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Libros Para Encontrar Tu Pasión

6397 palabras

Libros Para Encontrar Tu Pasión

Tú caminas por las calles empedradas del Centro Histórico de la Ciudad de México, con el sol de la tarde calentando tu piel morena y el aroma a café de chinos flotando en el aire. Sientes un vacío chueco en el pecho, como si la vida te hubiera dejado en pausa. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir así, wey? piensas mientras entras a El Rincón de las Letras, una librería antigua con estanterías que huelen a papel viejo y tinta fresca. El polvo danza en los rayos de luz que se cuelan por las vitrinas.

Te diriges directo a la sección de autoayuda, pero tus ojos se clavan en un letrero handwritten: Libros para encontrar tu pasión. Sonríes, neta, porque justo eso necesitas. Tus dedos rozan las portadas coloridas, sintiendo la textura áspera del cartón bajo las yemas. Tomas uno titulado Despierta el Fuego Interior, con una silueta sensual en la tapa. De repente, una voz grave y juguetona te saca de tu trance.

¿Buscas algo que te prenda la mecha, morra?

Te volteas y ahí está él: Diego, el librero, con ojos cafés intensos que te recorren de arriba abajo sin pena. Es alto, con barba recortada, camisa de lino arremangada dejando ver antebrazos fuertes y tatuados con motivos prehispánicos. Huele a sándalo y algo más, como vainilla quemada. Chingón, piensas, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

—Sí, algo así —respondes con una sonrisa pícara—. Libros para encontrar tu pasión, ¿no? Suena a lo que me hace falta.

Él se acerca, su aliento cálido rozando tu oreja mientras te pasa otro libro de la pila.

—Este te va a volar la cabeza. Habla de cómo el cuerpo guarda secretos que solo despiertan con el toque correcto. Léelo y verás.

Charlan media hora: de tacos al pastor en la esquina, de cómo la CDMX te roba el alma con su caos, de pasiones reprimidas en la rutina diaria. Sus risas retumban suaves, y cada vez que sus manos se rozan al pasar páginas, sientes chispas. Pagas el libro con el corazón latiendo fuerte y sales con una promesa en el aire: Vuelve mañana, ¿sale?

En tu depa en la Roma, te tiras en la cama con las sábanas frescas oliendo a lavanda. Abres el libro bajo la luz ámbar de la lámpara. Las palabras te envuelven: descripciones de pieles que se funden, alientos entrecortados, el sabor salado del deseo. Tus manos recorren las páginas, pero pronto bajan por tu cuello, rozando la curva de tus pechos. Imagínalo a él, susurra la voz en tu cabeza. Cierras los ojos y lo ves: Diego presionándote contra las estanterías, su boca devorando la tuya, manos grandes explorando tus caderas. Tu cuerpo responde, húmedo y ardiente, pero te detienes. No, esto necesita ser real.

Al día siguiente, regresas a la librería con el pulso acelerado. El lugar está vacío, solo el tic-tac de un reloj antiguo y el zumbido de un ventilador. Diego te ve entrar y su sonrisa es puro fuego.

—¿Ya encontraste tu pasión, o sigues buscando?

—Creo que la encontré aquí mismo —dices, acercándote hasta que sus pechos casi se tocan—. En estos libros para encontrar tu pasión... y en ti.

Él no dice nada, solo te toma de la mano y te lleva al fondo, detrás de una cortina pesada que huele a madera y misterio. Suben unas escaleras chirriantes a su loft arriba. La habitación es un nido: cama king con edredón suave, velas parpadeando, música de Natalia Lafourcade sonando bajito desde un tocadiscos.

Se besan despacio al principio, labios suaves probando sabores: el tuyo a menta de chicle, el de él a café negro. Sus lenguas danzan, húmedas y urgentes. Sientes su erección presionando contra tu vientre, dura como piedra bajo la tela. Qué rico, gimes en silencio mientras sus manos suben por tu blusa, desabrochando botones con dedos temblorosos de anticipación.

—Estás chida, wey —murmura contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible—. Neta, desde ayer no dejo de pensar en ti.

Tú respondes quitándole la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho velludo. Hueles su aroma masculino, mezclado con el de los libros abajo. Caen en la cama, cuerpos enredándose. Tus uñas arañan su espalda mientras él besa tu ombligo, bajando lento, torturante. El aire se llena de jadeos, el sonido de ropa rasgándose, piel contra piel resbaladiza.

Te abre las piernas con gentileza, sus ojos pidiendo permiso. Asientes, sí, carnal, dame todo. Su lengua encuentra tu clítoris, lamiendo con maestría: círculos lentos que te hacen arquear la espalda, chupadas que te arrancan gemidos roncos. Saboreas tu propia excitación en sus labios cuando lo besas después, salada y dulce. Tus caderas se mueven solas, persiguiendo el placer que sube como ola.

—No aguanto más —dice él, voz quebrada, poniéndose un condón con manos ansiosas.

Te penetra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sientes cada vena, cada pulso de su verga dentro de ti, llenándote hasta el fondo. Empiezan ritmado: embestidas profundas que chocan con sonidos húmedos, pelotas golpeando tu culo. Aceleran, sudor goteando, pechos rebotando. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, mientras él te agarra las nalgas, clavando dedos.

Esto es la pasión, neta, piensas en medio del torbellino. Los libros tenían razón.

Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como reina, sintiendo cómo toca ese punto que te deshace. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones duros. Gritas su nombre, el placer explotando en contracciones que lo llevan al borde. Él se corre con un rugido gutural, llenando el condón mientras tú tiemblas en oleadas interminables.

Se derrumban juntos, pechos agitados, piel pegajosa y brillante. El cuarto huele a sexo crudo, a sudor y semen. Él te abraza, besando tu frente húmeda.

—Gracias por volver —susurra—. Esto es solo el principio.

Tú sonríes, trazando patrones en su pecho con el dedo. Abajo, los libros esperan, testigos mudos de cómo encontraste tu pasión: en palabras impresas, en un encuentro ardiente, en el latido compartido de dos cuerpos en sintonía. Sales al balcón, con la ciudad rugiendo abajo, sintiéndote viva, completa. Ya no hay vacío, piensas. Solo fuego que arde eterno.

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