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Crucifixion De Jesus La Pasion Erotica De Cristo

7582 palabras

Crucifixion De Jesus La Pasion Erotica De Cristo

En el corazón de Guadalajara, durante la Semana Santa, el aire olía a copal quemado y jazmines frescos del jardín. Tú eras Isabella, una mujer de curvas generosas y piel morena que brillaba bajo la luz tenue de las velas. Habías invitado a tu amante, Rodrigo, un tipo alto y musculoso con tatuajes que contaban historias de sus viajes por la sierra. Vivían en un departamento chulo en la Zona Rosa, con vistas a la catedral iluminada, donde las procesiones lejanas resonaban como un eco sensual.

Estaban recostados en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que rozaban su piel como una caricia prohibida. Habían puesto la tele para ver Crucifixión de Jesús La Pasión de Cristo, esa película que neta te ponía la piel chinita cada Viernes Santo. No era por devoción pura, wey; era algo más carnal. La intensidad de los latigazos, el sudor resbalando por el cuerpo torturado de Jesús, esa mirada de sufrimiento mezclado con éxtasis... te hacía mojar las panties sin remedio.

Rodrigo te abrazaba por la espalda, su verga ya semi-dura presionando contra tus nalgas.

"Órale, Isa, mira cómo lo flagelan. ¿Te imaginas ese dolor convirtiéndose en placer?"
murmuró en tu oído, su aliento caliente oliendo a tequila reposado y chicle de menta. Sus manos grandes subieron por tu blusa suelta, rozando tus chichis endurecidos. Tú gemiste bajito, arqueando la espalda como gata en celo.

La escena de la crucifixión llegó: clavos hundiéndose en carne, el cuerpo de Jesús extendido, vulnerable, poderoso en su entrega. Tu pulso se aceleró, el corazón latiéndote en la garganta. Qué chingón sería consolarlo así, lamer su sudor salado, montarlo en esa cruz imaginaria, pensaste, mientras tus muslos se apretaban por la humedad creciente entre ellos. Rodrigo lo notó, el muy pendejo pícaro, y deslizó una mano dentro de tus jeans ajustados.

Acto primero: la tentación inicial. Sus dedos encontraron tu panocha empapada, rozando el clítoris hinchado con círculos lentos. Puta madre, qué rico, pensaste, mordiéndote el labio para no gritar con las campanas de la catedral sonando afuera.

"¿Quieres ser mi Magdalena, mi amor? La que alivia la crucifixión de Jesús con su boca caliente."
Te volteaste, ojos brillantes de deseo, y lo besaste con hambre, lenguas enredándose como serpientes en el Edén.

Se quitaron la ropa con urgencia juguetona, riendo entre besos. Su cuerpo desnudo era una escultura viva: pectorales firmes, abdomen marcado, verga gruesa y venosa palpitando hacia ti. Olía a hombre puro, a jabón de sándalo mezclado con ese aroma almizclado de excitación. Tú te arrodillaste ante él, imitando la devoción de la película, pero con un twist erótico. Yo soy la que lo salva con placer, no con lágrimas.

Le lamiste el pecho, saboreando el salado de su piel, bajando por el vientre hasta esa verga tiesa que pedía atención. La tomaste en la boca, succionando despacio, oyendo sus gemidos roncos que ahogaban los gritos de la tele.

"Sí, Magdalena, chúpamela como si fuera el Mesías en la cruz."
Tú aceleraste, garganta profunda, saliva resbalando, mientras tus manos masajeaban sus huevos pesados.

Pero no querías acabar ahí. Lo empujaste a la cama, donde habías preparado cuerdas suaves de seda roja, compradas en el mercado de San Juan para noches como esta. Consenso total, wey; siempre hablamos antes, safe words y todo el pedo.

"Átame como a él en la crucifixión de Jesús, La Pasión de Cristo. Hazme sufrir de placer."
Rodrigo sonrió lobuno, ojos oscuros ardiendo.

