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Iglesia de la Pasión

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Iglesia de la Pasión

El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel, tiñendo de oro las fachadas coloniales. Yo, Ana, había llegado a este pueblo mágico huyendo del ajetreo de la Ciudad de México, buscando un poco de paz en medio de tanta devoción. La Iglesia de la Pasión se erguía imponente al final de la plaza, con sus torres barrocas que parecían susurrar secretos antiguos. Dicen que fue construida en el siglo XVIII para honrar las pasiones del alma, pero los chismes locales hablaban de algo más carnal, de amantes que se perdían en sus rincones para entregarse al fuego del deseo. Neta, me picó la curiosidad.

Entré por la puerta principal, el aire fresco del interior me golpeó como un bálsamo. Olía a incienso quemado, a madera vieja y a algo más, un aroma dulzón que me erizaba la piel. Las velas parpadeaban en los altares, proyectando sombras danzantes sobre las pinturas de santos extasiados. Caminé despacio, mis tacones resonando en el eco del pasillo central. Estaba sola, o eso creí, hasta que lo vi: Javier, un wey alto, moreno, con ojos negros como la noche y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Vestía camisa blanca arremangada, jeans ajustados que marcaban sus muslos fuertes. Se paró frente a una estatua de la Virgen, murmurando algo.

¿Qué hace un tipo así en un lugar como este? Se ve como si supiera manejar el cuerpo de una mujer con maestría. Ay, Ana, no seas pendeja, contrólate.

Órale, carnala, ¿vienes a pedirle a la virgencita por un amor ardiente? —me dijo con voz grave, ronca, como si el humo del incienso le hubiera raspado la garganta.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Sí, algo así. Esta iglesia tiene fama de cumplir deseos... pasionales. Nuestras miradas se cruzaron, y juro que sentí un calor subiendo por mis piernas. Hablamos un rato, él era de Guadalajara, arquitecto restaurador, había venido a estudiar las tallas. La plática fluyó chida, con chistes sobre curas cachondos y vírgenes que guiñaban el ojo. La tensión crecía con cada palabra, como si el aire se cargara de electricidad.

Me invitó a ver un pasillo lateral escondido, detrás de un tapiz raído. —Ven, te muestro algo que no sale en las guías turísticas. Lo seguí, el corazón latiéndome a mil. El pasillo era angosto, las paredes ásperas rozaban mis brazos desnudos. Olía a cera derretida y a tierra húmeda. Al final, una capillita olvidada, con un altar pequeño cubierto de polvo y flores marchitas. Javier encendió una vela con un encendedor que sacó del bolsillo, la llama iluminó su rostro, haciendo que sus labios parecieran más carnosos.

Si me besa ahora, no lo detengo. Quiero sentir sus manos en mi piel, neta, hace meses que no me tocan así.

Nos sentamos en un banco de madera dura, nuestros muslos se rozaron accidentalmente —o no tanto—. Habló de su vida, de una ex que lo dejó por un pendejo, de cómo buscaba pasión verdadera. Yo confesé lo mismo, mi pinche rutina en la oficina me tenía harta, necesitaba fuego. Nuestras manos se encontraron en la penumbra, dedos entrelazados, piel caliente contra piel. El pulso de su vena bajo mi pulgar me aceleró la respiración. Lo miré, y él a mí, el silencio roto solo por el goteo lejano de una fuente.

Ana, desde que te vi, no puedo dejar de imaginarte desnuda aquí, en este lugar sagrado. —susurró, su aliento cálido en mi cuello.

Me incliné, nuestros labios se unieron en un beso lento, profundo. Sabía a café y a menta, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén bajo la blusa ligera. Gemí bajito cuando me apretó los pechos, pezones endureciéndose al instante. El roce de su barba incipiente en mi piel me erizó el vello, un escalofrío delicioso bajando hasta mi entrepierna, ya húmeda.

La escalada fue gradual, como un ritual. Me quitó la blusa con reverencia, besando cada centímetro de mi cuello, hombros, bajando a mis tetas. Chupó un pezón, suave al principio, luego con más fuerza, mordisqueando hasta que arqueé la espalda. —Qué chingonas están, Ana, perfectas para mamarlas toda la noche. —gruñó. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga dura, gruesa, palpitando bajo la tela. La saqué, piel suave sobre acero, venas marcadas que lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado.

¡No mames, qué grande y rica! Quiero que me llene, que me haga gritar en esta iglesia.

Me puso de rodillas en el suelo frío, pero su calor lo compensaba todo. Me abrió las piernas, lamió mi concha con devoción, lengua plana lamiendo el clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, almizclada, mezclada con el incienso. Gemí fuerte, mis jugos corriéndole por la barbilla. —Sabrosa, wey, no pares. Insertó dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras succionaba. El orgasmo me vino como ola, cuerpo temblando, uñas clavadas en su cabeza.

Pero no paró ahí. Me levantó, me sentó en el borde del altar, falda arremangada. Su verga rozó mi entrada, resbalosa, pidiéndome permiso con la mirada. —¿Quieres, jefa? ¿Me dejas entrar en tu iglesia? Asentí, desesperada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, perfecto. Empezó a moverse, lento, profundo, cada embestida rozando mi fondo. El slap de piel contra piel resonaba en la capillita, mezclado con nuestros jadeos. Sus manos en mis caderas, mis tetas rebotando, sudor perlando su pecho moreno.

La intensidad subió. Me volteó, de espaldas contra el altar, verga entrando desde atrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo suave. —Eres una diosa, Ana, tu concha me aprieta como Virgen santa. Aceleró, brutal pero consensuado, yo pidiendo más, ¡chingame más duro, cabrón! El clímax nos golpeó juntos, su semen caliente llenándome, mi coño contrayéndose en espasmos. Grité su nombre, él el mío, el eco reverberando como bendición profana.

Caímos exhaustos al suelo, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas. El aire olía a sexo crudo, a nosotros. Me besó la frente, suave. —Esto fue la pasión verdadera, en la Iglesia de la Pasión. No lo olvidaré.

Qué chido fue. No fue solo follar, fue conectar almas en este templo. Tal vez vuelva, ojalá él también.

Nos vestimos riendo bajito, como niños pícaros. Salimos de la capillita, la iglesia ahora parecía sonreírnos. En la plaza, el sol se ponía, tiñendo todo de rojo pasional. Nos despedimos con un beso largo, prometiendo números de teléfono. Caminé de regreso a mi hotel, piernas flojas, concha adolorida pero feliz, el recuerdo grabado en cada célula. La Iglesia de la Pasión había cumplido, y de qué manera.

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