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Carlos Gascon Novelas Pasión de Gavilanes Desnuda

7096 palabras

Carlos Gascon Novelas Pasión de Gavilanes Desnuda

La noche en la hacienda de los Reyes ardía como un fogón de leña seca. El aire olía a jazmín salvaje mezclado con el humo dulce de las barbacoas, y el sonido de las guitarras rancheras retumbaba en mi pecho como un corazón acelerado. Yo, Ana, había llegado de la ciudad para visitar a mi prima Lupe, pero neta, no esperaba que esta escapada rural se convirtiera en el capítulo más caliente de mi vida. Sentada en una mecedora de mimbre bajo las estrellas, hojeaba mi libro favorito: las Carlos Gascon novelas Pasión de Gavilanes. Ese wey escribía como si supiera exactamente lo que una morra como yo necesitaba leer para mojarse hasta los huesos.

En las páginas, los hermanos Reyes conquistaban a las hermanas Elizondo con una pasión que te hacía apretar las piernas. Óscar, el más guapo, con su mirada de fuego y su cuerpo forjado en el campo, me tenía imaginando cosas que no le contaría ni a mi mejor amiga. El calor entre mis muslos crecía con cada línea, y el viento nocturno lamía mi piel como una lengua ansiosa.

¿Y si un hombre así apareciera de verdad? ¿Me tomaría aquí mismo, sin preámbulos, solo con deseo puro?
Pensé, mordiéndome el labio mientras el aroma de mi propia excitación se mezclaba con el de la tierra húmeda.

De repente, un silbido juguetón rompió el hechizo. Levanté la vista y ahí estaba él: alto, moreno, con una camisa blanca ajustada que marcaba cada músculo de su torso. Sus ojos, negros como el café de olla, me devoraban sin disimulo. "Órale, mamacita, ¿qué lees que te tiene tan concentrada? ¿Algo que valga la pena?" dijo con esa voz grave, ronca, que erizaba la piel.

"Carlos Gascon novelas Pasión de Gavilanes", respondí, cerrando el libro contra mi pecho para que no viera cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa ligera. Se llamaba Javier, carnal de mi prima, pero parecía sacado de las páginas: el mismo porte de vaquero, el mismo olor a cuero y sudor fresco que hacía que mi panocha palpitara. Se acercó, sentándose a mi lado con una cerveza en la mano, y su rodilla rozó la mía. Ese toque eléctrico fue como una chispa en pólvora seca.

La fiesta seguía su ritmo: risas, clinking de botellas, el sabor salado del tequila en mi lengua mientras charlábamos. Hablamos de las novelas, de cómo Carlos Gascon pintaba pasiones que te dejaban sin aliento. "Esas historias son pura neta, ¿sabes? Como si las viviera yo mismo", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Su mano grande, callosa por el trabajo en el rancho, se posó en mi muslo, subiendo despacio, probando mis límites. Yo no me aparté; al contrario, abrí un poco las piernas, invitándolo con la mirada.

El deseo crecía como una tormenta de verano.

Esto es loco, Ana. Lo acabas de conocer. Pero ¡qué chingón se siente su toque!
Mi corazón latía desbocado, el pulso en mi cuello visible bajo la luz de la luna. Javier me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y promesas salvajes. Su lengua exploró mi boca con hambre, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando la tela húmeda de mis calzones. "Estás empapada, preciosa. ¿Por mí o por ese libro?" gruñó, y yo solo pude gemir, arqueándome contra su palma.

Nos escabullimos del bullicio, adentrándonos en el establo donde los caballos relinchaban suaves, el olor a heno fresco y estiércol seco envolviéndonos como un velo íntimo. La madera áspera raspaba mi espalda cuando me empujó contra la pared, pero el dolor se mezclaba delicioso con el placer. Sus manos arrancaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire nocturno; los pezones duros como piedras bajo su mirada. "Qué ricas estás, mija. Quiero comerte entera", dijo, bajando la cabeza para lamer uno, succionando con fuerza que me hizo jadear.

Mi cuerpo ardía. El sonido de su boca chupando, húmedo y obsceno, se unía al de mi respiración agitada. Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante en mi mano. La piel caliente, suave como terciopelo sobre hierro. "¡Puta madre!, qué grande", susurré, acariciándola de arriba abajo, sintiendo cómo se hinchaba más. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Me levantó la falda, rasgando mis calzones con un tirón que me empapó aún más. Sus dedos gruesos se hundieron en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

"Estás tan apretadita, tan mojada para mí", murmuró mientras me follaba con los dedos, el jugo chorreando por mi muslo. Yo me retorcía, las uñas clavadas en sus hombros anchos, oliendo su sudor masculino, ese aroma almizclado que me volvía loca.

Esto es mejor que cualquier novela de Carlos Gascon. Neta, Javier es Pasión de Gavilanes en carne y hueso.
La tensión subía, mis caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas digitales, el placer acumulándose como una ola a punto de romper.

Pero quería más. Lo empujé al suelo, sobre un montón de heno suave, y me monté a horcajadas. Su verga rozó mi entrada, lubricada y lista. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. "¡Ay, cabrón! ¡Qué rico!" grité, el estiramiento delicioso quemándome por dentro. Él agarró mis caderas, guiándome, sus ojos fijos en mis tetas rebotando con cada vaivén.

El ritmo se aceleró. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos mezclados con sus gruñidos roncos, el crujir del heno bajo nosotros. Sudor perlando su pecho, goteando hasta unirnos. Lamí su piel salada, mordí su cuello mientras cabalgaba más fuerte, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. "Vente conmigo, chula. Quiero sentirte apretarme", jadeó, una mano bajando para pellizcar mi botón hinchado.

La presión explotó. Mi orgasmo me sacudió como un rayo, paredes internas convulsionando alrededor de su polla, chorros de placer mojando sus bolas. Él rugió, embistiéndome desde abajo con furia, su leche caliente inundándome en pulsos potentes. Nos quedamos así, unidos, temblando, el mundo reducido a nuestros jadeos y el latir compartido.

Después, recostados en el heno, su brazo alrededor de mi cintura, el cielo estrellado testigo de nuestra entrega. El olor a sexo y tierra nos envolvía, un bálsamo perfecto. "Eres mejor que cualquier historia de esas novelas", murmuró Javier, besando mi frente. Yo sonreí, el libro olvidado a un lado.

Carlos Gascon novelas Pasión de Gavilanes me prepararon para esto, pero la realidad es mil veces más ardiente.
En ese momento, supe que esta pasión no era de una noche; era el comienzo de algo salvaje, como las tierras de Gavilanes extendiéndose infinitas.

La hacienda dormía, pero nosotros, no. Sus dedos juguetearon de nuevo con mi piel, prometiendo rondas más. Y yo, lista para más capítulos en esta novela viva.

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