Gael Abismo de Pasion
La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo contra la arena como un susurro eterno. Yo, Sofia, había llegado sola a esa fiesta en la playa, huyendo de la rutina asfixiante de la Ciudad de México. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por la humedad, y el tequila en mi mano ardía como una promesa. Neta, necesitaba esto, pensé, mientras el ritmo de la cumbia retumbaba en mis huesos.
Entonces lo vi. Gael. Alto, con la piel bronceada por el sol caribeño, ojos negros que brillaban como el abismo del mar de noche. Su sonrisa era pícara, de esas que te hacen sentir que ya te desnudó con la mirada. Vestía una camisa guayabera abierta, dejando ver el vello oscuro en su pecho, y jeans ajustados que marcaban cada músculo. Órale, qué chulo, me dije, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Él charlaba con unos cuates junto a la fogata, riendo con esa voz grave que cortaba el aire.
Nuestras miradas se cruzaron. Él levantó su cerveza en un brindis silencioso, y yo, sin pensarlo, caminé hacia allá. El viento jugaba con mi cabello, y el olor de su colonia, mezcla de sándalo y mar, me envolvió antes de que dijera hola.
¿Qué carajos estoy haciendo? Hace meses que no me siento así de viva, pensé, mientras me acercaba.
—Qué onda, morra —dijo él, con esa sonrisa que derretía—. Soy Gael. ¿Vienes mucho por acá?
—Sofía —respondí, mi voz un poco ronca por el deseo repentino—. Primera vez. Pero ya me late este lugar.
Hablamos de todo y nada: del pulque que sabe a gloria, de las leyendas mayas que contaban los abuelos, de cómo el mar siempre llama. Sus manos grandes gesticulaban, rozando accidentalmente mi brazo, y cada toque era como electricidad. El calor de su cuerpo cerca del mío, el sabor salado del sudor en mis labios cuando lamí el borde de mi vaso. La tensión crecía, un hilo invisible tirando de mí hacia él.
La música cambió a un son más lento, sensual. —¿Bailamos? —preguntó Gael, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo, quizás en alguna construcción playera. No pude decir que no.
Acto dos: el baile fue el detonante. Sus caderas contra las mías, moviéndose al ritmo como si fuéramos uno. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, dura y prometedora. Chin güey, qué grande se siente, pensé, mordiéndome el labio. El olor de su excitación se mezclaba con el humo de la fogata, y mis pezones se erguían bajo el vestido, rozando su pecho. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando, guiándome.
—Me traes loco, Sofía —murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta—. Eres fuego puro.
Yo respondí besándolo. Nuestros labios se encontraron con hambre, lenguas danzando, saboreando el uno al otro. Salada su boca, dulce mi saliva mezclada con la suya. Nos apartamos de la fiesta, caminando por la arena fría bajo las estrellas. La luna iluminaba su rostro, haciendo que sus ojos parecieran pozos infinitos.
Llegamos a su cabaña de playa, un lugar chido con hamaca y velas. Cerró la puerta, y el mundo se redujo a nosotros. Me quitó el vestido despacio, sus dedos temblando de anticipación. Besó mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula. Su lengua es pura delicia, gemí internamente, arqueándome.
—Estás preciosa, mamacita —dijo, admirando mis tetas firmes, los pezones oscuros endurecidos. Sus manos las amasaron, pellizcando suave, enviando chispas a mi concha que ya chorreaba.
Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, besando su pecho, mordiendo esos pezones duros. Bajé a su abdomen, desabrochando sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con el glande brillando de precum. Olía a hombre puro, almizclado y excitante. La tomé en mi mano, masturbándola lento, sintiendo su pulso acelerado.
Gael, abismo de pasión... caigo en ti sin remedio.
Él me levantó en brazos, depositándome en la cama de sábanas frescas. Sus labios bajaron por mi cuerpo: besos en el ombligo, lamidas en los muslos internos. Cuando llegó a mi panocha, jadeé. Su lengua expertamente lamió mis labios mayores, chupando el clítoris hinchado. ¡Qué rico, cabrón! grité, mis caderas moviéndose solas. Introdujo dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos y su respiración agitada.
La intensidad subía. Lo volteé, montándome encima. Froté mi concha contra su verga, lubricándola. Luego, despacio, me hundí en él. ¡Ay, Dios! Tan llena, tan perfecta. Su grosor me estiraba deliciosamente, llegando profundo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Sus manos en mis nalgas, azotando suave, guiándome más rápido.
—Cógetela, Gael, dame todo —supliqué, mis tetas rebotando. El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo lo montaba. El olor de sexo llenaba la habitación, nuestro jadeo sincronizado con el vaivén de las olas afuera.
Cambié de posición: él encima, misionero intenso. Sus embestidas profundas, el sonido de carne contra carne, slap slap slap. Me miró a los ojos, conexión total. —Te amo esta noche, Sofía —gruñó, acelerando. Mi orgasmo llegó primero, explosivo, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. Él siguió, hasta derramarse dentro, caliente, abundante, marcándome.
Acto tres: el afterglow fue puro paraíso. Nos quedamos abrazados, su verga aún semidura dentro de mí, pulsando suave. El aire olía a semen y jazmín, nuestros cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Besos lentos, caricias perezosas en la espalda.
—Eres increíble —susurró Gael, trazando círculos en mi vientre—. Como si hubiéramos nacido para esto.
Yo sonreí, sintiendo una paz profunda. Gael, mi abismo de pasión, me has llevado al borde y me has devuelto entera. Afuera, el mar cantaba su canción eterna, y en mi corazón, algo nuevo nacía. No sabía si sería para siempre, pero esa noche fuimos eternos. Mañana vendría lo que fuera, pero ahora, en sus brazos, todo era perfecto.