Mutilaste Mis Pasiones
La noche en la Condesa estaba viva, con ese bullicio chido de la Ciudad de México que te hace sentir el pulso de la metrópoli en las venas. El aire olía a tacos de la esquina y a jazmines de los balcones, mezclado con el humo de los cigarros electrónicos que flotaba como niebla sensual. Yo, sentada en la barra del bar con mis cuates, tomaba un mezcal reposado que quemaba dulce en la garganta, cuando tú entraste. Alto, con esa camisa negra ajustada que marcaba tus hombros anchos y un jean que abrazaba tus caderas como una promesa. Tus ojos cafés, profundos como el tequila añejo, se clavaron en mí desde la puerta. Órale, pensé, este wey no es cualquier pendejo.
Te acercaste con paso seguro, el suelo de madera crujiendo bajo tus botas, y pediste un ron con cola al barman. ¿Me invitas a un trago o qué?
dijiste con esa voz ronca que vibraba en mi pecho. Reí, sintiendo un cosquilleo en la piel de los brazos, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Neta, ¿así de directo? Ven, siéntate, carnal.
Respondí, y ahí empezó todo. Hablamos de la vida bohemia de la Roma, de conciertos en el Vive Latino, de cómo el skyline de Reforma se ve de noche desde un rooftop. Tus manos grandes gesticulaban, rozando accidentalmente mi rodilla, y cada toque era fuego lento, un preludio que me hacía apretar las piernas bajo la mesa.
¿Por qué este desconocido me prende tanto? Mi vida es ordenada, trabajo en una agencia de diseño, salidas controladas. Pero tú... tú hueles a aventura, a sudor fresco y colonia cara.
La tensión crecía con cada shot. Tus dedos trazaban círculos invisibles en mi muslo, y yo no te paré. Al contrario, me incliné, oliendo tu aliento mentolado mezclado con ron. Vámonos de aquí
murmuraste al oído, tu aliento caliente erizando mi nuca. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Salimos al fresco de la medianoche, taxis pitando, parejas besándose en las esquinas. Tomamos un Uber a mi depa en Polanco, las luces de los edificios pasando como estrellas fugaces por la ventana.
En el elevador, ya no aguantamos. Tus labios se estrellaron contra los míos, urgentes, saboreando a mezcal y deseo. Tu lengua invadió mi boca, danzando con la mía en un ritmo salvaje, mientras tus manos subían por mi espalda, desabrochando mi blusa con destreza. Gemí bajito, el sonido del ding del elevador anunciando mi piso como un clímax prematuro. Entramos tambaleándonos, la puerta cerrándose con un clic que selló nuestro destino. Mi depa olía a velas de vainilla y café de la mañana, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas.
Me quitaste la blusa despacio, tus ojos devorando mi piel morena, mis senos libres bajo el bra negro de encaje. Eres una chulada, neta
dijiste, voz grave, y bajaste la cabeza para lamer mi cuello, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda. Tus manos ásperas, de quien trabaja con ellas, masajearon mis tetas, pellizcando pezones que se endurecieron como piedras preciosas. El roce era eléctrico, piel contra piel sudada, tu pecho duro presionando el mío. Te quité la camisa, oliendo tu aroma masculino, ese mix de sudor limpio y feromonas que me mareaba.
¡Ay, wey, me estás desarmando! Siempre fui la que controlaba, la que decidía cuándo y cómo. Pero contigo, siento que mis pasiones reprimidas quieren explotar.
Te empujé al sofá de piel suave, el cual crujió bajo tu peso. Me arrodillé entre tus piernas, desabrochando tu cinturón con dedos temblorosos de anticipación. Tu verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. La tomé en la mano, sintiendo su calor vivo, el pulso acelerado bajo la piel sedosa. Lamí la punta, salado y almizclado, tu pre-semen dulce en mi lengua. Gemiste fuerte, ¡Órale, mámamela toda!
y obedecí, tragándomela hasta la garganta, chupando con hambre mientras mis manos masajeaban tus bolas pesadas. Tus caderas se movían, follando mi boca con ritmo creciente, saliva goteando por mi barbilla.
Pero no te dejé acabar ahí. Me levanté, quitándome el short y la tanga, exponiendo mi panocha húmeda, hinchada de ganas. Te jalé al piso, alfombra persa suave bajo nuestras rodillas. Te recosté y me subí encima, frotando mi clítoris contra tu verga dura, lubricándola con mis jugos calientes. Cógeme ya, pendejo
supliqué, y tú obedeciste, embistiéndome de un golpe profundo. ¡Dios! La llenura era brutal, estirándome deliciosamente, paredes internas apretándote como guante. Reboté sobre ti, senos saltando, uñas clavándose en tu pecho mientras jadeábamos al unísono.
El sudor nos unía, resbaloso y salado, goteando entre mis pechos hasta mezclarse en tu ombligo. Cambiamos posiciones; me pusiste a cuatro patas frente al ventanal, la ciudad testigo muda de nuestro frenesí. Tus manos agarraron mis caderas, nalgueando suave, el slap resonando como aplausos. Entraste de nuevo, más fuerte, tu pelvis chocando contra mi culo con sonidos húmedos, chapoteantes. Olía a sexo puro, a nuestra excitación almizclada, a piel caliente. ¡Más duro, carajo!
grité, y tú aceleraste, cada embestida rozando mi punto G, ondas de placer subiendo por mi espina.
Tú mutilaste mis pasiones esa noche, las despedazaste con cada roce, cada gemido. Lo que era control se volvió caos ardiente, y lo amaba.
La tensión subía como volcán, mis muslos temblando, vientre contrayéndose. Tus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos, mientras tu verga me taladraba sin piedad. El orgasmo me golpeó como tsunami: grité tu nombre inventado en el calor, ¡Aaaah, sí, wey!
paredes vaginales convulsionando alrededor de ti, ordeñándote. Tú rugiste, hinchándote dentro, chorros calientes inundándome, semen espeso mezclándose con mis jugos, goteando por mis piernas.
Colapsamos en el piso, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Tu brazo alrededor de mi cintura, dedos trazando perezosos círculos en mi vientre. El aire ahora olía a nosotros, a sexo satisfecho y paz post-orgásmica. Miré tu rostro relajado, barba incipiente rozando mi hombro, y sonreí.
¿Qué pedo? Me dejaste hecha mierda, pero chida
murmuré, besando tu pecho salado. Reíste bajito, esa risa ronca que aún me erizaba. Tú me pediste que te cogiera así, reina.
Nos levantamos despacio, piernas flojas, y fuimos a la regadera. Agua caliente cayendo sobre nosotros, jabón de lavanda espumando entre dedos curiosos. Te enjaboné la espalda, masajeando músculos tensos, y tú lavaste mi pelo, besos suaves en la sien.
En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas, nos acurrucamos desnudos. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo existíamos nosotros. Tú mutilaste mis pasiones, pensé mientras tu mano descansaba en mi cadera, pero en el buen sentido: las liberaste, las hiciste renacer más fuertes, más vivas. Mañana quién sabe, pero esa noche fuiste mi todo. Cerré los ojos, inhalando tu aroma, sabiendo que el deseo no se había apagado, solo esperaba la siguiente ronda.