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Pasión de Trocas

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Pasión de Trocas

La noche en la casa de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa. Ana sentía el ritmo de la música reggaetón retumbar en su pecho, mientras el aroma a tequila reposado y jazmines del jardín se mezclaba en el aire. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, y cada vez que se movía, notaba las miradas de los invitados clavándose en ella. Marco, su esposo, le rodeaba la cintura con un brazo posesivo, su aliento cálido rozándole el cuello.

¿Por qué carajos me siento tan viva esta noche? pensó Ana, mientras sorbía su margarita. Habían venido a esta fiesta de amigos en común, pero algo en el ambiente la ponía nerviosa, excitada. Como si el aire estuviera lleno de posibilidades prohibidas.

Entonces los vio: Luis y Sofía. Él, alto, con esa barba recortada y ojos que prometían travesuras; ella, una morra despampanante con labios carnosos y un escote que dejaba poco a la imaginación. Bailaban pegados, sus cuerpos moviéndose en sincronía perfecta. Marco los señaló con la cabeza.

Mira wey, esa pareja está cañona —murmuró él al oído de Ana, su voz ronca por el alcohol.

Ana sonrió, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Se acercaron, charlaron de tonterías: el pinche tráfico de la Reforma, el último partido del América. Pero pronto, las miradas se volvieron intensas. Luis la devoraba con los ojos, y Sofía no dejaba de rozar el brazo de Marco con sus uñas pintadas de rojo.

¿Ya han probado la pasión de trocas? —preguntó Sofía de repente, con una sonrisa pícara, mientras se inclinaba hacia Ana. Su perfume dulce invadió las fosas nasales de Ana, un olor a vainilla y deseo.

Ana parpadeó, el corazón latiéndole fuerte. Sabía de qué hablaba: ese juego de parejas, de intercambiar placeres, de romper las reglas sin romper el amor. Siempre lo había fantaseado en secreto, en esas noches solitarias cuando Marco dormía, tocándose bajo las sábanas imaginando manos ajenas.

Neta? ¿Aquí? —rió Ana, pero su voz salió temblorosa, traicionándola.

Marco apretó su mano, sus dedos entrelazados calientes y firmes. —Si tú quieres, mi reina. Todo consensual, ¿eh?

La tensión creció como una ola. Bailaron en grupo, cuerpos rozándose accidentalmente al principio, luego no tanto. La mano de Luis se posó en la cadera de Ana, subiendo despacio por su espalda. Sintió su calor a través del vestido, el roce áspero de su palma. Marco observaba, sus ojos oscuros brillando de excitación, mientras Sofía le susurraba algo al oído que lo hizo reír bajito.

Esto es una locura, pero qué chido se siente. Mi piel arde donde él me toca. ¿Y si Marco disfruta viéndome así?

Subieron al segundo piso, a una habitación de huéspedes con luces tenues y una cama king size que olía a sábanas frescas. La puerta se cerró con un clic suave, aislando el ruido de la fiesta abajo. El aire se espesó con el olor a arousal, ese almizcle sutil que emana de cuerpos ansiosos.

Sofía tomó la iniciativa, besando a Marco con hambre, sus lenguas danzando visibles para todos. Ana sintió un jalón en el estómago, celos mezclados con deseo puro. Luis se acercó a ella, su aliento con sabor a ron rozándole los labios.

¿Lista para la pasión de trocas, preciosa? —susurró, antes de capturar su boca.

El beso fue eléctrico: labios suaves pero firmes, lengua explorando con maestría, saboreando el salado de su piel. Ana gimió bajito, sus manos subiendo por el pecho de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Se quitaron la ropa con urgencia, pero sin prisa, saboreando cada botón desabrochado, cada prenda cayendo al suelo con un susurro de tela.

Desnudos, se tumbaron en la cama. Ana montó a Luis, su piel contra la de él ardiente como brasas. Sintió su verga dura presionando contra su entrada húmeda, resbaladiza por la excitación. Marco y Sofía a un lado, él lamiendo sus pechos con devoción, ella arqueándose con gemidos que llenaban la habitación.

¡Ay, cabrón, qué rico! —jadeó Sofía, mientras Marco la penetraba despacio, sus caderas moviéndose en un ritmo hipnótico.

Ana bajó sobre Luis, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la hizo gritar. Su grosor la llenaba perfecta, rozando puntos que Marco nunca había tocado así. Cabalgó con furia creciente, sus pechos rebotando, sudor perlando su frente. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, gemidos entremezclados, creaban una sinfonía erótica. Olía a sexo puro: salado, dulce, animal.

Luis la agarró de las nalgas, amasándolas fuerte, sus dedos hundiéndose en la carne suave. —Eres una diosa, Ana. Muévete así, neta me vas a volver loco.

Ella miró a Marco, que la observaba con ojos en llamas, follando a Sofía con thrusts profundos. Ese contacto visual fue el detonante: Él me ama, y esto nos une más. Somos libres en esto.

Cambiaron posiciones. Ana de rodillas, Luis embistiéndola por detrás, su vientre chocando contra sus glúteos con palmadas resonantes. Extendió la mano y tocó a Sofía, que besaba su boca mientras Marco la tomaba. Dedos entrelazados, lenguas compartidas. La intensidad escaló: pulsos acelerados, respiraciones entrecortadas, el colchón crujiendo bajo el peso compartido.

¡Más fuerte, pendejo! —suplicó Ana, perdida en el placer, su clítoris hinchado rozando la sábana con cada embestida.

Luis obedeció, su mano bajando a frotarla en círculos rápidos. El orgasmo la golpeó como un rayo: olas de éxtasis desde el centro de su ser, piernas temblando, un grito gutural escapando de su garganta. Vino duro, contrayéndose alrededor de él, leche caliente salpicando su interior cuando él explotó segundos después, gruñendo su nombre.

Al lado, Marco y Sofía alcanzaron el pico juntos, ella arañándole la espalda, él derramándose con un rugido animal.

Se derrumbaron en un enredo de miembros sudorosos, el cuarto oliendo a clímax compartido: semen, jugos, sudor. Respiraciones calmándose, risas suaves rompiendo el silencio.

Qué chingonería de pasión de trocas —dijo Luis, besando la frente de Ana.

Sofía se acurrucó contra Marco. —Vuelvan cuando quieran, carnales.

Abajo, la fiesta seguía, pero ellos se despidieron pronto. En el coche de regreso a casa, Marco tomó la mano de Ana, besándola con ternura renovada.

Te amo, mi vida. Esto fue... inolvidable.

Ana sonrió, el cuerpo aún zumbando de placer residual, la piel sensible al roce de la noche fresca.

La pasión de trocas no rompió nada; lo avivó todo. Ahora sé que nuestro fuego quema más fuerte que nunca.

En la cama esa noche, se amaron de nuevo, solos pero transformados. Sus cuerpos se conocían mejor, sus almas más unidas. El sueño llegó dulce, con el eco de gemidos en sus oídos y el sabor de aventura en la lengua.

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