Pasión de Gavilanes Capítulo 87 Fuego en la Carne
Sofía se recostó en el sofá de la sala amplia de la hacienda, el aire cargado con el aroma dulce del mezcal que acababa de servir en dos vasos bajos. La televisión parpadeaba con las luces vibrantes de Pasión de Gavilanes capítulo 87, esa escena donde los amantes se devoraban con los ojos bajo la luna llena. El calor de la noche veraniega en las afueras de Guadalajara se colaba por las ventanas abiertas, trayendo el canto lejano de los grillos y el susurro de las hojas de los nopalitos en el jardín. Alejandro, su carnal de toda la vida, ahora su amante secreto, se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella con una electricidad que le erizaba la piel.
Qué chingón está este capítulo, murmuró él con esa voz ronca que siempre le ponía la piel de gallina. Sofía giró la cabeza, sus ojos negros clavándose en los de él, verdes como los campos después de la lluvia. Llevaban meses bailando alrededor de este deseo, desde que volvieron a encontrarse en la fiesta de los primos Reyes. Él, el vaquero guapo con el sombrero ladeado y la camisa ajustada que marcaba sus pectorales duros del trabajo en el rancho. Ella, la citadina que había regresado al pueblo por herencia, con curvas que lo volvían loco cada vez que la veía caminar con esos jeans ceñidos.
En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos, manos explorando bajo las blusas vaporosas. Sofía sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas, su panochita humedeciéndose solo de imaginarlo.
¿Por qué carajos no soy yo la que está ahí, sintiendo esas manos en mi cuerpo?El pulso le latía en las sienes, y cuando Alejandro le pasó el brazo por los hombros, su olor a tierra fresca y sudor masculino la invadió como un afrodisíaco puro.
Él notó su respiración agitada. ¿Estás bien, mi reina? preguntó, su aliento cálido rozándole la oreja. Sofía no respondió con palabras; en cambio, giró el rostro y capturó sus labios en un beso lento, probando el mezcal en su lengua, salado y ardiente. Las manos de Alejandro se deslizaron por su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas firmes con una posesión que la hizo gemir bajito. Órale, Sofi, me traes bien puesto, gruñó él contra su boca, mientras la escena de la telenovela seguía rugiendo de fondo, ignorada ya por completo.
Se levantaron como uno solo, tropezando un poco con la mesita de centro, riendo entre besos. El pasillo hacia la recámara principal olía a jazmín del jardín, y las luces tenues de las velas que Sofía había encendido antes pintaban sombras danzantes en las paredes de adobe. La cama king size los esperaba, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia de amante. Alejandro la tumbó con gentileza pero firmeza, sus ojos devorándola mientras se quitaba la camisa, revelando el torso bronceado, marcado por cicatrices leves de jinetes caídas y músculos que se contraían con cada movimiento.
Sofía se incorporó sobre los codos, el corazón martilleándole el pecho. Quítame todo, carnal, susurró, su voz temblorosa de anticipación. Él obedeció, desabrochando botón por botón su blusa floreada, besando cada centímetro de piel que liberaba. El roce de sus labios ásperos por la barba incipiente le arrancaba suspiros; olía a él, a hombre puro, mezclado con el perfume floral que ella usaba. Cuando llegó a sus pechos, llenos y turgentes bajo el sostén de encaje negro, los liberó con un movimiento experto. Sus pezones se endurecieron al aire fresco, y Alejandro los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro con dedos callosos.
¡Ay, Diosito, qué rico! jadeó ella, arqueando la espalda. Sus manos se enredaron en el cabello oscuro de él, tirando suave para guiarlo. El sonido de sus lenguas chupando, húmedo y obsceno, llenaba la habitación, compitiendo con el zumbido distante del ventilador de techo. Bajó las manos de Sofía a su cinturón, y ella lo desabrochó con dedos ansiosos, liberando su verga gruesa y venosa, ya dura como piedra, palpitando contra su palma. La piel era aterciopelada, caliente, y el olor almizclado de su excitación la mareó de deseo.
Alejandro se arrodilló entre sus piernas, quitándole los jeans con urgencia. Mírate, toda mojada por mí, dijo al ver su tanga empapada. La arrancó de un tirón, exponiendo su sexo depilado, hinchado y reluciente. Sofía se sonrojó, pero el hambre en sus ojos la empoderó.
Es mío esta noche, todo él para míÉl separó sus muslos con manos grandes, besando el interior sensible, subiendo hasta soplar aire caliente sobre su clítoris. Ella gritó bajito cuando su lengua la tocó por primera vez, plana y ancha, lamiendo de abajo arriba en movimientos lentos que la volvían loca.
El placer era una ola creciente: el roce áspero de su barba contra sus pliegues suaves, el sabor salado de sus jugos que él bebía como néctar, los gemidos guturales que vibraban contra su carne. Sofía se retorcía, clavando las uñas en las sábanas, el sudor perlando su frente. Más rápido, pendejo, no me hagas esperar, suplicó con una sonrisa juguetona. Él aceleró, metiendo dos dedos gruesos en su interior resbaladizo, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de su coño chupado y follado con dedos la avergonzaba y excitaba a partes iguales.
Pero Alejandro quería más equilibrio. La volteó boca abajo con facilidad, su fuerza la hacía sentir pequeña y protegida. Ahora tú, mi amor, dijo, guiándola a sentarse sobre su rostro. Sofía montó su boca, frotándose contra su lengua ávida, mientras se inclinaba para tomar su verga en la mano. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el líquido preseminal salado, luego se la tragó hasta la garganta, gimiendo con la boca llena. Él embestía suave desde abajo, follándole la boca mientras ella cabalgaba su cara, sus jugos chorreando por su barbilla.
La tensión era insoportable ahora, un nudo apretado en el vientre de ambos. Te necesito dentro, ya, rogó Sofía, apartándose jadeante. Él la puso de rodillas, alineando su verga con su entrada empapada. Entró de un solo empujón lento, estirándola deliciosamente, llenándola hasta el fondo. ¡Qué apretadita estás, carajo! gruñó, sus caderas chocando contra sus nalgas con un plaf rítmico. El olor del sexo impregnaba el aire, sudor y fluidos mezclados, mientras el colchón crujía bajo ellos.
Follaron como animales en celo primero, duro y rápido, sus gritos resonando: ¡Sí, así, fóllame más fuerte! pedía ella, empujando hacia atrás. Luego aminoraron, él la abrazó por detrás, besándole el cuello mientras se mecía profundo, rozando su próstata interna con cada estocada. Sofía sentía cada vena de su verga, el calor pulsante, el roce de sus bolas contra su clítoris.
Esto es el paraíso, neta, nunca había sentido tanto
El clímax la golpeó como un rayo: ondas de placer desde el coño hasta la punta de los dedos, gritando su nombre mientras se contraía alrededor de él, ordeñándolo. Alejandro la siguió segundos después, embistiendo una última vez y derramándose dentro con un rugido gutural, chorros calientes inundándola. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.
En la quietud posterior, con la televisión aún murmurando el final de Pasión de Gavilanes capítulo 87 de fondo, Alejandro la besó en la sien. Eres mi gavilana, Sofi, mi pasión eterna, susurró. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña, el corazón lleno de una paz ardiente. El aroma de sus cuerpos unidos persistía, un recordatorio tangible de la entrega total. Afuera, la noche cantaba su aprobación, y ellos se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas de más noches como esta.