Cañaveral de Pasiones Juan Soler
El aire estaba cargado de ese olor dulce y terroso que solo un cañaveral sabe desprender, como si la tierra misma sudara miel y promesas. Yo, Mariana, había llegado a Veracruz buscando un respiro de la ciudad, de esos días eternos en la oficina donde el estrés me comía viva. Un amigo me habló del Cañaveral de Pasiones, la finca de Juan Soler, un tipo que decían era medio mito por acá: alto, moreno, con ojos que te desnudaban sin decir palabra. "Es un paraíso, mija", me dijo, "pero cuídate, que Juan enciende pasiones como nadie".
Órale, pensé, ¿qué tanto? Bajé del camión polvoriento y ahí estaba él, esperándome junto a su troca vieja pero impecable. Juan Soler en carne y hueso: camisa blanca pegada al pecho por el sudor, pantalón de mezclilla gastado que marcaba sus piernas fuertes, y una sonrisa pícara que me hizo apretar las muslos sin querer.
"¿Mariana? Bienvenida al Cañaveral de Pasiones Juan Soler. Soy yo, el dueño de este pedazo de cielo."Su voz grave, con ese acento veracruzano arrastrado, me erizó la piel. Le di la mano y sentí su palma callosa, áspera como la caña que cortaba, pero cálida, viva.
Me llevó a la casa principal, una cabaña de madera con techo de palma, rodeada de campos infinitos que se mecían con el viento como amantes en secreto. El sol pintaba todo de oro, y el zumbido de las chicharras era como un pulso constante. Cenamos tacos de pescado fresco con salsa macha que él mismo preparó, riéndonos de tonterías. Qué chulo, pensé, viéndolo masticar con esa boca carnosa. Sus ojos se clavaban en mí, y yo sentía el calor subir desde el estómago, un cosquilleo traicionero entre las piernas. "¿Y tú qué, Juan? ¿Siempre tan solo en este mar de caña?" Le guiñé el ojo, juguetona. Él rio bajito.
"No tan solo ahora que llegaste tú, morra."
La noche cayó como un velo negro salpicado de estrellas. Caminamos por el borde del cañaveral, las hojas altas rozándonos los brazos como dedos curiosos. El aire olía a tierra húmeda, a caña madura y a algo más: su sudor mezclado con el mío. Mi corazón latía fuerte, y cada roce accidental –su mano en mi cintura para guiarme– me ponía la piel de gallina. ¿Qué chingados me pasa? me dije, pero el deseo ya ardía. Juan se detuvo de pronto, volteó hacia mí. La luna iluminaba su rostro anguloso, sus labios entreabiertos.
"Este lugar despierta cosas, Mariana. Pasiones que no se controlan."Su aliento cálido en mi cuello, y yo, sin pensarlo, lo besé.
Sus labios eran firmes, sabían a tequila y sal, y su lengua invadió mi boca con hambre contenida. Me apretó contra él, su pecho duro contra mis tetas, y sentí su verga endureciéndose contra mi vientre. Qué rica dureza, gemí por dentro mientras mis manos bajaban por su espalda, clavando uñas en su piel morena. El viento susurraba entre las cañas, un sonido hipnótico que ahogaba mis jadeos. Me levantó en brazos como si nada, y nos metimos al corazón del cañaveral, donde las hojas nos ocultaban como un nido secreto.
Ahí, tirados sobre la tierra blanda cubierta de caña seca, la tensión explotó. Juan me quitó la blusa con urgencia, sus manos grandes amasando mis pechos, pellizcando los pezones hasta que dolió rico.
"Qué chingonas tetas, Mariana. Para comértelas vivas."Chupó uno, mordisqueando suave, y yo arqueé la espalda, oliendo su pelo mojado de sudor, ese aroma macho que me volvía loca. Mis dedos desabrocharon su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado como tambores jarocho. No mames, qué pedazo de tranca, pensé, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado.
Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi concha ya empapada. Me bajó los shorts, sus dedos hurgando mi clítoris hinchado, metiéndose adentro con facilidad.
"Estás chorreando, carnalita. Te quiero ya."Me volteó boca abajo, mi culo en pompa contra su cara, y su lengua me devoró: lamidas largas, chupadas en el ano que me hicieron gritar. El roce áspero de las cañas en mis rodillas, el olor a tierra fértil y sexo, todo se mezclaba en una sinfonía de placer. Me penetró de rodillas, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué rico! grité, empujando contra él.
El ritmo empezó lento, sus embestidas profundas que me rozaban el punto G, haciendo que mis paredes se contrajeran. Sudábamos como locos, piel resbalosa chocando con palmadas húmedas: plap-plap-plap, eco en el cañaveral. Sus manos en mis caderas, jalándome fuerte, y yo volteando para morder su labio.
"Más duro, Juan. Fóllame como hombre."Aceleró, su aliento jadeante en mi oreja, "Eres una diosa, pinche rica". Sentía cada vena de su verga frotándome, el sudor goteando de su pecho a mi espalda, el viento fresco secándolo al instante. Mi clítoris palpitaba, y con una mano me lo masajeé, el orgasmo construyéndose como tormenta.
Pero no quería acabar tan rápido. Lo empujé, montándolo a horcajadas. Su verga entró recto al cielo, y yo cabalgaba como en fiesta de pueblo: arriba-abajo, girando caderas, mis tetas rebotando en su cara. Él las chupaba, gruñendo, sus manos apretando mi culo. Este cañaveral es puro fuego, pensé, mientras el placer subía en oleadas. El olor de nuestras jugadas mezcladas, dulce como la caña, me embriagaba. Sus dedos en mi ano, presionando suave, y yo exploté: un grito ronco, mi concha apretándolo como puño, chorros calientes bajando por sus bolas.
Juan no se quedó atrás. Me volteó de nuevo, misionero salvaje, sus ojos clavados en los míos.
"Me vengo, morra. Dónde quieres.""Adentro, lléname", supliqué. Embistió como toro, su verga hinchándose, y eyaculó chorros calientes que me inundaron, goteando fuera. Colapsamos, jadeando, el cañaveral meciéndose testigo silencioso. Su peso sobre mí, protector, su corazón tronando contra el mío.
Después, recostados en la caña suave, el cielo estrellado sobre nosotros. Juan me acariciaba el pelo, su voz ronca susurrando
"El Cañaveral de Pasiones Juan Soler nunca había ardido así. Quédate, Mariana."Yo sonreí, oliendo nuestro sexo en la piel, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo tembloroso. Este lugar me cambió, pensé. No era solo sexo; era conexión, pasión cruda como la tierra veracruzana. Al amanecer, con el sol besando las cañas, supe que volvería. El cañaveral nos había unido, y las pasiones seguían vivas, latiendo en cada hoja.