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Disfraces para Noches de Pasión

7752 palabras

Disfraces para Noches de Pasión

En las calles empedradas del centro de Guadalajara, donde el aroma a tacos al pastor se mezcla con el dulzor de las flores de bugambilia, Ana caminaba tomada de la mano de Luis. Era una tarde de sábado, de esas que invitan a perderse entre puestos de artesanías y tienditas curiosas. Ana, con su falda floreada ondeando al viento y el sol besando su piel morena, sintió un cosquilleo cuando vio el letrero luminoso de una sex shop discreta: "Disfraces para noches de pasión". Sus ojos se iluminaron como si hubiera encontrado un tesoro escondido.

Órale, mi amor, mira eso —dijo ella, apretando la mano de Luis con picardía—. ¿No te late la idea de probar algo nuevo esta noche?

Luis, alto y fornido, con esa barba recortada que a Ana le volvía loca, soltó una carcajada ronca. —Neta, nena, si tú mandas, yo sigo. Pero no me vayas a dejar como pendejo si me pones a hacer el ridículo.

Entraron riendo, el aire dentro cargado de un perfume almizclado a vainilla y cuero nuevo. Las estanterías rebosaban de encajes, plumas y telas brillantes: enfermeras sexys con estetoscopios colgando entre senos generosos, maestras dominantes con faldas cortas, conejitas de Playboy con orejitas que prometían travesuras. Ana se detuvo frente a un par de disfraces que gritaban tentación: una colegiala pícara con blusa atada al ombligo y una profesora estricta con gafas y látigo de juguete.

—Estos son perfectos para nuestras noches de pasión —susurró Ana, rozando la tela suave contra su mejilla. El corazón le latía fuerte, imaginando ya las manos de Luis explorándola bajo ese disfraz.

Salieron con las bolsas en mano, el sol poniéndose en un cielo naranja que teñía todo de promesas. De regreso a su depa en Providencia, el trayecto en Uber fue un preludio de fuego: Ana deslizaba la mano por el muslo de Luis, sintiendo cómo su piel se erizaba bajo los jeans.

Ya en casa, con las luces tenues de las velas de coco iluminando el cuarto, Ana se metió al baño para transformarse. El espejo empañado reflejaba su silueta mientras se ponía la blusa blanca, anudándola justo debajo de los pechos para que su vientre plano quedara expuesto. La falda plisada era tan corta que apenas cubría sus nalgas redondas, y las medias hasta el muslo con ligueros la hacían sentir como una diosa prohibida. Se miró, pasando las manos por sus curvas, y un calor húmedo se acumuló entre sus piernas.

¿Y si Luis no resiste? ¿Y si me come viva antes de que empiece el juego?

Del otro lado de la puerta, Luis se vestía como la profesora. Se puso la blusa entallada que marcaba sus pectorales duros, la falda lápiz que abrazaba sus caderas anchas y las gafas de carey. Se miró en el espejo del pasillo, riendo para sí. —Qué chingón salí, pensó, ajustando el látigo en su cintura. Su verga ya palpitaba, dura como piedra solo de imaginar a Ana en ese rol.

¡Profesora! —llamó Ana con voz chillona y juguetona, saliendo del baño con pasos coquetos. Sus tetas rebotaban ligeramente bajo la blusa, los pezones endurecidos marcándose como invitaciones.

Luis giró, y el aire se cargó de electricidad. Sus ojos la devoraron: las piernas largas enfundadas en medias negras, el brillo en sus labios carnosos pintados de rojo. —Señorita Ana, ¿qué hace aquí tan tarde? ¿Vino a pedir clases particulares?

Ana se mordió el labio, acercándose con lentitud felina. El aroma de su perfume, jazmín mezclado con su propia excitación, llenó el espacio. —Sí, profe. Suspendí el examen y necesito... recuperarme. ¿Me enseña?

