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Como Levantar la Pasion de un Hombre

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Como Levantar la Pasion de un Hombre

Me llamo Ana, y después de diez años con Marco, mi carnal, la rutina nos había chingado la chispa. Vivíamos en un depa chido en Polanco, con vista al skyline de la CDMX, pero las noches se habían vuelto predecibles: cena, tele, y un rapidín sin sabor. Neta, quería fuego, quería recordarle como levantar la pasion de un hombre que se había enfriado. Esa tarde, mientras él estaba en el gym, encontré en mi celular un artículo con ese título exacto. Lo leí de volada: "Usa tus sentidos, hazlo sentir deseado, juega con lo prohibido pero consensual". Me lateó. Decidí ponerlo en práctica esa misma noche.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranjas y morados que se colaban por las cortinas sheer. Preparé la escena como una pinche maestra del foreplay. Velas de vainilla y jazmín encendidas, su aroma dulce invadiendo el aire, mezclándose con el olor a tacos de carnitas que había pedido de la taquería de la esquina. Me puse un vestido negro ceñido, sin bra, que marcaba mis curvas tetonas y dejaba ver el tatuaje de una rosa en mi cadera.

Si supiera lo que le espera, se le pararía de inmediato, pensé, mientras me untaba crema de coco en las piernas, sintiendo la suavidad resbalosa bajo mis dedos.

Marco llegó sudado del ejercicio, su camiseta pegada al pecho musculoso, oliendo a hombre puro: sudor fresco y desodorante mentolado. "¡Órale, mami! ¿Qué onda con esto?", dijo con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés recorriéndome de arriba abajo. Lo jalé de la mano hacia la mesa, rozando mi uña roja contra su palma áspera. "Siéntate, pendejo", le susurré al oído, mi aliento caliente contra su lóbulo. "Hoy te voy a enseñar como levantar la pasion de un hombre, pero tú solo déjate llevar".

Le serví un taco, untando salsa verde con mis dedos, y se lo metí en la boca. Él mordió, gimiendo bajito mientras el jugo chorreaba por su barbilla. Lamí esa gota salada de su piel, saboreando el picor de la salsa y el salado de su sudor. Sus pupilas se dilataron, el corazón latiéndole fuerte bajo mi mano en su pecho. Ya está, el primer gancho, pensé. Hablamos de pendejadas del día: su jefe culero, mi amiga que se casó con un naco. Pero mis pies descalzos subían por su pantorrilla bajo la mesa, rozando el vello erizado, subiendo hasta su entrepierna donde ya sentía la verga endureciéndose contra el pantalón de gym.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Lo llevé al sofá, empujándolo suave para que se recargara. Me arrodillé entre sus piernas, mis tetas rozando sus muslos. "Mírame", le ordené, desabrochando su chamarra con dientes, el sonido del zipper bajando como un susurro erótico. Su piel bronceada brillaba bajo la luz de las velas, músculos tensos esperando mi toque. Olía a testosterona pura, ese aroma almizclado que me mojaba la panocha al instante. Besé su abdomen, lengua trazando el camino de vello oscuro hacia abajo, sintiendo su vientre contraerse con cada roce húmedo.

Quiere más, lo noto en cómo aprieta los puños. ¿Cómo levantar la pasión de un hombre? Con paciencia, con tease.
Le quité el pantalón despacio, liberando su verga gruesa, venosa, ya tiesa y palpitante. No la toqué aún. Soplaron aire fresco sobre la punta, viéndola saltar, pre-semen brillando como perla. Él gruñó, "Ana, no mames, no me tortures". Reí bajito, mi voz ronca: "Eso es lo chido, carnal. Siente cada segundo". Mis manos masajearon sus bolas pesadas, piel suave y cálida, mientras mi boca rozaba el interior de sus muslos, dientes arañando leve, enviando chispas de placer-dolor.

La habitación se llenaba de sonidos: su respiración agitada, el crepitar de las velas, mi lengua chasqueando contra su piel. Lo volteé boca abajo en el sofá, untando aceite de masaje en su espalda ancha. Mis pechos se presionaban contra él mientras mis manos amasaban, pulgares hundiéndose en nudos tensos. Bajé a sus nalgas firmes, separándolas un poquito, lengua lamiendo el surco salado. Él jadeó, arqueando la espalda: "¡Qué rico, jefa!". Empoderada, sí. Esto es control consensuado, puro fuego.

Lo volteé de nuevo, ahora montándome a horcajadas. Mi vestido subió, revelando mi tanga empapada. Froté mi clítoris hinchado contra su verga dura, tela contra piel, lubricante natural mezclándose. El roce era eléctrico, pulsos acelerados sincronizándose. "Te quiero dentro", murmuré, guiándolo a mi entrada húmeda. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. Grité suave, placer punzante, paredes internas apretándolo como guante caliente.

El ritmo empezó lento, caderas girando en círculos, mis uñas clavándose en su pecho, dejando marcas rojas. Sudor nos unía, resbaloso y salado, goteando entre mis tetas que rebotaban con cada embestida. Él agarró mis caderas, gruñendo: "Más fuerte, mamacita". Aceleramos, piel chocando con palmadas húmedas, olor a sexo invadiendo todo: almizcle, vainilla, esencia de nosotros. Mi clítoris rozaba su pubis, building el orgasmo como ola en Acapulco.

Internamente, batallaba:

¿Y si no basta? No, míralo, está perdido en mí. Como levantar la pasión de un hombre: hazlo tuyo de nuevo.
Cambiamos posiciones; él me puso a cuatro, penetrando profundo, bolas golpeando mi culo. Sus manos en mi cabello, jalando suave, arco perfecto. Gemí alto, voz quebrada: "¡Sí, así, Marco! ¡Cógeme!". El clímax llegó en ráfaga: mi panocha convulsionando, ordeñándolo, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, prolongando mi éxtasis.

Colapsamos en el sofá, cuerpos entrelazados, pegajosos y temblorosos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besos suaves en mi piel sudada, sabor a sal y semen residual. "Neta, Ana, ¿qué te picó? Estuvo cañón", murmuró, dedos trazando mi espina. Reí, acariciando su pelo revuelto: "Solo recordándote como levantar la pasion de un hombre. O mejor, cómo una mujer puede prenderte fuego".

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, jabón de lavanda espumando entre nosotros. Manos explorando perezosas, risas compartidas. En la cama, envueltos en sábanas frescas, él me abrazó por atrás, verga semi-dura contra mi culo. "Mañana repetimos, ¿va?", susurró. Sonreí en la oscuridad, el skyline parpadeando afuera. Misión cumplida. La pasión no se apaga; se reaviva con un toque mexicano, con neta conexión.

Desde esa noche, todo cambió. Pequeños gestos: un mensaje sucio al mediodía, un beso en el cuello en la cocina. Sabía el secreto ahora, y él lo vivía en carne propia. ¿Cómo levantar la pasión de un hombre? Vive, siente, conquista.

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