La Cancion de la Novela Pasion y Poder
La pantalla del tele parpadeaba con las luces dramáticas de Pasión y Poder, esa novela que nos tenía enganchados a Luis y a mí todas las noches. El depa en la Roma Norte olía a incienso de vainilla y a su colonia fresca, esa que me volvía loca cada vez que se acercaba. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi pelo suelto cayendo sobre los hombros y un shortcito que dejaba ver mis piernas bronceadas del sol de Coyoacán. Él, mi cuate de la uni, ahora roommate y algo más que eso, se recargaba en el sofá con una chela en la mano, su camisa blanca medio abierta mostrando ese pecho firme que tanto me gustaba mirar a escondidas.
La canción de la novela Pasión y Poder empezó a sonar, esa melodía ronca y sensual que te erizaba la piel como caricia prohibida. "Por siempre tú, en mi alma..." Las voces graves llenaban la sala, y sentí un calor subiendo por mi vientre. Miré a Luis de reojo; sus ojos cafés brillaban fijos en la pantalla, pero su pierna rozaba la mía, un toque casual que no lo era.
¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón cada vez que pasa esto? Neta, Ana, contrólate, no seas pendeja, pensé, mordiéndome el labio.
En la novela, el galán besaba a la protagonista con furia contenida, y el ambiente se cargaba de tensión. Luis soltó un suspiro. "Órale, qué pasión la de estos weyes. Como si la vida real fuera así de intensa", dijo con esa voz grave que me hacía cosquillas en el ombligo.
"¿Y por qué no lo es?" respondí juguetona, girándome hacia él. Mi rodilla presionó contra su muslo, y el roce de su vello me envió chispas. El tequila en mi sangre me soltaba la lengua. La canción seguía sonando, envolviéndonos como niebla caliente.
Él sonrió, esa sonrisa chueca que me derretía. "Porque en la vida real, uno se come el tema antes de lanzarse". Su mano cayó sobre mi pierna, dedos fuertes trazando círculos lentos. El tacto era eléctrico, piel contra piel, cálida y áspera. Olía a él, a hombre sudado del gym de la tarde, mezclado con el aroma dulce de mi loción de coco.
La novela entró en comercial, pero nosotros no. La tensión crecía como tormenta en el Popo. "¿Bailamos la canción de la novela Pasión y Poder?" propuse, poniéndola en repeat desde el celular. Me paré, extendiendo la mano. Él la tomó, y al levantarse, su cuerpo rozó el mío. Alto, musculoso, con esa erección incipiente que noté contra mi cadera. Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en los oídos como tambores huicholes.
Acto uno del deseo: el inicio del fuego.
Sus manos en mi cintura, guiándome al ritmo lento y ardiente de la canción. El suelo de madera crujía bajo nuestros pies descalzos. "Te ves chingona esta noche, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y menta. Me apretó más, mi espalda contra su pecho, sintiendo su verga endureciéndose contra mis nalgas. Gemí bajito, el sonido perdido en la melodía. Mis pezones se pusieron duros bajo la blusa ligera, rozando la tela como súplica.
Volteé, nuestras caras a centímetros. Sus labios carnosos llamándome.
Chíngate el miedo, neta que lo quieres desde hace meses. Lo besé, suave al principio, saboreando el salado de su boca, la lengua explorando con hambre. Él respondió con fuerza, manos subiendo por mi espalda, desabrochando mi brasier con maestría. Caímos al sofá, yo encima, montándolo como amazona.
La canción terminaba y renacía, loop eterno de pasión. Le quité la camisa, lamiendo su cuello salado, bajando a esos pectorales que olían a sudor varonil. Él jadeaba, "Mamacita, qué rico te mueves", manos en mi culo apretando carne suave. Mi concha palpitaba, húmeda ya, empapando el short. Lo froté contra su bulto, sintiendo la dureza a través del pantalón.
"Quítate eso, wey", ordené juguetona. Él obedeció, bajándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada caliente, latiendo como mi clítoris hinchado. Él gimió, profundo, vibrando en mi pecho.
La tensión escalaba, pero no soltábamos. Besos en el cuello, mordidas suaves dejando marcas rojas. Acto dos: la escalada al éxtasis. Lo empujé al piso, alfombra persa suave bajo rodillas. Me arrodillé, oliendo su masculinidad pura, ese musk que embriaga. Lamí la punta, salada y almizclada, luego lo engullí despacio, lengua girando. "¡Carajo, Ana! ¡Qué chingón!" rugió, manos en mi pelo guiando sin forzar.
Me levantó, quitándome el short. "Eres preciosa, mira cómo brillas", dijo al ver mi panocha depilada, labios hinchados relucientes. Me acostó en el sofá, cabeza entre mis muslos. Su lengua atacó, lamiendo lento del ano a clítoris, saboreando mis jugos dulces. Gemí alto, "¡Sí, Luis, así! ¡No pares, pendejo!" Caderas arqueadas, uñas en su espalda. El sonido chupante, húmedo, se mezclaba con la canción que ahora era banda sonora de nuestro porno privado.
El calor subía, sudor perlando frentes. Olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas en celo. Sus dedos entraron, dos gruesos curvándose en mi G, bombeando ritmo experto.
Esto es poder, pura pasión desatada, como en la novela pero mejor, real, nuestro. Orgasmo construyéndose, olas en el vientre.
"Te quiero adentro, ya" suplicó él, ojos negros de lujuria. Lo monté, guiando su verga a mi entrada. Lentos, milímetros ardientes estirándome. "¡Qué prieta estás, Ana!" jadeó al fondo. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, él mamándolas, dientes en pezones enviando descargas. El slap de piel contra piel, sudor goteando, la canción gritando clímax.
Cambié a perrito, él embistiendo fuerte, manos en caderas. "¡Cógeme duro, cabrón!" grité, empujando contra. Su verga golpeaba profundo, roce perfecto en paredes sensibles. Olor a sudor, a coño mojado, a hombre al límite. Gemidos sincronizados, la sala un horno de deseo.
El pico llegó como avalancha. "¡Me vengo, Ana!" rugió, llenándome caliente, chorros potentes. Yo exploté segundos después, concha contrayéndose ordeñándolo, placer cegador, piernas temblando. Gritos ahogados en besos, cuerpos colapsando en charco sudoroso.
Acto tres: el resplandor eterno.
Quedamos tendidos, la canción de la novela Pasión y Poder fading out suave. Su cabeza en mi pecho, latidos calmándose juntos. Olía a nosotros, mezcla perfecta de amor y vicio. "Neta, eso fue épico. Como si la canción nos hubiera poseído", murmuró, besando mi piel salada.
Esto no es solo un polvo, es poder compartido, pasión que no se apaga. Lo abracé, piernas entrelazadas. "Por siempre tú, como dice la rola", respondí riendo bajito. La noche nos envolvía, promesa de más episodios, nuestra propia novela sin fin.
El tele seguía encendido, pero ya no importaba. Habíamos escrito nuestro capítulo, con besos perezosos y caricias ociosas. Mañana, otra noche, otra canción. Pero esta, grabada en piel y alma, resonaba para siempre.