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Pasion Prohibida Capitulo 15 El Susurro del Pecado

7284 palabras

Pasion Prohibida Capitulo 15 El Susurro del Pecado

Ana se recargaba en la ventana del hotel boutique en la Condesa, con el corazón latiéndole como tamborazo en las fiestas patronales. La ciudad bullía allá abajo, luces neón parpadeando como promesas rotas, el aroma a tacos de canasta subiendo desde la calle y mezclándose con el perfume dulzón de su loción de jazmín. Pasion prohibida capitulo 15, pensó, mientras repasaba en su mente el título que le había puesto a esta entrega de su diario secreto. Cada encuentro con Diego era un capítulo más en esta novela que ardía en sus venas.

Tenía treinta y dos años, casada con un buen vato que la quería, pero el fuego con Diego, el carnal de su esposo, era otra cosa. Prohibido, sí, pero puro y consensuado, como un pacto entre adultos que sabían lo que querían. No había engaños sucios, solo deseo que los consumía. Diego, con sus treinta y cinco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que hacía que sus ojos cafés brillaran como estrellas en el cielo de Coyoacán.

El sonido de la llave electrónica en la puerta la hizo voltear. Ahí estaba él, con camisa ajustada que marcaba sus pectorales, jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Olía a colonia fresca, a esa que compraba en el Mercado de San Ángel, con notas de madera y cítricos que la ponían loca.

Órale, mi reina —murmuró Diego, cerrando la puerta con un clic suave—. Neta que no aguanto más sin ti.

Ana sintió un cosquilleo en la piel, como si su cuerpo ya supiera lo que venía. Se acercó, rozando su pecho con los senos que asomaban bajo el escote de su blusa de seda. El roce fue eléctrico, piel contra piel a través de la tela fina.

—Ven, pendejo —le dijo juguetona, usando el apodo cariñoso que solo salía en estos momentos—. Me tienes mojada desde que me mandaste el mensaje.

Se besaron con hambre, labios carnosos chocando, lenguas danzando como en un baile de salsa prohibido. Saboreó su boca, mezcla de menta y el leve toque de tequila que siempre llevaba en el aliento. Sus manos grandes bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con firmeza, haciendo que ella gimiera bajito contra su boca.

La llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo su peso. Ana se tumbó, abriendo las piernas invitadora, mientras él se quitaba la camisa despacio, dejando ver el tatuaje de águila en su pecho, símbolo de su orgullo mexicano. El aire se llenó del olor a su sudor fresco, masculino, que la hacía salivar.

Estás cañón, Ana —dijo él, voz ronca, arrodillándose entre sus muslos—. Déjame probarte.

Deslizó sus manos por sus pantimedias, rasgándolas con un sonido rasposo que erizó su piel. El frescor del aire tocó su panocha húmeda, expuesta, palpitante. Diego bajó la cabeza, su aliento caliente rozándola primero, luego su lengua plana lamió despacio, desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su néctar salado y dulce como miel de maguey.

Ana arqueó la espalda, gimiendo. ¡Qué rico, cabrón! pensó, mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro, ondulado. Cada lamida era un fuego, succiones suaves en su botón que la hacían temblar, el sonido húmedo de su boca comiéndola viva llenando la habitación. Olía a sexo, a ella misma, almizcle puro que lo volvía loco.

La tensión crecía, pero no era solo física. En su mente, Ana luchaba:

Esto es nuestro pecado, pero neta que lo vale. Mi carnal no es tonto, pero nosotros... nosotros somos fuego que no se apaga.
Diego levantó la vista, ojos brillantes de lujuria, y subió para besarla, dejándole probar su propio sabor en su lengua.

—Te quiero adentro, ya —jadeó ella, manos temblorosas desabrochando su cinturón. El metal tintineó al caer, luego el zipper. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. La tocó, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en su palma.

Diego se colocó encima, protegiéndose con condón que sacó del bolsillo —siempre responsable, siempre cuidadoso—. La punta rozó su entrada, humedecida, y empujó lento. Ana sintió el estiramiento delicioso, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ay, wey, pensó, uñas clavándose en su espalda musculosa, dejando marcas rojas.

Empezaron a moverse, ritmo pausado al principio, caderas chocando con palmadas suaves, piel sudorosa deslizándose. El olor a sus cuerpos mezclados era embriagador, sudor salado y feromonas. Sus pechos rebotaban con cada embestida, pezones duros rozando su pecho velludo. Diego gruñía bajito, mamacita, mientras ella gemía, más duro, chulo.

La intensidad subió. Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, follando profundo. El sonido era obsceno: carne contra carne, húmeda, chapoteante. Ana empujaba hacia atrás, queriendo más, su clítoris frotándose contra sus dedos que lo masajeaban en círculos. El cuarto olía a sexo puro, a pasión prohibida en su máxima expresión.

Capítulo 15, pensó ella en medio del éxtasis, donde nos perdemos del todo. Sudor goteaba de su frente al colchón, su cabello revuelto pegándose a la piel. Diego aceleró, bolas golpeando su clítoris, llevándola al borde.

—Me vengo, pendeja deliciosa —gruñó él, voz quebrada.

—Yo también, ahí —chilló Ana, el orgasmo explotando como pirotecnia en el Zócalo. Ondas de placer la sacudieron, panocha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se derramó dentro del látex, pulsos calientes que ella sentía lejanos pero intensos.

Cayeron exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes sincronizadas. Diego la besó la nuca, suave, mientras el sudor se enfriaba en su piel. El aire acondicionado zumbaba bajito, trayendo el eco distante de un mariachi callejero.

Qué chingón estuvo eso —murmuró él, acariciando su vientre suave.

Ana sonrió, girando para mirarlo. Sus ojos se encontraron, llenos de esa conexión profunda más allá del sexo.

Esto no es solo follar, es nuestro mundo secreto, nuestro capítulo eterno.

Se quedaron así un rato, hablando susurros. De la vida en la colonia Roma, de antojos de chilaquiles, de cómo extrañaban estos momentos. No había culpas, solo empoderamiento en su elección mutua. Diego era su escape, su pasión viva, y ella la suya.

Al final, se ducharon juntos, agua caliente cayendo como lluvia de verano, jabón de lavanda espumando entre sus cuerpos. Manos explorando sin prisa, besos tiernos bajo el chorro. Salieron envueltos en albornoz, pidiendo room service: mole poblano y mezcal ahumado.

Mientras comían en la cama, Ana sintió la paz post-orgásmica, músculos laxos, piel sensible al roce de las sábanas. Pasion prohibida capitulo 15 cerraba con broche de oro, dejando la promesa de más. Diego la abrazó, fuerte, protector.

—Hasta el próximo, mi amor —dijo él, sabiendo que volverían.

Ana asintió, corazón lleno. En este mundo de luces y sombras mexicanas, su pasión era el faro que los guiaba, prohibida pero eterna.

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