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Mi Pasión Ericson Alexander Molano (1)

6749 palabras

Mi Pasión Ericson Alexander Molano

Todo empezó en esa fiesta en Polanco, con las luces neón parpadeando sobre la terraza del rooftop y el aire cargado del olor a tequila reposado mezclado con jazmín de los jardines colgantes. Yo, Valeria, acababa de salir de una ruptura chafa con mi ex, ese pendejo que no sabía ni cómo tocarme. Estaba ahí con mis cuates, riéndonos de la vida, cuando lo vi. Ericson Alexander Molano en persona, el tipo que había sido mi pasión Ericson Alexander Molano desde que lo vi en esa serie de narcos glamorosos, con su mandíbula marcada y esos ojos cafés que te desnudan con una mirada.

Estaba recargado en la barandilla, con una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales duros como piedra, y unos jeans que le quedaban pintados en las caderas. El viento jugaba con su cabello oscuro, y su risa grave retumbaba por encima de la música de cumbia rebajada. Mi corazón dio un brinco, neta, como si me hubieran inyectado adrenalina pura.

¿Qué chingados hago? ¿Me acerco o me quedo como pendeja viéndolo de lejos?
pensé, mientras mis pezones se endurecían bajo el vestido rojo ceñido que traía puesto para sentirme poderosa esa noche.

Me serví un shot de Patrón, el líquido quemándome la garganta con ese sabor ahumado y dulce, y caminé hacia él con las caderas balanceándose. "Órale, ¿Ericson? ¿De verdad eres tú?", le dije, fingiendo sorpresa casual. Él volteó, y su sonrisa fue como un rayo: blanca, perfecta, con un toque de picardía mexicana. "Simón, güey. ¿Y tú quién eres, que me miras como si me conocieras de toda la vida?". Su voz era ronca, como grava bajo botas, y olía a colonia cara con notas de sándalo y algo salvaje, masculino.

Hablamos un rato, de la serie, de la ciudad que no duerme, de cómo la vida en DF te pone a prueba. Él me tocó el brazo leve, su piel cálida contra la mía, enviando chispas hasta mi entrepierna. Mi pasión Ericson Alexander Molano ya no era solo un sueño húmedo; estaba aquí, respirando el mismo aire que yo. "Ven, vamos a otro lado, aquí está muy noisy", me dijo, y su mano en mi espalda baja me guió hacia el elevador privado. El ding del ascensor sonó como una promesa, y adentro, solos, el espacio se achicó con nuestra tensión.

Acto dos: la escalada

En su penthouse en Lomas, el lugar era un sueño: ventanales del piso al techo con vista a Reforma iluminada, muebles de cuero suave y una cama king size que gritaba pecado. Me sirvió un mezcal artesanal, el humo del copalita subiendo en espirales, y nos sentamos en el sofá. "Cuéntame de ti, Valeria. ¿Qué te prende de verdad?". Sus ojos me devoraban, y yo sentía mi piel erizarse, el calor subiendo desde mi vientre como lava.

Le conté de mi vida, de cómo necesitaba algo real, intenso. Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "Yo también, mami. Neta, desde que te vi, no puedo dejar de imaginarte". Su mano subió por mi muslo, lenta, explorando la seda de mi piel. Yo gemí bajito, el roce de sus dedos callosos –de tanto gym, seguro– haciendo que mi clítoris palpitara.

Esto es lo que quiero, carajo. Que me tome como suya, sin dramas
, pensé, mientras lo besaba. Sus labios eran firmes, sabían a mezcal y deseo puro, su lengua invadiendo mi boca con hambre controlada.

Me quitó el vestido con maestría, sus manos grandes cubriendo mis tetas, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda. "Qué chingonas estás, Valeria. Mira cómo te pones dura para mí". Su voz era un gruñido, y yo bajé la mano a su entrepierna, sintiendo su verga dura como fierro bajo los jeans. La froté, oyendo su jadeo ronco, el sonido de su zipper bajando como preludio a la sinfonía.

Lo empujé al sofá, me arrodillé entre sus piernas. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. Olía a hombre limpio, a sexo inminente. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, mientras él enredaba los dedos en mi pelo. "Sí, así, chúpamela rico, mi reina". Chupé más profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, las bolas pesadas contra mi barbilla. Él gemía, "¡Puta madre, qué buena boca tienes!", y yo me mojaba tanto que sentía el hilo de mis jugos bajando por mis muslos.

Me levantó como si no pesara, me llevó a la cama. Las sábanas frescas de algodón egipcio rozaron mi espalda desnuda mientras él se quitaba la camisa, revelando un torso esculpido, abdominales marcados que lamí uno a uno, saboreando el sudor salado. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi coño depilado. "Estás chorreando, güey. Todo esto por mí". Su lengua entró en acción, lamiendo mi clítoris en círculos lentos, chupando mis labios hinchados. Grité, mis caderas buckeando contra su cara, el sonido húmedo de su boca devorándome llenando la habitación.

La tensión crecía, mis uñas clavándose en sus hombros, oliendo su aroma mezclado con mi excitación almizclada. "Métemela ya, Ericson, no aguanto". Él se posicionó, la punta gruesa presionando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Qué apretada estás, carajo! Como guante para mi verga". Empujó hondo, y yo vi estrellas, el placer punzante expandiéndose desde mi centro.

Acto tres: la liberación

Nos movimos en ritmo perfecto, él embistiéndome fuerte, mis tetas rebotando con cada choque de sus caderas contra las mías. El slap slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis gemidos mezclados con sus gruñidos. "¡Más duro, pendejo, rómpeme!". Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, sus manos apretando mis nalgas mientras me volteaba a cuatro patas.

Desde atrás, su verga me llenaba más profundo, tocando mi punto G con cada estocada. Agarró mi pelo, jalando suave, y yo empujé contra él, sintiendo el orgasmo construir como tormenta. "Ven conmigo, Valeria, córrete en mi polla". El clímax me golpeó como tsunami, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Él rugió, hinchándose dentro de mí, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando sobre el mío.

Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mi espalda. Besó mi nuca, suave ahora, su piel pegajosa contra la mía. "Eso fue épico, mi pasión". Yo sonreí, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia, el corazón latiendo en unisono. Afuera, la ciudad brillaba indiferente, pero adentro, mi pasión Ericson Alexander Molano había cobrado vida, real, pulsante, inolvidable.

Nos quedamos así, enredados, hablando susurros hasta el amanecer. No era solo sexo; era conexión, fuego mexicano puro. Y supe que esto apenas empezaba.

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