Acto segundo: la escalada ardiente. Te tendió boca arriba, brazos extendidos hacia los postes de la cama, atando tus muñecas con nudos firmes pero no dolorosos. Tus pechos se alzaban con cada respiración agitada, pezones duros como piedras de obsidiana. Él se paró al pie de la cama, imponente como Cristo en el Gólgota, pero con una erección que gritaba lujuria en vez de redención.

Empezó el ritual. Tomó una pluma de avestruz –otro juguetito del mercado– y la pasó por tu cuerpo expuesto. El cosquilleo te hizo retorcerte, risa mezclada con gemidos. Qué pinche tortura deliciosa. Luego vino el hielo: cubos de tu congelador, derritiéndose en tu ombligo, goteando hacia tu monte de Venus depilado. El frío quemaba, contrastando con el calor de tu piel febril.

Rodrigo se subió a horcajadas sobre ti, sin penetrar aún, frotando su verga contra tu vientre suave. Olías su pre-semen salado, mezclado con tu propio jugo que chorreaba por las sábanas.

"Siente la pasión, Isa. Como la de Cristo, pero nuestra, carnal y mojada."
Bajó la boca a tus chichis, mordisqueando suave, succionando hasta que viste estrellas. Tus caderas se alzaban solas, rogando por más.

El conflicto interno te carcomía: ¿Soy pecadora por esto? Neta no, es amor puro, elevado a la enésima. Le pediste

"Fóllame ya, mi Jesús crucificado. Entra en mí."
Pero él negó, torturándote con besos en los muslos internos, lengua lamiendo tus labios mayores hinchados. El sabor de tu excitación lo volvía loco; gruñía como fiera. Finalmente, rozó tu clítoris con la punta de su verga, entrando solo la cabeza, saliendo, entrando un poco más. El estiramiento ardiente te hacía jadear, venas pulsando contra tus paredes internas.

La tensión subía como la procesión en la calle: tambores lejanos, incienso filtrándose por la ventana abierta. Sudor perlaba vuestros cuerpos, goteando, mezclándose. Tus pensamientos eran un torbellino: Su verga me llena, me parte en dos de placer. Soy su virgen sacrificial, su puta santa. Él aceleró, embistiéndote profundo, bolas golpeando tu culo con palmadas húmedas. Tus muñecas tiraban de las cuerdas, el roce erótico amplificando todo.

Internamente luchabas: el placer dolía tan rico que querías llorar.

"Más fuerte, pendejo, dame la crucifixión completa."
Rodrigo obedeció, una mano en tu garganta suave –consenso, siempre–, la otra pellizcando tu clítoris. El orgasmo te acechaba, coño contrayéndose alrededor de él como puño caliente.

Acto tercero: la liberación divina. El clímax explotó como fuegos artificiales en la catedral. Tú gritaste primero, cuerpo convulsionando, chorros de squirt mojando sus muslos, olor almizclado llenando la habitación. ¡Ay, Virgen de Guadalupe, qué rico morirme en esta cruz! Rodrigo se corrió segundos después, verga hinchándose, semen caliente inundándote en chorros espesos que sentías chocar dentro.

Se derrumbó sobre ti, desatando las cuerdas con besos tiernos en las marcas rosadas. Sudor enfriándose en la piel, corazones galopando al unísono. Te acurrucaste en su pecho, escuchando su latido calmarse, oliendo el sexo residual en el aire como ofrenda sagrada.

"Eres mi redentora, Isa. La crucifixión de Jesús La Pasión de Cristo nunca se sintió tan viva."
Reíste suave, besando su cuello salado. No hay culpa, solo conexión profunda. Esto es nuestra religión, wey.

Se quedaron así hasta el amanecer, con las procesiones callando y el sol tiñendo las sábanas de oro. El afterglow era paz absoluta: músculos laxos, sonrisas tontas, promesas mudas de más noches pasionales. En México, la fe y el fuego carnal siempre bailan juntos.

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