La Pasión de Cristo Ganó Oscars en Mi Piel
Era una noche de viernes en mi depa de la Condesa, con el aire cargado del olor a lluvia fresca que acababa de caer sobre el DF. Yo, Ana, acababa de llegar del gym, sudada y con el cuerpo pidiendo a gritos un masaje, cuando Marco tocó la puerta con esa sonrisa pícara que siempre me hace derretir. Neta, este wey me tiene loca, pensé mientras lo dejaba pasar, oliendo su colonia mezclada con el humo de cigarro que tanto me excita.
"Órale, mami, ¿qué onda? Traje chelas y una peli chida para ver", dijo él, sacando una pizza de Domino's y un disco de DVD. Se dejó caer en el sofá de piel sintética, que crujió bajo su peso, y yo me acerqué, sintiendo ya el calor de su mirada recorriéndome las curvas de mi short deportivo.
"¿Qué peli es, pendejo? No me digas que otra de acción", le reclamé juguetona, sentándome a horcajadas sobre sus piernas. Sus manos grandes se posaron en mis caderas, apretando justo donde duele rico.
"Nah, esta es heavy. La Pasión de Cristo. ¿Sabías que La Pasión de Cristo ganó Oscars? Tres premios gordos, wey. Va a ser intensa, perfecto para Semana Santa que se acerca". Su voz ronca me erizó la piel, y mientras ponía el DVD en el player, yo abrí las chelas, el sonido del gas escapando como un suspiro.
La pantalla se iluminó con esa música épica, trompetas y tambores que retumbaban en mi pecho. Empezamos a ver, yo recargada en su torso duro, sintiendo su corazón latiendo fuerte contra mi espalda. El olor a pepperoni de la pizza se mezclaba con su sudor fresco, y cada tanto, sus dedos rozaban mi muslo interno, subiendo despacito, como si no pasara nada.
La película avanzaba, las escenas de sufrimiento crudo, el látigo chasqueando contra la carne ensangrentada.
¿Por qué carajos esto me prende tanto?me pregunté en mi cabeza, mientras un calor traicionero se acumulaba entre mis piernas. Marco respiraba pesado, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a cerveza y deseo puro.
"Mira cómo lo flagelan, Ana. Esa pasión... neta que La Pasión de Cristo ganó Oscars por algo", murmuró él, y su mano se coló bajo mi blusa, rozando mi ombligo. Yo gemí bajito, arqueando la espalda, el roce de sus callos contra mi piel suave enviando chispas directas a mi clítoris.
Apagué la tele con el control remoto, el silencio repentino roto solo por nuestras respiraciones agitadas. "Ya cállate de la peli, wey. Túmbame aquí mismo", le ordené, volteándome para besarlo con hambre. Nuestras lenguas se enredaron, sabor a pizza y saliva dulce, sus dientes mordisqueando mi labio inferior hasta que dolió placer.
Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco del ventilador. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. "Estás cañona, ricura. Mira cómo se te paran los pezones". Los pellizcó suave, luego fuerte, y yo ahogué un grito, clavando las uñas en sus hombros anchos. El olor de mi propia excitación empezó a flotar, almizclado y embriagador, mezclándose con el suyo masculino.
Lo empujé al sofá, desabrochando su jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. "Chúpamela, Ana. Como la puta santa que eres", gruñó él, y yo obedecí, arrodillándome entre sus piernas. La tomé en la boca, el sabor salado de su prepucio inundándome la lengua, chupando despacio al principio, luego más rápido, oyendo sus jadeos roncos que resonaban en la sala.
No aguanto más, me voy a venir si sigue así, pensé, mientras mi mano se metía en mi short, frotando mi panocha empapada. El sonido húmedo de mis dedos contra mi carne me ponía más caliente, y Marco lo notó, jalándome del pelo para levantarme.
Acto dos se ponía brutal. Me cargó como si no pesara nada, caminando al cuarto con mi boca aún pegada a la suya. La cama king size nos recibió con sábanas de algodón fresco, contrastando con nuestra piel ardiendo. Me tiró boca arriba, quitándome el short y las calzas de un tirón. "Abre las piernas, mi reina. Quiero verte chorrear".
Obedecí, exponiendo mi sexo hinchado, labios rosados brillando de jugos. Él se hincó entre mis muslos, inhalando profundo. "Hueles a pecado, Ana. A miel y fuego". Su lengua plana lamió desde mi ano hasta el clítoris, un trazo largo que me hizo gritar. ¡Ay, cabrón! El sabor de mí en su boca, lo sentía cuando me besaba después, dulce y salado.
Me penetró con dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar masajeaba mi botón. "Estás apretada, wey. Como virgen en boda". Yo me retorcía, caderas alzándose, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sudor corría por mi valle entre tetas, goteando hasta mi ombligo, y él lo lamía, trazando senderos con la lengua.
La tensión crecía, mis paredes internas contrayéndose alrededor de sus dedos. "No pares, Marco. Fóllame ya, pendejo. Te necesito adentro". Él se rio bajito, esa risa que vibra en su pecho, y se posicionó, la cabeza de su verga presionando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. ¡Qué rico duele! Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome por completo.
Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse. El slap slap de piel contra piel, mezclado con mis gemidos agudos y sus gruñidos guturales. "¡Más fuerte, cabrón! Rompe mi panocha". Agarró mis caderas, clavándome al colchón, follando como animal en celo. El olor a sexo impregnaba el cuarto, espeso y adictivo, nuestros jugos chorreando por mis nalgas.
Cambié de posición, montándolo a mí. Mis tetas rebotando con cada bajada, sus manos amasándolas, pellizcando pezones hasta ponerme al borde.
Esto es mejor que cualquier Oscar, pensé, recordando la peli que habíamos dejado a medias. Su verga golpeaba profundo, rozando mi cervix, ondas de placer irradiando desde mi centro.
El clímax se acercaba como tormenta. "Me vengo, Ana. Córrete conmigo", jadeó él, sus bolas apretándose contra mí. Yo aceleré, frotando mi clítoris contra su pubis peludo, el roce áspero mandándome al cielo. Explosé primero, un grito desgarrador, mi coño convulsionando, ordeñando su verga. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorros potentes que sentía salpicar adentro.
Colapsamos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso entre mis piernas. Lo besé suave, saboreando el sudor salado de su cuello. "Neta, wey, La Pasión de Cristo ganó Oscars, pero esto fue mi premio gordo".
Él sonrió, acariciando mi pelo revuelto. "Tú eres mi Cristo, Ana. Mi pasión eterna". Nos quedamos así, piel contra piel, el ventilador secando nuestro sudor, el DF zumbando afuera. En ese afterglow, con su calor envolviéndome, supe que esto no acababa aquí. La noche apenas empezaba, y mi cuerpo ya pedía round dos.