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Imagen de Color Rojo Pasion

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Imagen de Color Rojo Pasion

Entraste a esa galería en Polanco con el sol de la tarde pegando fuerte en las ventanas, el aire cargado de ese olor a café recién molido y jazmín fresco que siempre flota por ahí. Tus ojos se clavaron de inmediato en ella: Imagen de Color Rojo Pasion. Un lienzo enorme donde remolinos de rojo intenso se fundían como sangre caliente, curvas que sugerían caderas anchas, labios hinchados y pezones erectos bajo una piel ardiente. No era solo pintura, era un puto incendio que te hacía sentir el pulso acelerado en la entrepierna. Te quedaste ahí parado, güey, imaginando cómo se sentiría tocar esas texturas vibrantes, lamer ese rojo que parecía gotear deseo puro.

De repente, una voz suave pero con ese acento chilango juguetón te sacó del trance.

—¿Te gusta? Es mi favorita, la pinté pensando en noches que no terminan.
Volteaste y ahí estaba ella, la artista, Daniela. Morena clara, con el cabello negro suelto cayéndole como cascada sobre los hombros, labios carnosos pintados de un rojo que rivalizaba con la obra. Vestía un vestido negro ajustado que marcaba sus tetas firmes y sus nalgas redondas, y unos ojos cafés que te miraban como si ya supieran todos tus secretos sucios. Órale, pensaste, esta chava es la viva imagen de ese rojo pasional.

—Es... intensa —dijiste, tratando de sonar cool, pero tu voz salió ronca, traicionera. Ella sonrió, se acercó un paso, y el olor de su perfume, mezcla de vainilla y algo almizclado, te invadió las fosas nasales. Te rozó el brazo con los dedos, un toque eléctrico que te erizó la piel.

—Ven, te muestro mi estudio. Ahí la creé, sudando como condenada. —Su risa fue baja, como un ronroneo que te vibró en el pecho.

Salieron de la galería caminando por las calles empedradas, el bullicio de la ciudad de fondo: cláxones lejanos, vendedores gritando elotes asados cuyo aroma dulce te abrió el hambre de otra cosa. Llegaron a su depa en una colonia chic, con balcón que daba a los cerros. Adentro, paredes llenas de bocetos eróticos, velas apagadas y esa imagen de color rojo pasion reproducción en la sala principal. Te sirvió un mezcal ahumado, el líquido quemándote la garganta como un beso ardiente.

Se sentaron en el sofá de cuero suave, tan cerca que sentías el calor de su muslo contra el tuyo. Hablaron de arte, de pasiones contenidas, pero el aire se cargaba de tensión. ¿Qué chingados estoy haciendo?, pensaste, mientras tus ojos bajaban a su escote, imaginando morder esos pezones que se marcaban bajo la tela. Ella lo notó, güey, y en vez de apartarse, se inclinó, su aliento cálido en tu oreja.

—Esa imagen... la pinté pensando en un amante que me hiciera arder así. ¿Tú podrías?

El corazón te latía como tamborazo en fiesta, el mezcal soltándote la lengua. La besaste sin pensarlo, labios suaves y hambrientos chocando, su lengua danzando con la tuya, sabor a humo y miel. Sus manos te jalaron el pelo, un tirón juguetón que te sacó un gemido. Puta madre, qué rico sabe.

La levantaste en brazos, ella riendo bajito, envolviendo las piernas alrededor de tu cintura. Caminaste a su cuarto, la cama king size con sábanas de satén rojo, eco perfecto de la imagen. La tumbaste despacio, admirando cómo el vestido se subía revelando muslos firmes, piel morena que olía a loción de coco y excitación creciente. Tus manos exploraron, subiendo por sus pantorrillas, rodillas, interiores de muslos, sintiendo temblores sutiles. Ella arqueó la espalda,

—Sí, carnal, tócame así, despacito que me muero de ganas.

Le quitaste el vestido con calma, besando cada centímetro de piel expuesta: cuello salado, clavícula dulce, tetas perfectas con pezones duros como piedras preciosas. Los chupaste, succionando fuerte, oyendo sus jadeos roncos, ahh, sí, pendejo, no pares. Tus dedos bajaron, rozando su tanga empapada, el calor húmedo que te hacía palpitar la verga dura contra los jeans. Ella te desabrochó el cinturón, liberándote, su mano envolviéndote con firmeza, masturbándote lento mientras gemía tu nombre.

La tensión subía como olla exprés, respiraciones agitadas llenando el cuarto, el olor a sexo impregnando el aire: sudor fresco, fluidos almizclados, su esencia íntima que te volvía loco. Te quitaste la ropa rápido, piel contra piel, el contacto ardiente como fuego. La besaste el ombligo, bajando a su chochito depilado, labios hinchados relucientes de jugos. Lamiste despacio, lengua plana saboreando su sal dulce, clítoris palpitante bajo tus labios. Ella se retorcía, uñas clavándose en tus hombros,

—¡Chíngame con la lengua, ay güey, me vas a matar!
Gemidos suyos, altos y sin pudor, música erótica que te ponía más tieso.

Pero no querías acabar así. Te subiste, ella abrió las piernas invitándote, ojos vidriosos de puro deseo. Entraste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado envolviéndote, paredes internas pulsando. Qué chingón, tan mojada y caliente. Empezaste a moverte, lento al principio, sintiendo cada roce, sus caderas respondiendo en ritmo perfecto. El slap de piel contra piel, sudor perlando cuerpos, pechos rebotando con cada embestida.

La volteaste a cuatro patas, admirando sus nalgas redondas, la curva de su espalda como en la imagen. Agarraste sus caderas, penetrándola profundo, fuerte, oyendo sus gritos ahogados en la almohada.

—Más duro, mi amor, rómpeme, hazme tuya.
Tus bolas chocando contra su clítoris, mano bajando a frotarlo en círculos, sintiendo cómo se contraía alrededor de tu verga. El cuarto olía a pasión desatada, rojo en tu mente como esa puta imagen que lo empezó todo.

La tensión crecía, espiral infinita: sus muslos temblando, tu pulso retumbando en oídos, gemidos convirtiéndose en alaridos. La volteaste de nuevo, misionero íntimo, mirándola a los ojos mientras acelerabas. Te quiero ver correrte, le dijiste, y ella asintió, mordiéndose el labio. Unas embestidas más, profundas, y explotó: cuerpo convulsionando, chochito apretando como vicio, chorros calientes mojando sábanas. Ese apretón te llevó al borde, gruñiste fuerte, descargando dentro, oleadas de placer cegador, semen caliente llenándola mientras colapsaban juntos.

El afterglow fue puro cielo: cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose, piel pegajosa de sudor y fluidos. Ella te acarició el pelo, besos suaves en el pecho.

—Eres mi imagen de color rojo pasion hecha hombre —susurró, riendo bajito.
Te quedaste ahí, oliendo su pelo, sintiendo el latido compartido, la ciudad zumbando afuera como si nada hubiera pasado. Pero todo había cambiado: esa imagen ya no era solo pintura, era el recuerdo grabado en tu piel, en tu alma. Saliste de su depa al amanecer, con una sonrisa pendeja y el sabor de ella en la boca, sabiendo que volverías por más rojo pasional.

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