí, Cristo, me vengo!". Él siguió, prolongando tu placer, hasta que rugió, llenándote con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el tuyo.

Acto final, el afterglow perfecto. Colapsaron en el sofá, enredados, sudorosos, respiraciones calmándose. Su verga aún dentro de ti, palpitando suave, el semen goteando por tus muslos. Te besó la frente, suave, cariñoso. "Neta, Gnula, eres lo mejor que me ha pasado". Tú sonreíste, trazando sus tatuajes con el dedo, sintiendo la paz post-orgasmo, el cuerpo lánguido y satisfecho.

Esta pasión no se acaba, carnal, es eterna como la de un Cristo por su devota.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese depa, la pasión de Cristo Gnula acababa de renacer, prometiendo más noches de fuego y entrega total.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.