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Abismo de Pasión Elisa y Damián

6259 palabras

Abismo de Pasión Elisa y Damián

Elisa caminaba por el rooftop de ese bar en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces bajo la noche tibia. El aire olía a mezcal ahumado y jazmines del jardín vertical, y la música de un DJ tecno-tropical hacía vibrar el piso de madera. Llevaba un vestido negro ceñido que le marcaba las curvas, sintiendo cómo la brisa juguetona le erizaba la piel de los brazos. Hacía meses que no veía a Damián, pero ahí estaba él, recargado en la barandilla, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el tatuaje de un águila en su pecho moreno.

El corazón de Elisa dio un brinco. ¿Qué chingados hace aquí este wey? pensó, mientras un calor familiar le subía por el vientre. Habían sido amantes intensos, de esos que se devoran sin piedad, pero una pelea tonta los había separado. Él volteó, sus ojos cafés intensos la atraparon como siempre. Caminó hacia ella con esa sonrisa pícara, la que prometía problemas del bueno.

«Mamacita, ¿qué onda? Sigues más rica que un tamal en mole», dijo Damián, su voz ronca cortando el ruido de la fiesta.

Elisa soltó una risa nerviosa, el pulso acelerándosele en las sienes. «¡Órale, Damián! No mames, ¿tú por aquí?» Contestó, pero su cuerpo ya la traicionaba: los pezones endureciéndose bajo la tela fina, un cosquilleo húmedo entre las piernas. Charlaron de pendejadas, de la vida, pero el aire entre ellos crujía de tensión, como antes de una tormenta en el desierto.

La noche avanzaba, y Damián la invitó a bailar. Sus manos en la cintura de ella, fuertes y cálidas, la pegaron a su cuerpo. Olía a colonia cítrica mezclada con sudor masculino, ese aroma que la volvía loca. Sentía su verga semi-dura rozándole el muslo, y un jadeo se le escapó. «Te extrañé, Elisa. Neta, este abismo de pasión que tenemos tú y yo... no lo supero», murmuró él al oído, su aliento caliente haciéndole cosquillas en la oreja.

Elisa se mordió el labio, el deseo ardiéndole como chile habanero. Abismo de pasión, Elisa y Damián, pensó, recordando cómo él siempre lo decía cuando se perdían el uno en el otro. No aguantó más. «Vámonos de aquí, carnal. Quiero sentirte ya», le susurró, y él asintió, tomándola de la mano hacia el elevador.

En el taxi rumbo al hotel de él en Reforma, la tensión era palpable. La ciudad pasaba borrosa por la ventanilla, luces neón reflejándose en sus rostros. Damián le acariciaba el muslo por debajo del vestido, sus dedos ásperos subiendo despacio, rozando la rendija de sus bragas. Elisa contuvo un gemido, el chofer ajeno a todo. «», dijo él bajito, y ella solo pudo asentir, apretando las piernas para no explotar ahí mismo.

Llegaron al lobby del hotel, un lugar chido con mármol reluciente y fuentes murmurantes. Subieron al piso 20, y apenas cerraron la puerta de la suite, Damián la empujó contra la pared. Sus bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a tequila reposado y urgencia. Él le arrancó el vestido con delicadeza feroz, exponiendo sus tetas firmes, pezones oscuros pidiendo atención. Elisa le desabotonó la camisa, arañándole el pecho, oliendo su piel salada.

Esto es lo que necesitaba, este fuego que solo él enciende, pensó Elisa mientras él la cargaba a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo sus cuerpos. La habitación olía a vainilla de las velas que él prendió rápido, luz suave bailando en las paredes. Damián se quitó los pantalones, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista, goteando pre-semen que brillaba. Elisa se lamió los labios, el sabor imaginado ya en su lengua.

Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, mordisqueando suave hasta llegar a su concha depilada, hinchada y reluciente de jugos. «Qué rica estás, Elisa. Tu sabor es mi vicio», gruñó, y hundió la lengua en ella. Elisa arqueó la espalda, un grito ahogado escapando: el roce húmedo, cálido, succionando su clítoris hinchado. Sonidos chapoteantes llenaban el cuarto, mezclados con sus jadeos. Sus dedos entraron, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras ella le jalaba el pelo, hips moviéndose al ritmo.

Pero quería más. Lo jaló arriba, montándolo como amazona. Su verga la llenó de un embiste, gruesa estirándola delicioso, el glande rozando paredes sensibles. «¡Chíngame fuerte, Damián! ¡Sí, así!» gritó ella, cabalgándolo con furia, tetas rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Él le amasaba el culo, azotando suave, el sonido carnoso ecoando. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, feromonas mexicanas en ebullición.

Elisa sentía el orgasmo construyéndose, una ola en el abismo. Este es nuestro abismo de pasión, Elisa y Damián, profundo y adictivo, pensó en medio del frenesí. Cambiaron posiciones: él atrás, perrito, embistiéndola profundo, bolas golpeando su clítoris. Sus manos en sus caderas, tirando de ella, piel contra piel resbalosa. «Te amo, wey. No te suelto más», confesó él, voz quebrada, y eso la catapultó. El clímax la sacudió como terremoto en la CDMX, concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando las sábanas. Damián rugió, corriéndose dentro, semen caliente llenándola, pulsos interminables.

Colapsaron jadeantes, cuerpos enredados, corazones galopando al unísono. El aire denso de olor a corrida y placer, pieles pegajosas enfriándose. Damián la besó la frente, suave ahora. «Eres mi todo, Elisa. Ese abismo nos llama siempre», murmuró. Ella sonrió, trazando su tatuaje con el dedo, sintiendo paz profunda.

Se ducharon juntos después, agua caliente cayendo como lluvia veraniega, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Rieron de tonterías, planeando un viaje a la playa en Puerto Vallarta. Salieron del hotel al amanecer, manos entrelazadas, la ciudad despertando con cláxones y vendedores de elotes. Elisa sabía que su conexión era eterna, un abismo de pasión Elisa y Damián que los uniría para siempre, lleno de fuego y ternura mexicana.

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