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Agencia Pasión Automotriz Deseos al Rojo Vivo

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Agencia Pasión Automotriz Deseos al Rojo Vivo

Entré a la Agencia Pasión Automotriz con el sol de mediodía pegándome en la cara, ese calor culero de la Ciudad de México que te hace sudar hasta el alma. El lugar era un pinche paraíso para cualquier carnal que ama los coches: autos relucientes alineados como joyas, el olor a cuero nuevo y goma quemada flotando en el aire, y el ronroneo lejano de motores probándose en el taller. Yo, Ana, de treinta y tantos, venía por un vochito nuevo, algo chingón que me hiciera sentir viva después de una ruptura que me dejó con el corazón hecho mierda.

Ahí estaba él, Marco, el vendedor. Alto, moreno, con esa playera ajustada que marcaba sus bíceps y un jeans que le quedaba como anillo al dedo. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si ya supiera lo que iba a pasar. Órale, wey, este pendejo está cañón, pensé mientras me acercaba.

¡Qué onda, preciosa! ¿En qué te puedo ayudar en la Agencia Pasión Automotriz?
me dijo con esa sonrisa pícara, voz grave que me erizó los vellos de la nuca.

Le conté lo que buscaba, un SUV rojo fuego, y él me guió entre los coches, rozándome el brazo "accidentalmente". Cada toque era eléctrico, su piel cálida contra la mía, y yo notaba cómo su mirada se clavaba en mis chichis bajo la blusa escotada. El aire acondicionado zumbaba suave, pero yo ya ardía por dentro.

Neta, si no me calma, voy a explotar aquí mismo
, me dije, mordiéndome el labio.

Me mostró el modelo perfecto: negro mate, interior de piel suave como caricia. Me invitó a sentarme, y cuando entré, el asiento me abrazó las nalgas, fresco y lujoso. Él se subió al lado del piloto, tan cerca que olía su colonia amaderada mezclada con sudor masculino. Encendió el motor, y el rugido vibró hasta mis entrañas, haciendo que mis muslos se apretaran solos.

—Vamos por un test drive, ¿sale?

Asentí, el corazón latiéndome a mil. Salimos del lote de la Agencia Pasión Automotriz, el viento entrando por la ventana abierta trayendo olores de asfalto caliente y comida callejera lejana. Hablábamos de todo: coches, la vida, cómo el acelerador te da esa adrenalina que nada iguala. Sus manos en el volante, venas marcadas, me ponían loca. Yo cruzaba las piernas, sintiendo la humedad crecer entre ellas.

En una recta vacía, pisó el fondo. El auto voló, pegándome al asiento, pechos rebotando, risa nerviosa saliendo de mi boca.

Chingado, esto es mejor que cualquier polvo
, pensé, pero mi cuerpo gritaba lo contrario. Frenó en un mirador con vista a la ciudad, atardecer tiñendo todo de naranja. Apagó el motor, y el silencio cayó pesado, solo nuestros jadeos.

Se giró hacia mí, ojos oscuros de deseo puro.

Ana, desde que entraste a la agencia, no dejo de imaginarte así, cerca, oliendo tan rico.

Mi mano fue a su muslo, firme bajo el jeans. Él gimió bajito, cubriendo mi mano con la suya, guiándola más arriba hasta su verga dura como fierro. La palpé, gruesa, palpitante, y un gemido se me escapó. Nos besamos entonces, salvaje, lenguas enredándose con sabor a menta y urgencia. Sus labios carnosos me devoraban, barba raspando mi piel suave, manos subiendo por mi falda, dedos rozando mis panties empapadas.

Me recargó el asiento, bajándolo con un clic. El cuero crujió bajo mí, fresco contra mi espalda caliente. Le bajé el cierre, liberando su pito erecto, venoso, goteando precum que lamí con la lengua, salado y adictivo. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo.

¡Qué chingona chupas, morra!

Lo tragué profundo, garganta ajustándose, sus caderas empujando suave. El auto olía a sexo ya, a piel sudada y lubricante natural. Me levantó la falda, arrancando las panties con un tirón juguetón. Sus dedos entraron en mí, dos de golpe, curvándose en mi punto G, haciendo que chorros de placer me sacudieran. Gemí alrededor de su verga, vibrando contra ella.

Me volteó a cuatro, nalgas al aire, espejo retrovisor reflejando mi cara de puta en celo. Él se puso de rodillas atrás, lengua lamiéndome el culo y coño, chupando mi clítoris hinchado. Saboreaba mis jugos, gruñendo de gusto.

No aguanto más, métemela ya, cabrón
, supliqué en mi mente, arqueando la espalda.

Se enderezó, gomita puesta en segundos —siempre preparados en la agencia, je—, y empujó lento. Su verga me abrió centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El dolor placer inicial dio paso a oleadas de éxtasis. Embestía fuerte, piel chocando piel con palmadas húmedas, el auto meciéndose como barco en tormenta.

Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros, aliento caliente en mi oreja.

Estás tan apretadita, Ana, me vas a sacar la leche.

Yo empujaba contra él, coño tragándoselo entero, clítoris frotando su bolsa. El sudor nos unía, resbaloso, olor almizclado envolviéndonos. Aceleró, bolas golpeando mi culo, y sentí el orgasmo venir como tsunami. Grité, paredes convulsionando alrededor de su pito, chorros mojando todo.

Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenando la gomita con chorros calientes. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos. Me besó la nuca, tierno ahora, manos acariciando mi vientre.

Regresamos a la Agencia Pasión Automotriz al anochecer, luces neón parpadeando. Limpiamos el desastre riendo, cómplices. Firmé los papeles del coche, pero lo que más quería era su número.

Esto no termina aquí, ¿verdad?
le pregunté, mordiendo su labio.

Neta que no, preciosa. La agencia siempre está abierta para más pasión.

Me fui manejando mi nuevo amor de cuatro ruedas, coño aún latiendo, sonrisa de oreja a oreja. La Agencia Pasión Automotriz no solo me dio un coche; me devolvió el fuego que creía perdido. Y quién sabe, volveré pronto por "mantenimiento".

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