La Pasion Jim Caviezel
Estaba sola en mi departamento en Polanco, con la ciudad de México brillando allá afuera como un mar de luces parpadeantes. Era una de esas noches en que el calor del verano se colaba por las ventanas entreabiertas, trayendo consigo el aroma a jazmines del jardín vecino y el lejano rumor de los coches en Reforma. Yo, Karla, de treinta y tantos, con mi cuerpo curvilíneo que aún volvía cabezas en la calle, me serví un tequila reposado en un vaso helado. El líquido ámbar bajó suave por mi garganta, despertando un cosquilleo que se extendió hasta mi vientre.
Encendí la tele por puro desmadre, buscando algo que me sacara del tedio. Y ahí estaba: La Pasión de Cristo, con Jim Caviezel en el papel principal. Wey, qué hombre. Su rostro anguloso, esos ojos verdes que perforaban el alma, su cuerpo marcado por el sufrimiento pero fuerte como roble. Cada latigazo en la pantalla hacía que mi piel se erizara, no de dolor, sino de algo más profundo, más carnal. Sentí un pulso caliente entre mis muslos, mi panocha humedeciéndose solo con imaginar esas manos callosas sobre mí.
¡Carajo, Jim Caviezel! Esa pasión en tu mirada me está volviendo loca. Quiero sentirte, no como en la película, sino como hombre, sudado y hambriento.
Me recargué en el sofá de piel suave, mis dedos bajando por mi blusa suelta hasta rozar mis pezones endurecidos. El sonido de los gemidos ahogados de la película se mezclaba con mi respiración agitada. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce que me traicionaba. Pero no era suficiente. Apagué la tele de un jalón y me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis caderas anchas. Andale, Karla, sal y busca lo tuyo, me dije. Agarré mi bolsa y bajé al bar de la esquina, el que siempre está lleno de tipos interesantes.
El lugar olía a mezcal ahumado y cigarros electrónicos, con salsa ranchera sonando bajito de fondo. Luces tenues pintaban sombras en las paredes de ladrillo visto. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal, y ahí lo vi. Un vato alto, moreno, con esa misma mandíbula cuadrada y ojos intensos. Era como si Jim Caviezel hubiera bajado de la pantalla y aterrizado en México. Se llamaba Javier, me dijo al acercarse con una sonrisa pícara que me derritió las rodillas.
—¿Qué hace una chava como tú sola aquí? —preguntó con voz grave, como un ronroneo que vibró en mi pecho.
—Buscando un poco de pasión, wey —le contesté, mordiéndome el labio, mientras su mano rozaba la mía al pasarme el trago. Su piel era cálida, áspera por el trabajo —era actor de teatro, me platicó después–, y ese toque envió chispas directo a mi centro.
Hablamos de todo: de películas, de la vida loca en la CDMX, de cómo a veces uno necesita soltarse. Sus ojos no se apartaban de los míos, y yo sentía su mirada como caricias invisibles bajando por mi cuello, mis tetas, hasta mis piernas cruzadas. El aire entre nosotros se cargaba de electricidad, con el sabor salado de las botanas y el dulzor de su aliento a tequila. Cuando me invitó a su hotel a unas cuadras, no lo pensé dos veces. Esto es lo que necesitaba: la pasión Jim Caviezel hecha carne.
En el elevador del hotel boutique, ya no aguantamos. Sus labios cayeron sobre los míos con hambre, saboreando a margarita y deseo puro. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, explorando cada rincón mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas contra su erección dura como piedra. Olía a su colonia amaderada mezclada con sudor fresco, un afrodisíaco que me mareaba. —Estás cañona, Karla —murmuró contra mi oreja, mordisqueándola suave.
Entramos a la habitación con la luz de la ciudad filtrándose por las cortinas. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis pechos. Sus dedos trazaron mi espina dorsal, erizándome toda, mientras yo le arrancaba la camisa para lamer su pecho firme, salado al gusto. Su verga presionaba contra mis muslos, gruesa y palpitante, y yo la liberé de los pantalones con urgencia juguetona.
Es él, Dios mío. La pasión de Jim Caviezel en mis manos, caliente y real. No puedo creerlo, pero lo quiero todo.
Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Javier me abrió las piernas con gentileza, sus ojos devorándome. Bajó la cabeza y su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con maestría que me arqueó la espalda. El sonido húmedo de su boca chupando mi panocha mojada se mezclaba con mis jadeos, el slap-slap rítmico que me volvía loca. —¡Sí, así, cabrón! —le grité, enredando mis dedos en su pelo oscuro mientras el placer subía como ola.
Pero quería más. Lo volteé, montándome a horcajadas sobre su rostro primero, frotándome contra su nariz y boca hasta casi correrme. Luego bajé, guiando su verga hacia mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, mientras él gemía mi nombre con voz ronca. Empecé a moverme, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando al ritmo de mis caderas. El slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto al crujir de la cama y nuestros alaridos.
Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, y embistió profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Sudábamos como locos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mi piel pegajosa contra la suya. Me jalaba el pelo suave, no para dominar, sino para acercarme más, susurrándome guarradas al oído: —Estás tan apretadita, mi reina, córrete en mi verga.
La tensión creció como tormenta: mis músculos internos apretándolo, su ritmo acelerando, mis uñas clavándose en sus hombros. El clímax nos golpeó juntos; yo exploté primero, un grito gutural escapando mientras mi panocha se contraía en espasmos, chorros de placer mojando sus muslos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí.
En el afterglow, nos quedamos abrazados, su corazón latiendo contra mi pecho al mismo ritmo que el mío. El aire olía a semen y sudor satisfecho, con el fresco de la noche colándose por la ventana. Javier me besó la frente, suave, y yo tracé sus facciones con los dedos, todavía incrédula.
Esto fue más que sexo: fue vivir la pasión Jim Caviezel, esa intensidad que me consumió desde la pantalla hasta esta cama. Y qué chido saber que la pasión real sabe mejor.
Nos despedimos al amanecer con promesas de repetir, un beso largo que dejó sabor a más. Salí a la calle bañada en sol mexicano, mi cuerpo zumbando de recuerdos táctiles, el eco de gemidos en mis oídos. La ciudad bullía a mi alrededor, pero yo llevaba conmigo esa pasión eterna, lista para encenderse de nuevo cuando quisiera.