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Secretos de la Academia de Jazz Pasión y Baile

5316 palabras

Secretos de la Academia de Jazz Pasión y Baile

Entré a la Academia de Jazz Pasión y Baile con el corazón latiéndome como tambor de salsa en fiesta. El aire estaba cargado de ese olor a madera pulida y sudor fresco, mezclado con el perfume dulzón de las velas de vainilla que ardían en las esquinas. México City bullía afuera, pero adentro, en ese estudio de espejos y pisos de parquet, todo era ritmo y promesas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había dejado mi curro de oficina por esto: aprender a mover el cuerpo como se me antojaba, libre, sin jefes pendejos gritando deadlines.

El profe Diego me recibió con una sonrisa que me erizó la piel. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la camiseta ajustada, ojos cafés que te desnudaban con una mirada. Órale, este carnal está cañón, pensé mientras él me daba la bienvenida. "Bienvenida a la academia, preciosa. Aquí el jazz no es solo baile, es pasión pura". Su voz grave vibraba como el bajo de un contrabajo, y ya sentía un cosquilleo entre las piernas.

La primera clase fue un torbellino. El saxofón gemía desde los bocinas, notas azules que se enredaban en el aire caliente. Diego nos ponía a practicar swings, sus manos grandes corrigiendo mi postura: un roce en la cintura, otro en la cadera.

¿Por qué carajos mi piel arde donde me toca? Neta, esto no es normal.
Sudaba, el gusto salado en mis labios, el sonido de pies golpeando el piso como latidos acelerados. Al final, exhausta, lo pillé mirándome fijo, con esa promesa en los ojos.

Los días siguientes fueron puro fuego lento. Cada clase en la Academia de Jazz Pasión y Baile avivaba la chispa. Diego me pedía que me quedara después, "para pulir unos pasos, Ana". Solo nosotros dos, espejos reflejando nuestros cuerpos pegados en el swing. Su aliento cálido en mi cuello mientras me guiaba: "Siente el ritmo aquí, en el bajo vientre". Pinche tentación, si me acerca más, exploto. Una noche, después de un Lindy Hop intenso, resbalé y caí contra su pecho. Sus brazos me sostuvieron, firmes, y ahí, con el jazz de fondo, nuestros labios se rozaron. No fue beso, fue chispazo. "Perdón", murmuró, pero sus ojos decían quiero más.

La tensión crecía como tormenta en el DF. En mi depa, sola, revivía esos toques: el calor de sus palmas en mi espalda baja, el olor a su colonia masculina mezclada con sudor. Me tocaba pensando en él, imaginando su boca en mi piel.

¿Y si le digo que lo quiero? No, neta, ¿y si me manda a volar?
Pero en la academia, el deseo era mutuo. Una clase privada, luces bajas, solo Billie Holiday susurrando Lover Man. Diego me pegó a él en un paso lento, sus caderas rozando las mías. Sentí su verga dura contra mi muslo, y ahogué un gemido. "Ana, me traes loco desde el primer día", confesó con voz ronca, sus manos subiendo por mi blusa.

"¿Sí? Pues haz algo al respecto, cabrón", le retoqué juguetona, mi acento chilango saliendo puro. Nos besamos como hambrientos, lenguas enredadas, gusto a menta y deseo. Sus manos expertas desabotonaron mi top, exponiendo mis tetas al aire fresco del estudio. Las lamió, chupó pezones duros como piedras, mientras yo le clavaba uñas en la espalda. Qué rico, pinche Diego, no pares. El piso crujía bajo nosotros, el espejo nos devolvía la imagen obscena: yo de rodillas, bajándole el pantalón, su pito grueso saltando libre, venoso, listo.

Lo mamé con ganas, lengua girando en la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Él gemía, "¡Qué chingón, mami!", enredando dedos en mi pelo. Pero quería más. Me levantó, me quitó el legging, y ahí, contra el espejo frío, me abrió las piernas. Su boca en mi concha, lamiendo clítoris hinchado, dedos adentro curvándose en mi punto G. Olía a mi excitación, dulce y almizclada, sonidos chapoteantes mezclados con su jadeo. "Estás chorreando, Ana, pura pasión". Explosé en su cara, piernas temblando, grito ahogado contra su hombro.

No paramos. Me volteó, cachetada juguetona en el culo: "Muévete como en clase, nena". Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo, su verga gruesa estirándome delicioso. Ritmo de jazz: lento, swing, rápido. Paredes del estudio retumbaban con palmadas de carne, sudor goteando, olor a sexo crudo. Yo empujaba caderas, clavándome más,

¡Sí, así, rómpeme, pendejo!
Él gruñía en mi oído, "Eres fuego puro, academia de mi alma". Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en el piso, tetas rebotando, uñas en su pecho. El clímax nos pilló juntos, él llenándome de leche caliente, yo convulsionando, mordiéndole el hombro.

Caímos exhaustos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El saxofón aún sonaba bajito, como banda sonora de nuestro afterglow. Diego me acunó, besos suaves en la frente. "Esto no fue solo baile, ¿verdad?". Sonreí, trazando su pecho con dedo. "Neta, en la Academia de Jazz Pasión y Baile encontré más que pasos: te encontré a ti". Afuera, la ciudad ronroneaba, pero adentro, éramos nosotros, envueltos en sábanas imaginarias de ritmo y deseo. Mañana, otra clase, otro swing... pero ahora, con promesas de más noches así. Qué chido es la vida cuando bailas con pasión.

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