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La Pasión de Cristo 2

6892 palabras

La Pasión de Cristo 2

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel de Allende, tiñendo de oro las fachadas coloniales. Tú, Ana, caminas con el corazón latiendo fuerte, el vestido ligero pegándose a tu piel por el calor húmedo. Hace un año, en esa misma época, durante la Semana Santa, conociste a Cristo. No el de las procesiones, sino un carnal alto, moreno, con ojos que queman como brasas y un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio y trabajos rudos en la construcción de lujo. Aquella primera pasión fue un torbellino de sudor y gemidos en una posada escondida. Ahora, un año después, regresa el fuego. "La Pasión de Cristo 2", piensas con una sonrisa pícara, como si fuera la secuela de una película prohibida solo para ti.

Llegas a la puerta de la casa rentada, una casona con patio interior lleno de buganvilias rojas. Tocas el timbre y él abre, descalzo, en shorts ajustados que marcan cada músculo de sus piernas. "¡Órale, mi reina! Ven pa'cá", dice con esa voz grave, mexicana hasta los huesos, agarrándote la cintura y jalándote adentro. Su olor te invade: mezcla de jabón fresco, sudor limpio y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Tus pezones se endurecen al instante bajo la tela delgada, y sientes un cosquilleo caliente entre las piernas.

¡No mames, Ana, ya estás mojada y ni nos hemos tocado bien! ¿Qué me pasa con este wey?

Te besa en la boca, lento al principio, saboreando tus labios como si fueran tamarindo dulce. Su lengua entra juguetona, explorando, y tú respondes con hambre, mordisqueando su labio inferior. Las manos de él recorren tu espalda, bajando hasta tus nalgas, apretándolas con fuerza posesiva pero tierna. Esto es lo que necesitaba, piensas, mientras el mundo se reduce al latido de vuestros corazones sincronizados. El patio huele a jazmín y a humo de barbacoa lejana; un pájaro canta en alguna rama, ajeno a la tormenta que se arma.

Te lleva al cuarto, una habitación amplia con cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes y ventiladores girando perezosos en el techo. La luz filtra por las cortinas, pintando sombras suaves en su piel bronceada. Se quita la playera, revelando el pecho ancho, velludo justo lo necesario, con tatuajes de águilas y vírgenes guerreras que cuentan historias de su vida en Guadalajara. Tú te desabrochas el vestido, dejándolo caer como una ofrenda. Quedas en brasier negro de encaje y tanga diminuta. Él te mira, ojos oscuros devorándote.

"Estás cañona, Ana. Más rica que el año pasado", murmura, acercándose. Sus dedos rozan tus hombros, bajando por los brazos, enviando chispas eléctricas a tu vientre. Te empuja suave contra la cama, y caes de espaldas, riendo nerviosa. Se arrodilla entre tus piernas abiertas, besando tu ombligo, lamiendo el sudor salado que perla ahí. El tacto de su barba incipiente raspa delicioso tu piel sensible. Inhalas profundo su aroma, ahora mezclado con el tuyo, almizclado y dulce como miel de maguey.

La tensión crece como una olla a presión. Tus manos enredan en su pelo negro, grueso, tirando suave para guiarlo más abajo. "Sí, carnal, ahí... no pares", gimes, voz ronca. Él obedece, quitándote la tanga con dientes, exponiendo tu sexo húmedo, palpitante. El aire fresco roza tus labios hinchados, y sientes la humedad resbalando por tus muslos. Su aliento caliente precede a su lengua: un lametón largo, desde la entrada hasta el clítoris, saboreándote como si fueras el mejor pozole del mundo. ¡Qué rico, Virgen santísima! El placer sube en oleadas, tus caderas se arquean solas, buscando más fricción.

Esto es mi pasión, mi Cristo personal, sufriendo y gozando conmigo. La Pasión de Cristo 2, donde el dolor se vuelve éxtasis puro.

Él chupa tu botón con maestría, círculos lentos que aceleran, dedos gruesos entrando en ti, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. Oyes tus propios jadeos, altos y desesperados, mezclados con los gruñidos guturales de él. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!", le exiges, y él ríe contra tu piel, vibrando delicioso. El sudor nos une, pegajoso y caliente; pruebas el salado en su cuello cuando lo jalas para besarlo. Tus uñas marcan su espalda, dejando surcos rojos como estigmas de pasión.

Pero no quieres acabar aún. Lo empujas, invirtiendo posiciones. Ahora él está abajo, verga dura como hierro saliendo de los shorts, gruesa, venosa, goteando precúm cristalino. La agarras, piel aterciopelada sobre acero, y la lames desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y ligeramente dulce. "¡Carajo, Ana, qué chingona eres!", gime él, caderas temblando. La chupas profundo, garganta relajada por práctica, mientras tus manos masajean sus bolas pesadas. El olor de su excitación te marea, embriagador como tequila añejo.

La intensidad sube. Te montas en él, frotando tu humedad contra su longitud, lubricándolo. Miras sus ojos, conexión profunda, consentimiento mudo en cada mirada. Esto es nuestro, puro y salvaje. Bajas despacio, empalándote centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento glorioso, el llenado completo. "¡Ay, wey, qué grande estás!", exclamas, acomodándote. Empiezas a moverte, lento al principio, rodando caderas como bailarina de salsa. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones, enviando descargas directas a tu núcleo.

El ritmo acelera. La cama cruje bajo nosotros, cabezazo rítmico contra la pared. Sudor vuela, pieles chocan con palmadas húmedas. "¡Cógetela fuerte, Cristo! ¡Hazme tuya!", gritas, y él obedece, embistiendo desde abajo con fuerza animal. Cada penetrada roza tu punto G, construyendo la espiral del orgasmo. Sientes sus bolas golpeando tu culo, el roce eléctrico. Oyes su respiración agitada, "Me vengo, mi amor... ¡juntos!". El clímax explota: paredes internas convulsionando alrededor de él, leche caliente llenándote en chorros potentes. Gritas su nombre, visión borrosa, cuerpo temblando en olas interminables.

Colapsas sobre su pecho, corazones galopando al unísono. Él te abraza, besando tu frente empapada. El aire huele a sexo crudo, semen y jugos mezclados, embriagador. Te quedas ahí, piernas entrelazadas, pieles pegadas. Esto es redención, piensas, trazando sus tatuajes con dedo perezoso.

La Pasión de Cristo 2 no termina aquí. Habrá más, siempre más, porque este fuego no se apaga.

El sol se pone, tiñendo la habitación de púrpura. Charlan bajito, riendo de tonterías, planeando viajes a la playa de Puerto Vallarta. Su mano acaricia tu cabello, y sientes paz profunda, empoderada en tu sensualidad. Mañana volverá la vida cotidiana, pero esta noche, en sus brazos, eres diosa resucitada.

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