La tensión creció como una tormenta. Luis la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos. Su aliento cálido olía a menta y deseo. —Primero, arrodíllate y demuéstrame que lo merece, ordenó con voz grave, el látigo rozando su espalda.

Ana obedeció, hincándose en la alfombra suave. Sus rodillas se hundieron en la fibra mullida mientras sus manos temblorosas desabrochaban el cinturón de Luis. El sonido del metal tintineando fue como un trueno lejano. Sacó su polla erecta, gruesa y venosa, palpitando en su palma. La miró, lamiéndose los labios. —Qué rica, profe. Tan grande y dura por mí.

La tomó en la boca con hambre, saboreando la sal de su piel, el sabor almizclado que la volvía loca. Luis gruñó, enredando los dedos en su cabello negro ondulado, guiándola con ritmo lento al principio. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, chupadas profundas y gemidos ahogados. Ana sentía su propia humedad empapando las bragas, el roce de la falda contra sus muslos sensibles.

Suficiente, pupila traviesa —dijo Luis, jalándola de pie. La cargó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo la blusa. La arrojó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Le arrancó la blusa con un tirón, exponiendo sus tetas perfectas, pezones oscuros y duros como caramelos.

Ana jadeaba, el pecho subiendo y bajando. Me tiene empapada, el cabrón, pensó, mientras él bajaba la cabeza y chupaba un pezón con fuerza, mordisqueándolo hasta que ella arqueó la espalda. Su lengua era fuego líquido, trazando círculos que enviaban descargas directas a su clítoris hinchado.

Luis deslizó la mano bajo la falda, encontrando las bragas empapadas. —Mira nada más cómo chorreaste, nena. —Las rasgó de un jalón, el sonido rasposo acelerando sus pulsos. Sus dedos gruesos se hundieron en su coño resbaladizo, curvándose para tocar ese punto que la hacía gritar. Ana se retorcía, uñas clavándose en sus hombros, oliendo el sudor salado de su piel mezclándose con el de ella.

La intensidad escaló. Ana lo volteó, montándose a horcajadas sobre él. —Ahora yo mando, profe —gruñó, quitándole la falda para revelar su erección imponente. Se frotó contra él, el glande rozando su entrada húmeda, lubricándola. El placer era tortura dulce, sus jugos cubriéndolo mientras se mecía despacio.

¡Métemela ya, pendejo! —suplicó ella, y Luis obedeció, embistiéndola de un golpe profundo. Ana gritó, el estiramiento exquisito llenándola por completo. Cabalgó con furia, tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores. Él la agarraba las nalgas, amasándolas, un dedo rozando su ano apretado para volverla loca.

Cambiaron posiciones: él de rodillas detrás, penetrándola como animal en celo. Ana enterró la cara en la almohada, oliendo su propio aroma, mordiendo la tela para no gritar demasiado. Cada embestida era un terremoto, su verga golpeando profundo, rozando su G-spot hasta que el orgasmo la alcanzó como avalancha. Se convulsionó, chorros de placer escapando, mojando las sábanas.

Luis no se detuvo, gruñendo como fiera. —¡Me vengo, nena! —anunció, y se derramó dentro de ella en chorros calientes, pulsando hasta vaciarse.

Colapsaron enredados, sudados y jadeantes. El cuarto olía a sexo crudo: semen, sudor, coño satisfecho. Luis la besó el cuello, suave ahora, trazando patrones con la lengua. —Fue de poca madre, mi reina. Estos disfraces para noches de pasión nos salvaron la noche.

Ana sonrió, acurrucándose en su pecho ancho, sintiendo su corazón galopante calmarse contra el suyo. —Sí, amor. Y mañana probamos otros. Me late ser tu enfermera.

En el afterglow, con la luna colándose por la ventana, se durmieron pensando en más noches así: juegos, risas, placer infinito. La pasión no se acababa; solo mutaba, lista para la siguiente disfrazada aventura.

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