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Mi Pasión por Servir (1)

6550 palabras

Mi Pasión por Servir

La luz del atardecer se colaba por las cortinas de encaje de mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que me hacía sentir viva. Yo, Ana, siempre he tenido esta pasión por servir, no como una sumisa cualquiera, sino como algo que me enciende el alma y el cuerpo. No es servilismo barato, es mi forma de amar, de entregarme con todo. Hoy, mi hombre, Javier, vendría después de su junta en la colonia Roma. Lo imaginé caminando por la calle con su camisa ajustada, ese olor a colonia cara que me volvía loca.

Me puse el vestido negro corto que él adora, con un delantal blanco que me hace ver como la sirvienta perfecta de sus fantasías. No era un disfraz humillante; era mi poder, saber que con un roce lo pondría de rodillas. Preparé la cena: tacos de arrachera jugosos, con cilantro fresco y cebolla morada crujiente. El aroma de la carne asándose en el comal llenaba el aire, mezclado con el limón que exprimí encima. Mi piel se erizaba solo de pensarlo.

¿Y si esta noche lo sirvo hasta que no aguante más? Mi pasión por servir me quema por dentro.

Escuché la llave en la puerta. Mi corazón latió fuerte, como tamborazo en una fiesta. Entró Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que traes". "Órale, mi reina, ¿qué chido huele aquí?" dijo, quitándose la chamarra. Lo abracé, sintiendo su pecho firme contra mis tetas, su calor traspasando la tela. Olía a sudor limpio del día, a hombre que conquista.

"Bienvenido, mi amor. Siéntate, que te sirvo", le respondí con voz ronca, rozando mi cadera contra su verga que ya se notaba medio parada. Lo llevé a la mesa, sirviéndole el plato con manos temblorosas de anticipación. Cada bocado que daba, yo lo observaba, lamiéndome los labios. "¿Está rico?" pregunté, inclinándome para que viera mi escote. Él asintió, con los ojos clavados en mis chichis. "Neta, Ana, eres la mejor. Esta pasión por servir tuya me mata."

Después de comer, le quité los zapatos. Sus pies grandes, calientes, con ese olor masculino que me humedece la concha. Empecé a masajearlos, mis dedos hundiéndose en la carne dura, subiendo por las pantorrillas. Él suspiró, recargándose. "Qué chingón, nena. Sigue así." Mi pulso se aceleraba; sentía mi clítoris hinchado contra las panties.

Esto es lo que amo: verlo rendido a mis manos, sabiendo que pronto me pedirá más.
La habitación olía a comida y a su excitación creciente, un almizcle que me hacía salivar.

La tensión subía como el volcán que soy por dentro. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillosa de precum. "Déjame servirte como se debe, Javier", murmuré, inhalando su aroma salado. Lamí la base despacio, saboreando la piel suave, el gusto salado que me volvía loca. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. "Puta madre, Ana, chúpamela rico."

Mi boca lo envolvió, caliente y húmeda, succionando con hambre. Sentía cada vena palpitando contra mi lengua, el calor subiendo por mi garganta. Él gemía bajito, "Sí, así, mi servidora chida". Yo aceleré, babeando toda su pija, mis manos masajeando sus huevos pesados. Mi concha chorreaba; me toqué por encima del vestido, sintiendo el calor empapado. El sonido de mis chupadas llenaba el aire, húmedo y obsceno, mezclado con sus jadeos.

Mi pasión por servir no es solo darle placer; es sentirlo en cada fibra mía, como si su gozo fuera el mío.

Pero no quería que se viniera aún. Me levanté, quitándome el vestido lento, dejando que viera mis curvas desnudas, tetas firmes con pezones duros como piedras, culo redondo listo para él. "Ahora te sirvo con todo mi cuerpo", le dije, sentándome a horcajadas. Su verga rozó mi entrada mojada, resbalosa de jugos. Lo besé, saboreando su boca con resto de tequila de la cena, lenguas enredadas en baile salvaje.

Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme. "¡Ay, wey, qué grande estás!" exclamé, mis paredes apretándolo como guante. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo, mis caderas girando. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando nuestras pieles. Él agarró mis tetas, pellizcando pezones, mandándome chispas al cerebro. Olía a sexo puro, a concha abierta y verga dura.

La intensidad crecía. "Más rápido, Ana, chíngame duro", ordenó, y yo obedecí, rebotando como loca, mis gemidos altos, "¡Sí, mi amor, por ti todo!". Sentía el orgasmo acercándose, un nudo en el vientre que se tensaba. Él me volteó, poniéndome en cuatro, embistiéndome desde atrás. Su panza contra mi espalda, manos en mis caderas, verga golpeando mi punto G sin piedad. "¡Te sirvo el culo también si quieres!" grité entre jadeos, pero él se enfocó en mi concha, chapoteando en mis jugos.

El clímax nos golpeó como tormenta. Yo me vine primero, gritando "¡Me vengo, cabrón!", mi cuerpo convulsionando, chorros calientes saliendo de mí, empapando las sábanas. Él rugió, llenándome de leche espesa, pulsos calientes que sentía adentro. Colapsamos, sudorosos, respirando agitados. Su peso sobre mí era delicioso, protector.

Después, en la afterglow, lo abracé, oliendo nuestros cuerpos mezclados: semen, sudor, esencia nuestra. "Tu pasión por servir es lo que me hace amarte más, Ana", murmuró, besando mi cuello. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Esto no termina; mi fuego por servirlo crece cada vez, y él lo sabe. Somos perfectos así.
La noche nos envolvió en paz, con promesas de más servicios mañana.

Pero la historia no acababa ahí. Al día siguiente, en la cocina, mientras preparaba café, él me sorprendió por detrás, manos en mi bata. "¿Lista para servir de nuevo?" Su verga ya dura contra mi culo. Reí, girándome. "Siempre, mi chulo. Mi pasión es eterna." Lo empujé contra la mesa, arrodillándome otra vez, saboreando el desayuno más rico: su leche fresca. El sol entraba, iluminando su placer, y yo me sentía reina en mi reino de servicio.

Así es mi vida con Javier: una danza de deseo donde servir es mandar, donde cada toque es fuego. Neta, no cambiaría esto por nada. Mi pasión por servir nos une, nos eleva, nos hace explotar juntos una y otra vez.

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