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En Parque la Pasión

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En Parque la Pasión

El sol se ponía sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se reflejaba en las hojas de los jacarandas del Parque la Pasión. Yo, Mariana, había venido aquí tantas veces buscando un rato de paz, pero esa tarde algo en el aire me erizaba la piel. El olor a tierra húmeda mezclado con el dulce aroma de las flores de bugambilia me envolvía, y el sonido lejano de los niños jugando en la plaza principal se mezclaba con el canto de los pájaros. Caminaba por el sendero de grava que crujía bajo mis sandalias, sintiendo el calor residual del día en mis piernas desnudas bajo la falda ligera de algodón.

¿Por qué carajos vengo siempre sola? pensé, mientras mi mirada se perdía en los bancos de madera rodeados de arbustos frondosos. Tenía veintiocho años, un trabajo de mierda en una oficina del centro, y un vacío que ni las salidas con las morras llenaban. Quería sentirme viva, deseada, como en esas novelas eróticas que devoraba a escondidas. De repente, lo vi. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Estaba sentado en un banco apartado, con un libro en la mano, pero sus ojos oscuros se levantaron y me atraparon como un imán.

¡Hola, güey! ¿Te puedo hacer compañía? Este parque está muy chido para leer solo.
—le dije con una sonrisa pícara, sentándome a su lado sin esperar invitación. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me aceleró el pulso.

Él rio, una risa grave que vibró en mi pecho.

Claro, carnala. Soy Diego. ¿Y tú, qué te trae por Parque la Pasión tan guapa y sola?

Su voz era ronca, como si hubiera fumado un cigarro hace rato, y sus ojos recorrían mi escote con descaro pero sin grosería. Me llamó la atención cómo pronunció el nombre del parque, como si supiera que era un lugar para desatar lo reprimido. Charlamos de tonterías: el tráfico infernal de la Reforma, las chelas frías en los puestos de la esquina, lo neta que era escaparse de la rutina. Pero bajo las palabras, sentía la tensión crecer. Su rodilla rozaba la mía accidentalmente, enviando chispas por mi piel. El viento jugaba con mi cabello, trayendo su aroma más cerca, y yo notaba cómo mi blusa se pegaba a mis pechos por el calor húmedo de la tarde.

Acto uno completo, pensé, mientras el sol se ocultaba y las luces del parque empezaban a encenderse, bañándonos en un resplandor amarillo suave. Diego dejó el libro a un lado y su mano grande se posó en mi muslo, solo un toque ligero, pero suficiente para que mi coño se contrajera de anticipación.

¿Sabes qué? Este parque tiene fama de ser el Parque la Pasión por algo. La gente dice que aquí se encienden las chispas.
—murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Mi corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo. No seas pendeja, Mariana, ve por ello, me dije. Lo miré a los ojos, esos pozos negros que prometían placer, y acerqué mi boca a la suya. Nuestros labios se tocaron suaves al principio, explorando, saboreando el leve gusto a menta de su chicle. Luego, la lengua de él invadió mi boca, hambrienta, y yo respondí con la misma furia, mordisqueando su labio inferior. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, y yo gemí bajito contra su boca. El sonido de las hojas susurrando y el zumbido distante de la ciudad nos aislaban en nuestro mundo.

Nos levantamos del banco, tambaleantes de deseo, y nos metimos entre los arbustos altos que formaban un rincón natural. El suelo estaba cubierto de hierba suave, oliendo a verde fresco y tierra. Diego me empujó contra un árbol ancho, su cuerpo duro presionando el mío. Sentí su verga erecta contra mi vientre, gruesa y pulsante bajo la tela, y un calor líquido se derramó entre mis piernas.

Te quiero ya, morra. ¿Estás en esto?
—preguntó, su voz entrecortada, deteniéndose para mirarme.

Sí, wey. Fóllame aquí mismo. Hazme tuya.
—respondí, jalando de su camiseta para quitársela. Su piel bronceada brillaba bajo la luz de la luna que ya asomaba, músculos tensos por el esfuerzo de contenerse.

La escalada fue brutal y deliciosa. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis tetas llenas que rebotaron libres. Él las tomó, amasándolas con rudeza juguetona, pellizcando los pezones hasta que dolían de placer. Chupó uno, luego el otro, su lengua girando como un torbellino, y yo arqueé la espalda, clavando las uñas en su espalda. ¡Qué chingón se siente esto! Neta, como si mi cuerpo despertara después de años dormido. Bajó mi falda y mi tanga empapada, hincándose para besar mi monte de Venus. Su nariz rozó mi clítoris hinchado, inhalando mi aroma almizclado de excitación, y luego su lengua lo lamió, succionó, metiéndose en mi entrada resbaladiza.

Estás chorreando, pinche rica. Sabes a miel.
—gruñó, mientras yo tiraba de su cabello, gimiendo como loca.

El sonido de mi propia voz ahogada por el placer, el roce de las hojas contra mi piel desnuda, el gusto salado de su sudor cuando lo besé de nuevo... todo se mezclaba en una sinfonía sensorial. Lo empujé al suelo, montándome a horcajadas. Desabroché sus jeans, liberando su pija venosa, roja y lista, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor palpitante, y la froté contra mi raja húmeda antes de hundirme en ella. Dios mío, me llena tanto. Cabalgué despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, el roce de su pubis contra mi clítoris enviando ondas de éxtasis.

Diego agarró mis caderas, guiándome más rápido, sus embestidas subiendo para clavarse profundo. Sudábamos juntos, piel resbaladiza chocando con piel, el slap-slap húmedo resonando en la noche. Cambiamos posiciones: él encima, follando con fuerza animal, sus bolas golpeando mi culo, mientras yo envolvía mis piernas alrededor de su cintura. Sus dedos encontraron mi ano, rozándolo juguetón, y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, contrayendo mi coño alrededor de su verga en espasmos interminables. Grité su nombre, mordiendo su hombro para no alertar a nadie.

¡Ya vengo, carajo! ¿Dónde te corro?
—jadeó él, hinchándose dentro de mí.

Afuera, en mis tetas.
—ordené, sintiéndome poderosa, dueña del momento.

Se sacó, masturbándose furioso, y chorros calientes de semen blanco salpicaron mi pecho, resbalando tibios por mi piel. Colapsamos juntos, respiraciones agitadas mezclándose, el olor a sexo crudo impregnando el aire junto al perfume nocturno del parque.

Después, en el afterglow, nos vestimos despacio, riendo como pendejos por lo cerca que habíamos estado de ser cachados. Diego me besó la frente, suave ahora.

Esto fue la neta, Mariana. Parque la Pasión no miente.

Yo asentí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Caminamos de la mano hacia la salida, el gravel crujiendo bajo nuestros pies, las luces del parque parpadeando como estrellas. Quizá no vuelva sola nunca más, pensé, mientras la noche nos envolvía con promesas de más pasiones en este rincón mágico de la ciudad.

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