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Es Pasión Delirio de Estar Contigo

6571 palabras

Es Pasión Delirio de Estar Contigo

El sol del atardecer en Playa del Carmen te acaricia la piel como un amante impaciente, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejan en el mar Caribe. El aire huele a sal, coco y esas flores tropicales que invaden tus sentidos. Estás en la playa, con un vestido ligero de algodón que se pega a tus curvas por la brisa húmeda, y un mojito fresco en la mano. La fiesta ya empezó: música de cumbia rebajada retumba desde los altavoces, risas y gritos de weyes contentos llenan el ambiente. Neta, viniste a desconectarte del pinche estrés de la ciudad, pero algo en el aire te dice que esta noche va a ser chida.

Lo ves de lejos, recargado en una palmera, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que te eriza la piel. Se llama Alex, te lo presenta un carnal tuyo que anda por ahí de DJ. Alto, moreno, con ojos cafés que brillan como el atardecer y un cuerpo marcado por horas en el gym y el surf. Lleva una camisa guayabera abierta hasta la mitad, dejando ver ese pecho bronceado que te hace tragar saliva. Órale, qué chulo, piensas, mientras él se acerca con paso seguro.

Qué onda, güerita —dice con voz grave, ese acento yucateco que suena como miel caliente—. ¿Vienes a quemar la noche o qué?

Sientes el calor subirte por el cuello, no solo por el ron, sino por cómo te mira, como si ya te estuviera desnudando con los ojos. Le contestas con una risa coqueta, neta que sí, y de ahí fluye la plática. Hablan de la playa, de tacos al pastor que extrañan en la CDMX, de cómo el mar siempre llama. Cada palabra es un roce invisible; su mano accidentalmente toca la tuya al pasarte la cerveza, y un chispazo eléctrico te recorre el brazo hasta el ombligo.

Es pasión, delirio de estar contigo, se te cruza en la mente como un verso de una ranchera prohibida, mientras su aliento huele a tequila y menta.

La tensión crece con la noche. Bailan pegaditos al ritmo de la banda, su cadera contra la tuya, duro y firme. Sientes su erección presionando sutil contra tu trasero, y en lugar de apartarte, te pegas más, mordiéndote el labio. El sudor se mezcla en vuestras pieles, salado y cálido, y el olor de su loción masculina te marea. Sus manos recorren tu cintura, bajando apenas hasta el borde de tu vestido, y tú arqueas la espalda, invitándolo sin palabras.

No aguanto más, carnala —susurra en tu oído, su aliento caliente haciendo que se te erice la nuca—. Vamos a mi bungalow, está cerquita.

Dudas un segundo, pero tu cuerpo grita . Asientes, y caminan tomados de la mano por la arena tibia, el ruido de las olas como un tambor que acelera tu pulso. El bungalow es chulo: luces tenues, cama king size con sábanas blancas, y una terraza abierta al mar. Cierra la puerta, y el mundo se reduce a vosotros dos.

Acto dos: la escalada es lenta, deliciosa. Te besa primero suave, labios carnosos probando los tuyos como si fueras un mango maduro. Sabe a tequila ahumado y deseo puro. Sus manos suben por tus muslos, levantando el vestido, y sientes sus dedos ásperos de surfista rozando tu piel sensible. Gimes bajito cuando toca tu ropa interior, ya húmeda de anticipación. Qué rico, piensas, mientras le quitas la camisa, lamiendo el salitre de su pecho.

Te tumba en la cama con gentileza, pero sus ojos arden. —Eres una diosa, wey —murmura, besando tu cuello, mordisqueando esa zona que te hace jadear. Sus labios bajan, trazando un camino de fuego por tu clavícula, pechos, hasta tu vientre. El aire se llena del olor almizclado de tu excitación, y él lo inhala como si fuera oxígeno. Te quita las bragas despacio, y sientes su aliento caliente en tu centro, haciendo que tus caderas se eleven solas.

Esto es pasión delirio de estar contigo, te dices, mientras su lengua te explora, lamiendo con maestría, círculos lentos que te hacen arquear y clavar las uñas en las sábanas.

Pero no lo dejas solo. Lo volteas, ahora me toca a mí, pendejo, le dices juguetona, y él ríe, esa risa ronca que vibra en tu piel. Le bajas el short, y su verga salta libre, dura, venosa, palpitante. La tocas, sientes su calor en tu palma, el pulso acelerado como tu corazón. La lames desde la base, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce de su pre-semen. Él gime fuerte, ¡órale, qué chingona!, enredando los dedos en tu pelo mientras te chupas, profunda, con ritmo que lo hace temblar.

La intensidad sube. Te sube encima, y guías su verga a tu entrada, resbaladiza y lista. Entras despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llena, estira, ese ardor placentero que te hace gritar. Cabalgas lento al principio, sintiendo cada roce interno, sus manos amasando tus nalgas, el slap de piel contra piel mezclándose con las olas lejanas. Acelera, sus embestidas profundas, tocando ese punto que te hace ver estrellas. Sudor gotea de su frente a tu pecho, salado en tu lengua cuando lo besas.

Cambian posiciones: de lado, él atrás, una pierna tuya elevada, penetrando hondo mientras su mano frota tu clítoris. No pares, cabrón, le ruegas, y él obedece, gruñendo como animal. El olor a sexo impregna la habitación, ese almizcle crudo y adictivo. Tus pezones rozan las sábanas ásperas, enviando chispas directas a tu núcleo. Sientes el orgasmo building, una ola gigante acercándose: músculos tensos, respiración entrecortada, visión borrosa.

Acto tres: la liberación. Explota primero él, profundo dentro, su verga latiendo chorros calientes que te empujan al borde. Gritas, contrayéndote alrededor de él, olas de placer puro recorriéndote desde el útero hasta las yemas de los dedos. ¡Sí, sí, chingado! El mundo se disuelve en blanco, temblores que duran eternos, su cuerpo pesado y cálido sobre el tuyo.

Después, el afterglow. Yacen enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos, el ventilador zumbando suave. Él te acaricia el pelo, besando tu frente. —Eres increíble, mi reina —dice, y tú sonríes, sintiendo esa paz profunda, el cuerpo saciado pero aún zumbando.

Desde la terraza, escuchan el mar susurrando secretos, y piensas que esto, es pasión, delirio de estar contigo, un momento perfecto en el paraíso mexicano. No hay promesas, solo esta noche que te cambia, te empodera, te hace sentir viva como nunca. Se duermen así, con su brazo alrededor, el corazón latiendo al unísono con las olas.

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