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Chevrolet Pasión Automotriz Seminuevos

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Chevrolet Pasión Automotriz Seminuevos

Entré al lote de Chevrolet Pasión Automotriz Seminuevos con el sol pegando como plomo en el asfalto de la avenida. El olor a llantas nuevas y aceite fresco me invadió las fosas nasales, mezclado con ese aroma metálico de los autos relucientes bajo el mediodía mexicano. Yo, un tipo común de treinta y tantos, andaba buscando un seminuevo chido para impresionar a las morras del barrio, pero neta, lo que encontré fue algo que me dejó con el corazón acelerado como motor de V8.

Ahí estaba ella, Daniela, la vendedora. Alta, con curvas que parecían esculpidas por el mismísimo diablo del deseo. Su blusa blanca ajustada dejaba ver el encaje negro de su sostén, y la falda lápiz negra subía justo lo suficiente para imaginar qué había debajo. Me sonrió con dientes perfectos, ojos cafés que brillaban como faros en la noche. "¡Hola guapo! ¿En qué te puedo ayudar en Chevrolet Pasión Automotriz Seminuevos?", dijo con voz ronca, como si ya supiera que yo no venía solo por un carro.

Le expliqué que quería un Chevrolet seminuevo, algo potente, con bajo kilometraje. Ella me guiñó un ojo y me llevó al fondo del lote, donde los modelos brillaban como joyas. "Mira este Trailblazer", murmuró, abriendo la puerta del piloto. Su perfume, una mezcla de vainilla y jazmín, me golpeó de lleno mientras me inclinaba a revisar el interior. Piel de los asientos suave como caricia, tablero digital iluminado tenuemente. Mi mente ya divagaba:

¿Y si la invito a un test drive? ¿Y si esto termina con sus nalgas contra el volante?

Daniela se acercó demasiado, su cadera rozando mi brazo. Sentí el calor de su piel a través de la tela. "Súbete wey, vamos a probarlo", propuso con picardía. No lo pensé dos veces. Arrancé el motor, ese rugido grave que vibra en el pecho, y salimos a la carretera. El viento entraba por las ventanillas entreabiertas, revolviendo su cabello negro largo. Hablábamos de todo: de la vida en la ciudad, de cómo los seminuevos de Chevrolet Pasión Automotriz Seminuevos eran la neta, de pasiones ocultas. Sus risas eran como música, y cada vez que cambiaba de carril, su mano rozaba mi muslo "accidentalmente".

El deseo crecía como presión en un turbo. Mi verga ya se endurecía bajo los jeans, latiendo al ritmo del motor. Ella lo notó, porque su mirada bajaba disimulada. "Para aquí", dijo de pronto, señalando un camino de terracería apartado, rodeado de nopales y magueyes. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rojo, como fuego en las venas. Apagué el motor, pero el silencio solo amplificaba nuestras respiraciones agitadas.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente
, pensé mientras ella se giraba en el asiento del copiloto, su falda subiendo por los muslos morenos y suaves. "¿Sabes qué me gusta de estos Chevrolet seminuevos?", susurró, su aliento cálido en mi cuello. "El espacio... y la privacidad". Sus labios rozaron mi oreja, enviando chispas por mi espina. La besé entonces, con hambre de semanas sin sexo. Sus labios carnosos, sabor a chicle de fresa y algo salado, se abrieron para mí. Lenguas danzando, húmedas y urgentes.

Mis manos exploraron su cuerpo. Bajé la blusa, liberando sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos como balines. Los lamí, succioné, oyendo sus gemidos bajos que rebotaban en el habitáculo. "¡Ay cabrón, qué rico!", jadeó ella, arqueando la espalda. El olor a su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mezclado con el cuero caliente de los asientos. Desabroché su falda, mis dedos encontraron su tanga empapada. La froté despacio, sintiendo su clítoris hinchado pulsar bajo mi yema.

Daniela no se quedó atrás. Me bajó el zipper con dientes, liberando mi polla tiesa, venosa, goteando precúm. "¡Mira qué verga tan chula!", exclamó, envolviéndola con su mano suave pero firme. La masturbó lento, torturándome, mientras yo metía dos dedos en su coño resbaladizo, caliente como horno. Ella cabalgaba mi mano, tetas rebotando, sudor perlando su piel dorada. El sonido de carne húmeda, chapoteos obscenos, se mezclaba con nuestro ronroneo animal.

La recliné el asiento con un clic, y ella se montó a horcajadas. Su coño se abrió para mí, labios hinchados invitándome. La penetré de un solo empujón, sintiendo sus paredes apretarme como guante de terciopelo mojado. "¡Sí wey, así!", gritó, clavándome las uñas en los hombros. Cabalgó con furia, el carro meciéndose en sus muelles. Yo la empuñaba por las nalgas redondas, carne temblorosa, oliendo a sexo puro. Cada embestida era un trueno: slap-slap contra mi pelvis, su clítoris rozando mi pubis.

El clímax se acercaba como tormenta. Sudor goteaba de mi frente al valle de sus tetas, salado en mi lengua cuando la besé. Ella aceleró, sus ojos en blanco de placer, "¡Me vengo, pendejo, no pares!". Su coño se contrajo en espasmos, ordeñándome, jugos calientes chorreando por mis bolas. No aguanté más: grité su nombre, eyaculando chorros espesos dentro de ella, llenándola hasta rebosar. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en oídos, cuerpos temblando unidos.

Nos quedamos así, jadeantes, el motor frío ahora testigo mudo. Ella se acurrucó en mi pecho, su cabello tickleando mi piel sensible. "Eres el mejor cliente que ha pasado por Chevrolet Pasión Automotriz Seminuevos", bromeó, besándome el cuello. Yo reí, acariciando su espalda perlada de sudor. El atardecer entraba por el parabrisas, tiñendo todo de púrpura suave.

Regresamos al lote con el Chevrolet oliendo a nosotros, a pasión desatada. Compré el carro esa misma noche, pero neta, lo que más valió la pena fue Daniela. Ahora cada vez que acelero, siento su calor fantasma en el asiento, su risa en el viento. Chevrolet Pasión Automotriz Seminuevos no solo vende carros; enciende fuegos que no se apagan fácil.

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