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La Pasion de Hombre que me Enciende

6377 palabras

La Pasion de Hombre que me Enciende

La noche en Polanco estaba viva con ese bullicio que solo México sabe dar. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas llenas de gente elegante, risas y copas chocando. Yo, Valeria, acababa de salir de una junta eterna en la Condesa, con el cuerpo tenso por el estrés del día. Decidí meterme al bar de la esquina, uno de esos lugares con música salsa suave y tequilas que queman justo como deben. Pedí un margarita helado, el vaso empañado rozando mis labios, y ahí lo vi. Alto, moreno, con esa camisa ajustada que marcaba los músculos de su pecho. Sus ojos me clavaron en el sitio, oscuros como el mole poblano, prometiendo travesuras.

¿Qué carajos me pasa? Este wey parece sacado de un sueño caliente, pensé mientras él se acercaba con una sonrisa pícara. Se presentó como Diego, un arquitecto que andaba celebrando un cierre de proyecto. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de lo rica que está la comida en el Mercado de San Juan, de cómo el tequila nos hace sentir invencibles. Su voz grave me erizaba la piel, y cada vez que reía, sentía un cosquilleo entre las piernas. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que grita pasión de hombre.

La tensión crecía con cada sorbo. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el limón, y juro que un chispazo me recorrió el brazo hasta el ombligo.

"Órale, Valeria, ¿vienes seguido por acá? Porque con esa mirada, vas a prender fuego al lugar"
, me dijo, su aliento cálido en mi oreja. Le contesté con una risa coqueta: Neta, este cuate sabe jugar. Bailamos un rato, sus caderas pegadas a las mías al ritmo de la cumbia rebajada. Sentía su dureza presionando contra mi trasero, y el calor de su cuerpo me hacía mojarme sin remedio.

Salimos del bar tomada de su mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que nos ardía por dentro. Caminamos hasta su departamento en una torre reluciente, con vistas al skyline de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos como una tormenta. Sabían a tequila y deseo puro, su lengua explorando mi boca con hambre voraz. Esto es lo que necesitaba, un hombre que tome el control sin pedir permiso, pero que me haga sentir reina.

Me quitó el vestido negro con manos expertas, deslizándolo por mis hombros hasta que quedé en lencería de encaje rojo. Sus ojos se devoraron mi piel, recorriendo mis pechos que subían y bajaban con la respiración agitada. Pasión de hombre en estado puro: ruda, intensa, pero con esa ternura que te derrite. Me cargó hasta la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves bajo mi espalda desnuda. El cuarto olía a velas de vainilla que él prendió, y la ciudad murmuraba afuera como un secreto compartido.

Empezó besando mi cuello, mordisqueando justo donde late el pulso, haciendo que gemidos escaparan de mi garganta.

"Eres tan chingona, Valeria, tan mojada por mí"
, murmuró mientras sus dedos bajaban por mi vientre, abriendo mis piernas con delicadeza. Sentí el roce de su barba incipiente en mis muslos internos, raspando deliciosamente antes de que su lengua encontrara mi clítoris. ¡Qué rico! Ese lametón lento, chupando como si fuera el mejor pozole de mi vida. Arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su cabello negro, el sonido de mi humedad llenando el aire junto con mis jadeos.

Pero no quería que terminara ahí. Lo empujé hacia arriba, desabrochando su pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con esa pasión de hombre que me volvía loca. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, el sabor salado cuando la lamí desde la base hasta la punta. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho. Me encanta este poder, hacerlo temblar así. Lo chupé profundo, mi saliva resbalando, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca.

La intensidad subía como el volcán Popocatépetl en erupción. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío, piel contra piel sudada. Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, ese estirón perfecto que duele rico.

"¡Pinche Valeria, qué apretada estás, qué delicia!"
. Empezamos a follar con furia contenida: él embistiendo fuerte, yo respondiendo con la cadera, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando como tambores aztecas. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, su aliento caliente en mi nuca, oliendo a sexo puro y colonia mezclada.

Inner struggle: por un segundo dudé, ¿y si es solo una noche? ¿Y si quiero más?, pero su mano rodeó mi cintura, acariciando mi clítoris mientras me penetraba más hondo. Eso barrió cualquier duda. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como amazona en el desierto de Sonora. Mis tetas rebotaban, él las amasaba con ganas, pellizcando los pezones hasta que grité de placer. El olor de nuestra excitación lo llenaba todo, almizcle y feromonas mexicanas.

La tensión llegó al pico cuando me puso de lado, una pierna sobre su hombro, penetrándome profundo mientras sus dedos jugaban con mi ano, prometiendo más. Siento su pasión de hombre latiendo dentro de mí, como un corazón salvaje. Gemí más fuerte, el colchón crujiendo, la ciudad testigo muda. El orgasmo me golpeó como un camión en Insurgentes: olas de placer desde el útero hasta las yemas de los dedos, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugo empapando las sábanas.

Él no se quedó atrás. Con tres embestidas brutales, se corrió dentro de mí, su leche caliente inundándome, gruñendo mi nombre como oración.

"¡Valeria, qué chingonería!"
. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El afterglow fue puro éxtasis: su mano acariciando mi cabello, besos suaves en la frente. Afuera, la lluvia empezó a caer, tamborileando en las ventanas como aplauso final.

Nos quedamos así un rato, respirando el aroma de sexo y piel satisfecha. Esta pasión de hombre no es solo fuego, es algo que calienta el alma. Hablamos bajito de volver a vernos, de tacos al pastor en la mañana. Me dormí en sus brazos, con el sabor de él aún en la boca, sabiendo que esta noche había sido el comienzo de algo ardiente.

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