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El Color de la Pasión Primer Capítulo

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El Color de la Pasión Primer Capítulo

La noche en el corazón de Guadalajara ardía con un calor que se pegaba a la piel como miel derretida. Yo, Valeria, caminaba por las calles empedradas del centro, con el vestido rojo ceñido al cuerpo que hacía que cada paso fuera una promesa. El aroma de tacos al pastor flotaba en el aire, mezclado con el dulzor de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes coloniales. Neta, esta ciudad me enciende, pensé mientras mis tacones resonaban contra el suelo. Había salido con mis amigas a celebrar mi cumpleaños número veintiocho, pero algo en el aire me decía que esta noche sería diferente, como el primer capítulo de algo intenso, algo que pintaría mi vida con el color de la pasión.

Entramos a un bar escondido en una plaza, con luces tenues y mariachis tocando rancheras que vibraban en el pecho. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo la luna. Se llamaba Diego, un pintor callejero que exponía sus obras en las paredes del lugar. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver un tatuaje de un águila extendiendo sus alas.

¿Qué carajos? Ese wey parece sacado de un sueño húmedo
, me dije a mí misma, sintiendo un cosquilleo subir por mis muslos.

Me acerqué a la barra, pidiendo un tequila reposado con limón y sal. Él se giró, como si oliera mi presencia, y sonrió con esa curva pícara que hace que una chava se derrita. "Órale, güerita, ¿vienes a robarme el show o qué?", dijo con voz ronca, acento tapatío puro. Reí, sintiendo el primer roce de electricidad cuando su mano rozó la mía al pasarme el limón. "Simón, wey, pero solo si me dejas probar tu arte primero", respondí juguetona, oliendo su colonia mezclada con el humo de su cigarro.

La tensión empezó como un fuego lento. Bailamos salsa en la pista improvisada, sus manos en mi cintura, fuertes pero gentiles, guiándome con un ritmo que hacía que mi cuerpo se pegara al suyo. Sentía el calor de su pecho contra mis tetas, el roce de su verga endureciéndose contra mi vientre a través de la tela. Sudábamos juntos, el olor salado de nuestra piel mezclándose con el perfume de jazmín que yo llevaba. Chingado, cómo me prende este pendejo, pensé mientras su aliento caliente me rozaba el cuello. Sus labios susurraron en mi oído: "Valeria, tu piel tiene el color de la pasión, roja como el atardecer en el horizonte". Mi corazón latió desbocado, y le mordí el lóbulo de la oreja, saboreando su sabor salado.

El deseo crecía con cada giro, cada mirada. Salimos del bar tomados de la mano, caminando hacia su departamento en una calle cercana, iluminada por faroles antiguos. El aire nocturno era fresco, pero mi cuerpo ardía. En el camino, nos besamos contra una pared, sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando con hambre. Probé el tequila en su boca, mezclado con su esencia masculina. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos rozando el encaje de mis calzones húmedos. "Neta, Valeria, me tienes loco", gruñó, y yo respondí apretando mi pelvis contra él, sintiendo su dureza pulsar.

Llegamos a su depa, un loft con paredes llenas de lienzos vibrantes: rojos intensos, naranjas furiosos, azules profundos. "Aquí pinto el color de la pasión", dijo cerrando la puerta. Me empujó suavemente contra la pared, besándome con urgencia mientras sus manos desabrochaban mi vestido. Lo dejé caer al suelo, quedando en bra y tanga roja. Él se quitó la camisa, revelando músculos definidos por horas de trabajo manual, piel morena brillando bajo la luz ámbar. Olía a hombre, a sudor fresco y deseo crudo.

La escalada fue imparable. Lo llevé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Me recosté, abriendo las piernas invitándolo. Diego se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre. Sentí su aliento caliente en mi monte de Venus, y gemí cuando su lengua lamió el encaje, humedeciéndolo más. "Qué rico hueles, chula, como miel y pecado", murmuró. Le quité la tanga con impaciencia, exponiendo mi concha depilada, reluciente de jugos. Él la devoró: lengua girando en mi clítoris, succionando suave, dedos entrando y saliendo con ritmo experto. Mis caderas se arquearon, uñas clavándose en su cabello negro.

¡Ay, cabrón, no pares! Esto es el cielo
, pensé en éxtasis, mis gemidos llenando la habitación como música prohibida. El sonido húmedo de su boca en mí, el slap slap de sus dedos, me volvía loca. Olía mi propia excitación, almizclada y dulce.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, cabeza rosada goteando precum. "Mira qué chingona", dije admirándola, tomándola en mi mano, sintiendo su calor y pulso. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salinidad salada, metiéndomela hasta la garganta mientras él jadeaba "¡Valeria, qué chida chupas!". Lo masturbé con la boca, lengua jugando en el frenillo, bolas pesadas en mi palma. Sus gemidos roncos, "¡Más, güey, más!", avivaban mi fuego interno.

La intensidad subió cuando me monté sobre él. Su verga entró en mí de un empujón lento, llenándome por completo, estirándome deliciosamente. "¡Ay, sí, Diego, qué rica se siente!", grité, cabalgándolo con furia. Nuestros cuerpos chocaban: piel contra piel, slap slap sudoroso, pechos rebotando. Él amasaba mis tetas, pellizcando pezones duros, boca chupando uno mientras yo me mecía. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes internas, mi clítoris frotándose contra su pubis. El olor de sexo impregnaba el aire, sudor, fluidos mezclados. Mis pensamientos eran un torbellino: Esto es pasión pura, el color rojo sangre latiendo en mis venas.

Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran potentes, caderas girando, verga golpeando mi punto G. "¡Córrete conmigo, amor!", rugió, y yo exploté primero: orgasmos en olas, concha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando, grito ahogado en su cuello. Él siguió, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes de semen, cuerpos temblando juntos. El pico fue eterno: pulsos sincronizados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, su cabeza en mis tetas, dedos trazando patrones en mi espalda. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. "Esto fue solo el primer capítulo, Valeria. Hay más colores por pintar", susurró, besando mi frente. Sonreí, sintiendo una paz profunda, un fuego latente. Afuera, Guadalajara seguía vibrando, pero dentro de mí, el color de la pasión brillaba eterno, prometiendo secuelas inolvidables.

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