Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasion de Cristo Premios Oscar La Pasion de Cristo Premios Oscar

La Pasion de Cristo Premios Oscar

7158 palabras

La Pasion de Cristo Premios Oscar

La pantalla del tele enorme en el departamento de Ana en Polanco parpadeaba con las luces de Hollywood. Era la noche de los premios Oscar, y el aire olía a tequila reposado y a las velas de vainilla que ella había encendido para ambientar. Ana, con su bata de seda negra apenas cubriéndole las curvas, se acurrucó contra Cristo en el sofá de piel blanca. Él, ese moreno alto y musculoso que parecía sacado de un sueño prohibido, le pasaba el brazo por los hombros, su mano grande rozándole distraídamente el nacimiento del seno.

—Órale, miren, ahí nomás mencionaron La Pasion de Cristo —dijo Cristo con voz grave, señalando la tele donde el presentador hablaba de nominaciones pasadas–. ¿Te acuerdas cuando todos decían que iba pa' barrer con los premios Oscar?

Ana sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Cristo no se llamaba así de nacimiento, pero desde que lo conoció en una fiesta en la Roma, todos lo apodaban por su parecido con el actor de la película: ojos profundos, barba recortada, cuerpo esculpido como si hubiera cargado cruces imaginarias. Pero esta noche, no había sufrimiento en su mirada, solo un brillo juguetón que la hacía mojar las bragas.

—Sí, carnal, pero tú eres mi versión chingona —le contestó ella, girándose para rozar sus labios con los de él. El beso empezó suave, como un roce de plumas, pero pronto sus lenguas se enredaron, saboreando el tequila dulce y el leve amargo del chocolate que habían compartido antes. El sonido de la tele se volvió fondo: aplausos lejanos, risas de estrellas gringas.

El calor de su pecho contra el de ella era abrasador. Ana inhaló su aroma: colonia cara mezclada con ese sudor masculino que ya empezaba a brotar, terroso y adictivo. Sus manos, grandes y callosas de tanto gym, se colaron bajo la bata, acariciando la piel suave de su espalda.

¡No mames, este wey me prende como nadie! ¿Por qué su toque me hace temblar así?
pensó ella, mientras un jadeo se le escapaba.

La tensión crecía lenta, como el preludio de una tormenta en el desierto. Cristo la recostó en el sofá, su peso delicioso oprimiéndola sin aplastarla. Besó su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja, donde latía su pulso acelerado. Ana arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros anchos.

—Quítate eso, mamacita —murmuró él contra su piel, tirando de la bata. Ella obedeció, dejando que la seda cayera al piso con un susurro suave. Desnuda, expuesta bajo la luz parpadeante de la tele, sintió el aire fresco erizarle los pezones duros como piedritas. Cristo la devoró con los ojos, su mirada hambrienta recorriendo sus tetas firmes, el ombligo piercingado, el triángulo negro de vello recortado.

—Estás de lujo, Ana. Como una diosa mexicana lista pa' la ofrenda —dijo, bajando la cabeza para lamerle un pezón. El roce húmedo de su lengua fue eléctrico, un chispazo que le subió directo a la panocha. Ella gimió, alto y ronco, el sonido mezclándose con la música de la ceremonia en la tele.

Acto seguido, Cristo se quitó la playera, revelando el torso tatuado: una virgen de Guadalupe en el pecho, músculos que se contraían con cada movimiento. Ana lo tocó, palpando la dureza de sus abdominales, el vello oscuro bajando hacia la cintura de su pantalón. Desabrochó el cinturón con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa y venosa, ya tiesa como fierro. El olor almizclado de su excitación la golpeó, embriagador, haciendo que su boca se hiciera agua.

—Chúpamela, mi reina —pidió él, voz ronca de deseo. Ana se arrodilló entre sus piernas, el piso alfombrado suave bajo sus rodillas. Tomó la base con una mano, sintiendo el pulso caliente latiéndole en la palma, y acercó los labios. La lengua giró alrededor del glande salado, probando el pre-semen perlado. Cristo gruñó, enredando los dedos en su cabello largo, guiándola sin forzar. Ella lo engulló centímetro a centímetro, el grosor estirándole la boca, el sabor intenso llenándole los sentidos. Arriba y abajo, chupando con hambre, el sonido húmedo de succión ecoando en la sala.

Pero no quería que terminara tan pronto. Ana se levantó, empujándolo de vuelta al sofá. —Ahora yo mando, pendejo —bromeó, montándose a horcajadas sobre él. Su chocha resbaladiza rozó la punta de su verga, untándola de sus jugos calientes. Se frotó despacio, torturándolo, sintiendo cómo su clítoris hinchado se rozaba contra la dureza pulsante. Cristo jadeaba, manos en sus caderas redondas, amasándolas con fuerza.

—¡No mames, métetela ya! —suplicó él, ojos negros fijos en los de ella.

La tensión era insoportable, un nudo apretado en el bajo vientre de ambos. Ana se alzó un poco y descendió, empalándose en un movimiento fluido. La verga la llenó por completo, estirándola deliciosamente, tocando ese punto profundo que la hacía ver estrellas.

¡Ay, cabrón, esto es el paraíso! Mejor que cualquier premio Oscar
, pensó, mientras empezaba a cabalgar.

El ritmo se aceleró: sus caderas chocando con un plaf plaf húmedo, sudor perlando sus cuerpos, el aroma a sexo impregnando el aire. Cristo se incorporó, chupando sus tetas rebotantes, mordiendo los pezones hasta que ella gritó de placer. Sus manos bajaron a su culo, abriéndola más, un dedo rozando el ano arrugado, enviando ondas de placer prohibido.

—¡Más duro, Cristo! ¡Dame tu pasion entera! —exigió ella, clavándole las uñas en la espalda. Él obedeció, volteándola de golpe para ponerla a cuatro patas en el sofá. El cambio de posición la empaló más profundo, su verga golpeando el cuello uterino con cada embestida. Ana empujaba hacia atrás, follándose ella misma, el sofá crujiendo bajo ellos. El tele seguía encendido, ahora mostrando discursos emotivos, pero ellos estaban en su propio mundo de éxtasis.

El clímax se acercaba como un tren desbocado. Ana sintió el orgasmo nacer en su clítoris, expandiéndose en oleadas calientes. —¡Me vengo, no pares! —chilló, su panocha contrayéndose alrededor de la verga como un puño. El placer la atravesó, cegándola, jugos chorreando por sus muslos. Cristo rugió, hundiéndose hasta el fondo, su leche caliente inundándola en chorros potentes.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Cristo la abrazó por detrás, besándole la nuca húmeda. El tele anunciaba ganadores, pero ellos ya tenían sus propios premios: el brillo en sus ojos, la paz profunda en sus almas entrelazadas.

—Esta fue La Pasion de Cristo de verdad, mi amor. Y ganamos todos los premios Oscar del mundo —susurró él, riendo bajito.

Ana sonrió, girándose para besarlo lento.

En este momento, nada más importa. Solo él, yo, y esta conexión que nos hace eternos
. Afuera, la ciudad de México brillaba indiferente, pero dentro, el afterglow los envolvía como una manta cálida, prometiendo más noches de pasión infinita.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.