Casa Diario de una Pasion
Entré a mi casa, esa vieja casona en la colonia Roma que heredé de mi abuelita, con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Olía a jazmín del jardín y a las tortillas recién hechas que dejé en la comal esa mañana. Me quité los tacones, sintiendo el fresco del piso de losa bajo mis pies cansados después de un pinche día en la oficina. Saqué mi libreta, la que llamo mi casa diario de una pasion, y empecé a escribir, como siempre, para desahogarme.
Hoy vi a Marco de nuevo. Ese wey del gimnasio que vive al lado. Salió a regar sus plantas con esa playera ajustada que marca sus bíceps y pectorales. Neta, su piel morena brillaba bajo el sol de la tarde, y yo aquí, espiándolo desde la ventana de la cocina, sintiendo un calorcito entre las piernas que no era del chile de mi pozole.
Marco era el tipo perfecto: alto, con esa barba recortada que me daban ganas de rascar con los dientes, y unos ojos cafés que te miraban como si ya supieran todos tus secretos. Lo había visto varias veces en el gym, sudando en la caminadora, con el short colgando bajo, insinuando lo que traía ahí abajo. Pero hoy, cuando crucé la calle para comprar unas chelas en la tiendita, nos topamos de frente. ¡Órale, vecina! ¿Qué onda?
me dijo con esa sonrisa pícara, su voz grave retumbando en mi pecho como un bajo de cumbia.
Le contesté con un guiño, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa. Pues aquí, sudando la gota gorda, carnal
, le dije, y nos pusimos a platicar de tonterías: el tráfico de Insurgentes, el pinche calor que no da tregua. Pero sus ojos bajaban a mis chichis, a mis caderas enfundadas en jeans ajustados, y yo sentía su mirada como caricias calientes. Terminamos invitándonos a unas cheves en mi casa. Ven a las ocho, te preparo unos tacos al pastor
, le propuse, y él aceptó con un Simón, jefa
que me dejó mojadita.
Acto uno de mi deseo: la preparación. Me metí a bañar, el agua caliente cayendo en cascada sobre mi piel, jabón de lavanda deslizándose por mis senos grandes, bajando por mi vientre plano hasta mi entrepierna depilada. Me toqué un poquito, imaginando sus manos grandes en lugar de las mías, pero me detuve. Quería guardarme para él. Salí envuelta en toalla, me puse un vestido suelto de algodón blanco, sin bra ni calzón, sintiendo el aire rozándome las nalgas y el chochito libre. La cocina olía a piña caramelizada y carne asada, el vapor subiendo como niebla erótica.
Cuando tocó la puerta, mi pulso se aceleró. Ahí estaba, con jeans desgastados y una camisa desabotonada que dejaba ver su pecho velludo. Traía una six de coronas. ¡Qué casa tan chida tienes, morra!
dijo, admirando los muebles de madera y las fotos familiares en las paredes. Nos sentamos en la sala, con la tele de fondo poniendo una rola de Maná, y empezamos a beber. La plática fluyó: él era carpintero, hacía muebles a mano, y yo le conté de mi curro en marketing. Pero el alcohol calentaba el ambiente, y pronto sus rodillas rozaban las mías.
¿Sabes qué? Eres bien guapa
, murmuró, su aliento a cerveza y menta rozándome la oreja. Me incliné, nuestros labios se juntaron en un beso suave al principio, como prueba. Sus labios carnosos sabían a sal y deseo, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Lo jalé hacia mí, sintiendo su verga endurecerse contra mi muslo. Ven
, le dije, y lo llevé a mi recámara, la luz tenue de la lámpara iluminando la cama king size con sábanas de satín.
Segundo acto: el fuego se enciende. Su olor a hombre, a sudor limpio y colonia barata, me invade. Quiero devorarlo entero.
Nos desnudamos despacio, él quitándome el vestido como si fuera un regalo, sus manos callosas rozando mi piel suave, erizándome el vello. Estás de infarto, wey
, jadeé al ver su cuerpo: abdomen marcado, verga gruesa y venosa parada como estandarte, la cabeza rosada brillando de anticipación. Lo empujé a la cama, me subí encima, mis tetas balanceándose frente a su cara. Él las chupó con avidez, mordisqueando los pezones duros, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. Gemí fuerte, ¡Así, cabrón, no pares!
, el sonido de mi voz ronca mezclándose con su chupeteo húmedo.
Bajé besando su pecho, lamiendo el sudor salado de su piel, llegando a su ombligo, luego a esa verga impresionante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, las venas latiendo bajo mis dedos. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, y me la metí a la boca profunda, escuchando sus gruñidos animales: ¡Chin... qué rico chupas, pinche diosa!
Lo mame con ganas, mi lengua girando alrededor del glande, mis manos masajeando sus huevos pesados. Él se retorcía, sus caderas empujando, pero lo detuve. Quería más.
Me puse a cuatro, ofreciéndole mi culo redondo, mi panocha chorreando jugos que olían a excitación pura. Cógeme ya, Marco, métemela toda
, le rogué, y él no se hizo de rogar. Se colocó atrás, su verga rozando mis labios vaginales hinchados, untándose de mi humedad. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. ¡Estás bien apretadita, morra!
rugió, y empezó a bombear, sus pelotas golpeando mi clítoris con cada estocada. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con mis alaridos y sus jadeos.
Cambié de posición, montándolo como amazona, mis caderas girando en círculos, sintiendo su verga golpear mi punto G. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, mis jugos resbalando por sus muslos. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano, lo que me hizo explotar: ¡Me vengo, cabrón, no pares!
Mi orgasmo me sacudió como terremoto, paredes vaginales contrayéndose alrededor de su pija, chorros de placer mojándolo todo.
Él se volteó encima, misionero feroz, besándome mientras me taladraba. Te voy a llenar, preciosa
, avisó, y sentí su verga hincharse, explotando chorros calientes dentro de mí, su semen cremoso mezclándose con mis fluidos. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas, el corazón martillando al unísono.
Tercer acto: la calma después de la tormenta. Mi casa diario de una pasion termina esta noche con él dormido a mi lado, su brazo sobre mi cintura. Mañana quién sabe, pero por ahora, soy feliz.
Nos quedamos así, enredados, el ventilador zumbando sobre nosotros, secando el sudor. Hablamos bajito, de sueños, de la vida en esta ciudad loca. Me contó de su ex, yo de mis desamores, pero nada importaba ya. Su mano bajó de nuevo, acariciando mi monte de Venus, y sentí chispas otra vez. ¿Otra ronda, guapa?
preguntó con picardía. Reí, jalándolo sobre mí. Esta vez fue lento, sensual, sus labios en mi cuello, oliendo mi perfume mezclado con nuestro aroma post-sexo.
Entró suave, moviéndose en ondas, mis piernas envolviéndolo. Gemidos suaves, besos profundos, hasta que ambos nos corrimos de nuevo, un clímax compartido que nos dejó temblando. Después, fumamos un cigarro en la terraza, mirando las luces de la ciudad, su cabeza en mi hombro. Vuelve cuando quieras, wey
, le dije, y él sonrió: Cuenta con eso
.
Ahora, sola en mi cama, huelo las sábanas impregnadas de nosotros, toco mi piel sensible, y sonrío. Esta casa ya no es solo un techo; es testigo de mi pasión desatada. Mi diario guarda el secreto, pero mi cuerpo lo grita. Mañana, quizás lo invite a desayunar... desnudos.