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Cuadro La Pasion de Cristo Desnuda Pasiones

6464 palabras

Cuadro La Pasion de Cristo Desnuda Pasiones

Entré a la iglesia de San Miguel en el corazón de Puebla una tarde de esas que el sol pica como chile habanero. El aire estaba cargado de incienso dulce, mezclado con el olor a madera vieja y cera de velas. Yo, Ana, una pintora de veintiocho años que andaba buscando inspiración para mi próxima exposición, me quedé clavada frente al cuadro La Pasion de Cristo. Era una obra colonial impresionante, con Jesús todo sudado y marcado, los músculos tensos bajo la piel lacerada, los ojos llenos de un sufrimiento que parecía gritar pasión contenida. Neta, ese cuadro me puso la piel chinita. No era solo dolor, había algo carnal ahí, como si el pintor hubiera vertido su propia calentura en cada trazo.

¿Por qué carajos me excita tanto esto? pensé, mientras mi mano rozaba el borde del marco dorado. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos. Llevaba una falda ligera de algodón que se pegaba a mis piernas por el bochorno, y de repente me imaginé a mí misma en esa pose, expuesta, deseada.

Entonces lo vi a él. Diego, el restaurador del templo, un morro de unos treinta, con camisa blanca arremangada que dejaba ver unos brazos fuertes y tatuados con motivos prehispánicos. Traía el pelo negro revuelto y una sonrisa pícara que decía te comería con los ojos. Se acercó limpiándose las manos en un trapo manchado de pintura.

—Órale, güerita, ¿qué te trae por acá? ¿Buscando al Señor o algo más interesante? —me dijo con esa voz ronca que vibra en el pecho.

Me reí, sintiendo el calor subir a mis mejillas. —Simón, wey, este cuadro La Pasion de Cristo me tiene bien prendida. Mira cómo pinta el sudor, las venas... es como si estuviera vivo.

Él se paró a mi lado, tan cerca que olí su colonia fresca con toques de madera de cedro. —Es mi chido, lo estoy restaurando. El artista era un fraile que seguro tenía sus pecaditos. ¿Ves aquí? —Señaló el torso de Cristo, su dedo rozando el mío accidentalmente. Un chispazo me recorrió el cuerpo.

Platicamos un rato, de arte, de pasiones reprimidas en la colonia. Él me contó que el cuadro escondía símbolos eróticos, como las espinas que parecían flechas de deseo. Yo sentía mi corazón latiendo fuerte, mis pezones endureciéndose bajo la blusa. ¿Y si lo beso ahorita, en plena iglesia? La tensión crecía, el silencio del lugar roto solo por el eco de nuestros susurros y el lejano tañido de una campana.

—Ven, te enseño el taller —me dijo, tomándome la mano con calidez firme. Caminamos por un pasillo lateral, el suelo de cantera fría bajo mis sandalias. Entramos a una salita detrás del altar, llena de lienzos, pinceles y el olor penetrante a trementina y óleo fresco.

Aquí empezó lo bueno. Cerró la puerta con un clic suave, y nos quedamos mirándonos, el aire espeso como miel. —Ana, desde que te vi frente al cuadro, supe que eras como él: pura pasión —murmuró, acercándose. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando, con sabor a café y menta. Abrí la boca, mi lengua encontrando la suya en un baile húmedo y urgente.

¡Chíngame, qué rico! pensé mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas sobre la falda. Lo jalé hacia mí, sintiendo su verga dura presionando contra mi vientre. Era gruesa, pulsante, como prometía esa fuerza contenida del cuadro.

Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. —Estás rica, pinche diosa —gruñó, chupando un pezón hasta que gemí bajito. El sonido rebotó en las paredes, mezclándose con su respiración agitada. Yo le desabroché la camisa, arañando su pecho velludo, oliendo su piel masculina, ese aroma terroso que me volvía loca.

Caímos sobre un catre viejo cubierto de telas suaves, mi falda subida hasta la cintura. Sus dedos exploraron mi concha ya empapada, resbalosos de mis jugos. —Estás chorreando, carnala —dijo riendo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Yo arqueé la espalda, gimiendo su nombre, el placer subiendo como una ola ardiente.

Pero no quería acabar así. Lo empujé, quitándole los pantalones. Su verga saltó libre, venosa y brillante de pre-semen, con un olor almizclado que me hizo salivar. La tomé en la boca, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su sal salada. Él jadeaba, enredando los dedos en mi pelo: —¡No mames, qué chida chupas!

La tensión era insoportable, como el Cristo en el cuadro, al borde del éxtasis. Me subí encima, guiando su pija a mi entrada húmeda. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. —¡Ay, wey, qué grande! —exclamé, empezando a mover las caderas en círculos lentos.

Él me agarró las tetas, pellizcando los pezones mientras yo cabalgaba más rápido. El catre crujía, nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el sudor nos unía como pegamento. Olía a sexo puro, a deseo desatado. Esto es la verdadera pasión de Cristo, carnal y libre, pensé en medio del mareo.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo. Cada estocada era un latigazo de placer, mi clítoris rozando su pubis. Gemía sin control, mordiéndome los labios para no gritar. —¡Más fuerte, pendejo, rómpeme! —le pedí, y él obedeció, sudando sobre mí, sus ojos fijos en los míos, conexión total.

El clímax llegó como un terremoto. Sentí las contracciones en mi concha, ordeñando su verga, el placer explotando en chispas por todo mi cuerpo. Él gruñó, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos. Nos quedamos temblando, pegados, respiraciones entrecortadas.

Después, en el afterglow, yacimos abrazados bajo la luz tenue que filtraba por una ventana alta. Su mano acariciaba mi pelo, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón calmarse. —Ese cuadro... nos unió, ¿verdad? —susurró.

—Neta que sí. La pasión no es solo sufrir, es esto: sentir hasta el fondo —respondí, besando su piel salada.

Salimos de la iglesia al atardecer, el cielo pintado de rojos como el cuadro. Caminamos por las calles empedradas, tomados de la mano, sabiendo que esto era solo el principio. El cuadro La Pasion de Cristo se quedó grabado en nosotros, no como dolor, sino como fuego vivo que desnuda las pasiones más profundas del alma.

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