Pasion Prohibida Capitulo 78
El calor de la noche mexicana se colaba por las rendijas de las persianas en mi departamento de Polanco, ese aire espeso que huele a jazmín y a asfalto caliente después de una tormenta de verano. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con el cuerpo todavía firme de tanto yoga y esas curvas que mi marido Javier ya ni voltea a ver, me recargaba en la barra de la cocina bebiendo un mezcal puro de Oaxaca. Neta, ¿cuánto tiempo más voy a aguantar esta vida de rutina? pensé, mientras el líquido ardía en mi garganta como un beso prohibido.
Mi carnal, no, mi cuñado, Raúl, el hermano menor de Javier, era el culpable de todo esto. Alto, moreno, con esos ojos cafés que me desnudan sin piedad y un tatuaje de águila en el pecho que se asoma cuando se quita la playera. Desde hace meses, nuestra pasión prohibida se había convertido en capítulos de un libro secreto que solo nosotros leíamos con el cuerpo. Capítulo 78, este encuentro, lo planeamos por WhatsApp con mensajes que borraba al instante: "Ven a las once, carnal. Javier está en su viaje de negocios". Mi corazón latía como tamborazo zacatecano cada vez que lo imaginaba.
El reloj marcó las once con quince. Escuché el zumbido discreto del elevador y luego unos pasos firmes en el pasillo. Golpeó suave, tres veces, nuestro código. Abrí la puerta y ahí estaba él, con jeans ajustados que marcaban su paquete y una camisa negra entreabierta, oliendo a colonia Barbasol mezclada con sudor fresco de la calle. "Hola, morra", murmuró con esa voz ronca que me eriza la piel, y sin mediar más palabra, me jaló hacia él.
Sus labios contra los míos saben a tequila y peligro, un sabor que me hace temblar las rodillas. Esto es pecado, Ana, pero qué chingón pecado, me digo mientras su lengua invade mi boca como un ladrón en la noche.
Sus manos, callosas de tanto trabajar en la constructora familiar, me apretaron la cintura por encima del vestido negro corto que me puse solo para él. Lo empujé adentro y cerré la puerta con llave, el clic resonando como el inicio de nuestra sinfonía privada. Nos besamos contra la pared del recibidor, sus caderas presionando las mías, y sentí su verga dura como fierro contra mi vientre. "Te extrañé, nena", gruñó en mi oído, mordisqueándome el lóbulo mientras sus dedos bajaban el tirante del vestido, dejando al aire un pecho que lamía con hambre.
En el principio de todo, cuando empezó esta pasión prohibida, era solo miradas en las fiestas familiares, roces accidentales en la cocina de la casa de mis suegros en Coyoacán. Javier, siempre distraído con su chamba de contador, ni se enteraba. Pero Raúl y yo sabíamos que el fuego ardía. Ahora, en el capitulo 78 de nuestra historia, el deseo era un volcán a punto de estallar. Lo llevé a la recámara, la luz tenue de las velas de vainilla iluminando las sábanas de algodón egipcio que olían a mi perfume de gardenias.
Me quitó el vestido de un jalón, quedándome en tanga de encaje rojo y nada más. "Estás de huevos, Ana", dijo admirándome, sus ojos recorriendo mis tetas duras, los pezones erguidos como balas, mi panza plana y las caderas anchas que él adora agarrar. Yo le arranqué la camisa, pasando las uñas por su pecho velludo, bajando hasta desabrocharle el cinto. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con el prepucio retráctido mostrando la cabeza morada y brillante de precum. La tomé en la mano, sintiendo su pulso caliente, y él gimió: "Sí, así, mamasita".
Nos tumbamos en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Empecé chupándosela despacio, saboreando el gusto salado de su piel, la textura aterciopelada contra mi lengua. Él enredaba los dedos en mi pelo negro largo, guiándome sin forzar, solo animándome con jadeos que llenaban la habitación. "Qué rica boca tienes, wey", masculló, y yo aceleré, succionando hasta la garganta mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados.
Esto es lo que necesito, no el sexo mecánico con Javier. Raúl me hace sentir viva, deseada, como una diosa chingona.
Pero no lo dejé acabar ahí. Me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su verga, el encaje de la tanga empapado de mis jugos. El olor a sexo nos envolvía, almizclado y dulce, mezclado con el sudor que perlaba su frente. "Métemela ya, carnal", le supliqué, y él rasgó la tanga con un movimiento experto, exponiendo mi clítoris hinchado y mis labios mayores abiertos como una flor en primavera.
Se posicionó y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón!", grité, clavándole las uñas en los hombros mientras cabalgaba. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el sonido obsceno amplificado en la quietud de la noche. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano para más placer, y yo me arqueaba, mis tetas rebotando frente a su cara que chupaba ávidamente.
La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Sudábamos a chorros, el aire cargado de nuestros gemidos y el crujir de la cama. Hablábamos sucio, como en las telenovelas calientes que vemos a escondidas: "Estás bien chingona, Ana, tu panocha me aprieta como virgen". "Cállate y fóllame más duro, pendejo". Cada embestida me llevaba más alto, mi clítoris frotándose contra su pubis, ondas de placer subiendo por mi espina.
De repente, me volteó boca abajo, levantándome las caderas como perrito. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi punto G con precisión de cirujano. Sus bolas azotaban mi clítoris, y yo me retorcía, mordiendo la almohada para no gritar y despertar a los vecinos. "Me vengo, Raúl, ¡me vengo!", aullé ahogada, y el orgasmo me sacudió como terremoto, jugos chorreando por mis muslos, mi cuerpo convulsionando en éxtasis puro.
Él no paró, prolongando mi placer con estocadas lentas, luego rápidas. "Aguanta, nena, que te lleno", rugió, y sentí su verga hincharse más, palpitando antes de explotar. Chorros calientes inundaron mi interior, su semen espeso mezclándose con mis fluidos, goteando fuera mientras se derrumbaba sobre mí, besándome la nuca jadeante.
Nos quedamos así, enredados, el corazón latiéndonos a mil. El olor a sexo y semen impregnaba todo, su peso reconfortante sobre mi espalda. "Esto fue el mejor capitulo 78", susurró él, acariciándome el pelo. Yo sonreí en la oscuridad, sabiendo que Javier volvía mañana, pero que nuestra pasión prohibida seguiría escribiéndose en secreto.
Después, en la ducha, el agua caliente lavaba nuestros cuerpos pero no el fuego interno. Nos enjabonamos mutuamente, risas suaves y besos tiernos bajo el vapor. Salimos envueltos en toallas, compartiendo un último mezcal en la terraza con vista a las luces de la Ciudad de México. "Te quiero, morra, aunque sea prohibido", confesó él, y yo asentí, el corazón lleno de esa dulzura amarga del amor imposible.
Se fue antes del amanecer, un beso fugaz en la puerta. Me acosté sola, el cuerpo satisfecho y dolorido en los mejores lugares, oliendo todavía a él. ¿Hasta cuándo durará esto? ¿Valdrá la pena el riesgo? me pregunté, pero el afterglow me arrullaba. Capítulo 78 cerrado con broche de oro, esperando el 79 con ansias y temor.